5 enero, 2015

En nuestra última columna del año que recién acabó, expusimos un recuento muy básico de razones que nos llevan a afirmar que el 2014 fue un año perdido o desaprovechado en cuanto al propósito de encontrar una solución que ayude a estabilizar la situación fiscal y las finanzas públicas.

Quedaron dos interrogantes: ¿cuál es el plan de acción para este nuevo año? ¿Será otro año perdido o empezarán los cambios que el país necesita?

Este es un tema recurrente y desde hace bastante tiempo se han generado opiniones y sugerencias sobre el contenido y orientación de la reforma fiscal que urge implementar.

Hace un año y un mes, en fecha 2 de diciembre del año 2013, el editorial de La Nación mencionaba la existencia de dos círculos fiscales que se han llegado a establecer muy claramente en la literatura y práctica de las finanzas públicas: uno vicioso y otro virtuoso.

El círculo vicioso se genera cuando los egresos presupuestarios exceden a los ingresos.

Así surge el déficit fiscal y comienzan a generarse una serie de efectos concatenados, como la necesidad de financiamiento nacional o internacional.

El crecimiento de la deuda interna presiona las tasas de interés, afectándose la inversión y el crecimiento de la producción.

Por su parte, el incremento de la deuda externa presiona el tipo de cambio a la baja y afecta la rentabilidad de las exportaciones y la producción.

En la otra cara de la moneda, el círculo virtuoso conlleva disminuir el déficit fiscal a corto plazo y diseñar una política fiscal para sostenerlo en un porcentaje razonable del Producto Interno Bruto (PIB), asociado con la tasa esperada de crecimiento real de la producción, alentando la inversión y el emprendimiento.

De ese modo, bajarían tanto la inflación y como las tasas de interés, y se podría incrementar el otorgamiento de financiamiento al sector privado.

Con más crédito para producir, y a un menor costo, la inversión tendería a incrementarse, al igual que el crecimiento y los empleos.

Esa facilidad de financiamiento traería una mayor oportunidad para cubrir gastos sociales y para el desarrollo de más infraestructura, que redundarían en más crecimiento y productividad.

Con ello se evitaría una rebaja de la calificación de riesgo del país, se alejaría la sombra de una crisis financiera y se afianzaría la credibilidad de la economía nacional.

El mejor propósito de este año que inicia debe ser entonces cerrar el círculo vicioso y abrir el virtuoso.

Así se dijo hace más de un año, esperemos que suceda ahora.