4 agosto, 2014

Uno de los mejores insultos que he leído vino de Ezra Klein, quien ahora es editor en jefe de Vox.com. En el 2007, describió a Dick Armey, quien fuera líder de mayoría de la Cámara, como la idea que una persona estúpida tiene de lo que una persona considerada parece.

Es una afirmación divertida, que es válida para bastantes personas públicas. El representante Paul Ryan, el presidente de la Comisión de Presupuesto de la Cámara, es el ejemplo supremo actual. Pero tal vez la broma se volvió en contra nuestra. Después de todo, tales personas a menudo dominan el discurso de las políticas. Y lo que los creadores de políticas no saben, o peor, lo que piensan que saben pero que no es así, puede definitivamente perjudicarlo a uno.

Cuando la crisis golpeó en la década pasada, buena parte de las lecciones desde la Gran Depresión, hace 80 años, se tiraron a un lado. La única pieza del sistema que parecía haber aprendido algo de la historia fue la Reserva Federal, al mando de Ben Bernanke y, posteriormente, de Janet Yellen (en la foto) designada a inicios de año. | DOUG MILLS/THE NYT
Cuando la crisis golpeó en la década pasada, buena parte de las lecciones desde la Gran Depresión, hace 80 años, se tiraron a un lado. La única pieza del sistema que parecía haber aprendido algo de la historia fue la Reserva Federal, al mando de Ben Bernanke y, posteriormente, de Janet Yellen (en la foto) designada a inicios de año. | DOUG MILLS/THE NYT

¿Qué inspiró estos pensamientos tan pesimistas? Bueno, he estado mirando las encuestas de la Iniciativa sobre Mercados Globales, que tiene base en la Universidad de Chicago. Durante dos años, la iniciativa con regularidad ha estado haciendo encuestas a un panel de destacados economistas, que representan un amplio espectro de escuelas e inclinaciones políticas, con preguntas que van desde la economía de atletas universitarios hasta la efectividad de sanciones comerciales. Usualmente resulta que hay mucho menos controversia profesional respecto a un tema que lo que la cacofonía en los medios informativos puede llevarlo a uno a esperar.

Esto fue claramente válido para la encuesta más reciente, que preguntaba si la Ley de recuperación y reinversión –el estímulo de Obama–redujo el desempleo. Todos, con excepción de uno de los que respondieron dijo que sí, un voto de 36 a uno. Una pregunta de seguimiento sobre si el estímulo valía la pena produjo un consenso ligeramente más débil pero todavía abrumador de 25 a dos.

Dejemos a un lado, por el momento, la pregunta de si el panel está en lo correcto en este caso (aunque sí lo está). Permítanme preguntar, más bien, si ustedes sabían que el consenso a favor del estímulo entre los expertos era tan fuerte o si usted siquiera conocía la existencia de tal consenso.

Creo que depende de dónde recibe uno las informaciones y análisis económicos. Pero sí es cierto que probablemente no oyó de ese consenso en, digamos, la CNBC –donde un presentador estaba tan sorprendido al oír a este servidor argumentar a favor de gasto más alto para dar empuje a la economía que me describió como un unicornio, alguien que él difícilmente podría creer que existiera–.

Más importante aún, durante los últimos años los definidores de políticas en todo el mundo occidental en buen grado hubieran ignorado el consenso profesional sobre gasto gubernamental y todo lo demás, y hubieran puesto su fe en doctrinas que la mayoría de los economistas rechaza con firmeza.

Como sucede, el hombre que sobraba –literalmente– en esa encuesta sobre el estímulo era el profesor Alberto Alesina de Harvard. Él ha afirmado que los recortes en el gasto del gobierno son en realidad expansivos, pero relativamente pocos economistas están de acuerdo y señalan trabajos del Fondo Monetario Internacional y de otros lugares que parecen refutar sus afirmaciones. No obstante, allá cuando los líderes europeos estaban dando su decisivo y desastroso giro hacia la austeridad, restaron importancia a advertencias de que recortar el gasto en economías deprimidas, profundizaría aún más la depresión. En vez de eso, escucharon a economistas que les decían lo que querían oír. Fue, como Bloomberg Businessweek lo definió, “la hora de Alesina”.

Escuchar a los expertos. ¿Estoy diciendo que el consenso profesional siempre está en lo correcto? No. Pero cuando los políticos eligen en cuáles expertos –o, en muchos casos, “expertos”– creer, las probabilidades son que escogerán erróneamente. Lo que es más, la experiencia muestra que no hay responsabilidad en tales asuntos. Hay que tener en mente que la derecha estadounidense todavía toma su consejo económico principalmente de gente que ha pasado muchos años prediciendo de manera equivocada que la inflación se desbocará y el dólar colapsará.

Todo esto da lugar a una perturbadora pregunta:

¿Estamos como sociedades en capacidad siquiera de recibir buen consejo sobre políticas?

Los economistas solían afirmar confiadamente que nada parecido a la Gran Depresión podía suceder de nuevo. Después de todo, sabemos mucho más que nuestros bisabuelos respecto a las causas y curas para las crisis; entonces, ¿cómo es que no íbamos a rendir mejor? Cuando las crisis golpearon, sin embargo, buena parte de lo que hemos aprendido durante los últimos 80 años sencillamente se tiró a un lado.

La única pieza del sistema que parecía haber aprendido algo de la historia fue la Reserva Federal y fueron las acciones de ese organismo con Ben Bernanke al mando, que continuaron con Janet Yellen, lo que se puede argumentar como la única razón para que no tuviéramos una repetición completa de la Depresión. (Más recientemente el Banco Central Europeo, con la dirección de Mario Draghi, otro lugar donde la pericia todavía retiene un punto de apoyo, ha sacado a Europa del borde del precipicio al que la llevó la austeridad). Claro, hay planes en marcha en el Congreso para quitar a la FED la libertad de acción. Ni un solo miembro del panel de expertos de Chicago piensa que esta sería una buena ideal, pero ya hemos visto cuánto importa eso.

Y la macroeconomía, por supuesto, no es el único reto que enfrentamos. De hecho, debería ser fácil por comparación con muchos otros asuntos que necesitan ser atendidos con conocimiento especializado, sobre todo el cambio climático. Por eso es que en verdad hay que preguntarse si vamos a evitar el desastre y en qué forma lo vamos a lograr.

Traducción de Gerardo Chaves para La Nación.

Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía del 2008.