Economía

El escándalo provocado François Hollande

Actualizado el 20 de enero de 2014 a las 12:00 am

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El escándalo provocado François Hollande

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Paul Krugman, economista
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Paul Krugman, economista

No he puesto mucha atención a François Hollande, el presidente de Francia, dado que se volvió claro que no iba a romper con la ortodoxia política de destructiva mentalidad austera de Europa. Pero ahora ha hecho algo verdaderamente escandaloso.

Desde luego, no estoy hablando acerca de su supuesto romance con una actriz que, aunque fuera cierto, no es ni sorprendente (¡Vamos!, se trata de Francia) ni perturbador. No, lo que es impactante es que haya abrazado desacreditadas doctrinas económicas de la derecha. Se trata de un recordatorio de que las congojas económicas actuales de Europa no se pueden atribuir solamente a las malas ideas de la derecha. Sí, inhumanos, equivocados y tercos conservadores han estado impulsando políticas, pero han sido inducidos y habilitados por atolondrados políticos, carentes de carácter, que pertenecen a la izquierda moderada.

En este momento, Europa parece estar emergiendo de su doble recesión y creciendo un poquito. Pero este ligero repunte llega después de años de desastroso rendimiento. ¿Hasta qué punto desastroso? Veamos: Para 1936, después de transcurridos siete años de la Gran Depresión, buena parte de Europa estaba creciendo rápidamente, con un PIB real per cápita que constantemente alcanzaba nuevas alturas. Como contraste, el PIB europeo real, per cápita, todavía está muy por debajo del punto alto del 2007 y, en el mejor de los casos, crece de manera muy lenta.

Las políticas económicas adoptadas por el presidente Francois Hollande son parte de la ortodoxia en que caen algunos gobiernos europeos.  |  AFP
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Las políticas económicas adoptadas por el presidente Francois Hollande son parte de la ortodoxia en que caen algunos gobiernos europeos. | AFP

El estar rindiendo peor de lo que uno hizo en la Gran Depresión es, se podría decir, algo extraordinario. ¿Cómo lo hicieron los europeos? Bueno, en la década de 1930 la mayoría de los países europeos eventualmente abandonó la ortodoxia económica: dejaron el patrón oro, desistieron de tratar de equilibrar sus presupuestos y algunos empezaron grandes desarrollos militares que tenían el efecto secundario de proveer estímulo económico. El resultado fue una fuerte recuperación a partir de 1933.

La Europa moderna es un lugar mucho más bueno, tanto en lo moral y lo político como en lo humano. Un compromiso compartido con la democracia ha traído paz duradera; las redes de seguridad social han limitado el sufrimiento causado por el alto desempleo; la acción coordinada ha contenido la amenaza de colapso financiero. Desafortunadamente, el éxito del Continente en cuanto a evitar el desastre ha tenido el efecto secundario de dejar que los gobiernos se apeguen a políticas ortodoxas. Nadie ha dejado el euro, pese a que constituye una camisa de fuerza monetaria. Al no tener necesidad de aumentar el gasto en lo militar, nadie se ha apartado de la austeridad fiscal. Todo el mundo está haciendo lo seguro, lo que supuestamente es responsable, y la crisis económica persiste.

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En este depresivo y deprimente panorama, Francia no es especialmente uno de los que peor rinden. Obviamente, se ha rezagado en relación con Alemania, cuyo formidable sector exportador la ha mantenido boyante. Pero el rendimiento francés ha sido mejor que el de la mayoría de las naciones europeas. Y no hablo solamente de los países que sufren crisis por la deuda, pues el crecimiento francés ha dejado atrás a pilares de la ortodoxia tales como Finlandia y Holanda.

Es cierto que los datos más recientes muestran una Francia que se rezaga en cuanto a compartir el repunte general de Europa. La mayoría de los observadores, incluyendo al Fondo Monetario Internacional, atribuyen esta debilidad reciente en gran parte a las políticas de austeridad. Ahora Hollande ha hablado de sus planes para cambiar el rumbo de Francia y es difícil no sentir cierto grado de desesperanza. Esto por cuanto Hollande, al anunciar su intención de bajar impuestos a las empresas al tiempo que recorta gastos (no especificados) para compensar el costo, declaró: “Es en la oferta donde necesitamos actuar”, y agregó que “la oferta en realidad crea la demanda”.

¡Ay, Dios! Ese es un eco, casi palabra por palabra de la falacia que hace mucho tiempo se desacreditó y que se conocía como la Ley de Say: la afirmación de que los faltantes en la demanda no pueden suceder porque la gente tiene que gastar los ingresos en algo. Esto sencillamente no es cierto, y muy falso como asunto práctico a principios del 2014. Toda la evidencia prueba que Francia está anegada de recursos productivos, tanto en mano de obra como en capital, que están ociosos porque la demanda es inadecuada. Como prueba, basta con mirar la inflación, que desciende rápidamente. En verdad, Francia y Europa como un todo se están acercando peligrosamente a la deflación al estilo de Japón.

Así las cosas, ¿cuál es la importancia del hecho que, en este momento precisamente, Hollande haya adoptado esta desacreditada doctrina?

Como dije, es una señal de mala fortuna de la centroizquierda europea. Durante cuatro años, Europa ha estado en las garras de la fiebre de austeridad, con los resultados más desastrosos; es revelador que el ligero repunte actual se exalte como si fuera un triunfo político. Dadas las privaciones que estas políticas han provocado, uno podría esperar que los políticos que se ubican a la izquierda del centro argumentaran vehementemente a favor de un cambio de rumbo; sin embargo, por toda Europa, la centroizquierda, en el mejor de los casos (por ejemplo en Gran Bretaña) ha ofrecido débiles y desanimadas críticas y a menudo sencillamente se ha arrastrado en sometimiento.

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Cuando Hollande se convirtió en el líder de la segunda mejor economía de la zona del euro, algunos esperábamos que se pronunciara, pero en vez de eso cayó en el sometimiento usual, que ahora se ha convertido en colapso intelectual. Y la segunda depresión de Europa sigue sin freno.

Traducción de Gerardo Chaves para La Nación

Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía del 2008.

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