Economía

La economía mutilada

Actualizado el 11 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

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La economía mutilada

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Paul Krugman, economista.
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Paul Krugman, economista.

Hasta este momento, han pasado cinco años desde que la economía de los Estados Unidos cayó en recesión. Oficialmente, esa recesión terminó a mediados del 2009, pero nadie puede decir que hayamos logrado algo que siquiera semeje una recuperación total.

El desempleo oficial se mantiene alto, y sería mucho más alto si tantas personas no se hubieran retirado de la fuerza laboral. El desempleo a largo plazo –el número de personas que han estado sin trabajo durante seis meses o más– es cuatro veces más alto de lo que era antes de la recesión.

Estos secos números se traducen en millones de tragedias humanas: casas perdidas, carreras destruidas, jóvenes que no pueden desarrollar sus vidas. Y muchas personas han rogado en todo este tiempo que se implanten políticas que tengan la creación de empleo como objetivo cimero. Sus ruegos, sin embargo, los han ahogado las voces de la prudencia convencional. No podemos gastar más dinero en empleos, dicen estas voces, porque eso significaría más deuda.

No podemos siquiera contratar trabajadores desempleados y poner ahorros ociosos a trabajar en la construcción de carreteras, túneles, escuelas. No le demos importancia al corto plazo, ¡tenemos que pensar en el futuro!

La amarga ironía es, entonces, que como consecuencia de no atender el desempleo también hemos estado, en realidad, sacrificando el futuro. Lo que en estos días se toma como políticas sanas es en realidad una forma de automutilación económica, que dejará lisiados a los Estados Unidos por muchos de los años venideros. O así dicen los investigadores de la Reserva Federal, y siento decir que yo les creo.

Un empleado de un  supermercado en Nueva York acomoda unas botellas de agua. La escasa generación de empleo es uno de los problemas actuales de la economía de Estados Unidos.  | JENNIFER S. ALTMAN/THE NEW YORK TIMES
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Un empleado de un supermercado en Nueva York acomoda unas botellas de agua. La escasa generación de empleo es uno de los problemas actuales de la economía de Estados Unidos. | JENNIFER S. ALTMAN/THE NEW YORK TIMES

En realidad estoy escribiendo esto desde la gran conferencia de investigación que el Fondo Monetario Internacional celebra cada año. El tema del jolgorio de este año es causas y consecuencias de las crisis económicas y las presentaciones abarcan en tema desde lo bueno (la sorprendente estabilidad de Latinoamérica en años recientes) hasta lo malo (la crisis actual en Europa). Está muy claro, sin embargo, que el documento más explosivo de la conferencia será uno que se enfoca en lo verdaderamente feo: la evidencia de que al tolerar el alto desempleo estamos infligiendo un daño gigantesco a las perspectivas a largo plazo.

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¿Por qué es así? De acuerdo con el documento (que tiene el poco llamativo título de “Oferta total en los Estados Unidos: Acontecimientos recientes e implicaciones para el comportamiento de la política monetaria”, nuestro aparentemente infinito desplome ha causado daño a largo plazo por medio de múltiples canales. Los desempleados a largo plazo se llegan a ver eventualmente como no aptos para darles empleo; la inversión empresarial se rezaga debido a las malas ventas; las empresas nuevas no arrancan; y las empresas existentes escatiman en investigación y desarrollo.

Lo que es más, los autores –uno de los cuales es el director de investigación y estadística de la Junta Directiva de la Reserva Federal, por lo que no estamos hablando de oscuros académicos– pusieron una cifra a estos efectos y es aterradora. Sugieren que la debilidad económica ya ha reducido el potencial económico de los Estados Unidos en alrededor del 7% lo que significa que nos vuelve más pobres al ritmo de más de $1 billón por año. Y no estamos hablando solamente acerca de las pérdidas de un año, estamos hablando acerca del daño a largo plazo: $1 billón por año durante múltiples años.

Esa estimación es el producto final del análisis de datos complejos y si uno quiere puede discutir nimiedades con los detalles.

Bueno, puede ser que solo estemos perdiendo $800.000 millones al año. Pero la evidencia es abrumadora en cuanto a que al fallar en dar una respuesta efectiva al desempleo masivo –al no hacer del desempleo siquiera una de las principales políticas prioritarias— nos hemos causado un inmenso daño a largo plazo.

Y es, como dije, una amarga ironía, porque una de las razones principales por las que hemos hecho tan poco respecto al desempleo es la prédica de los regañones del déficit, quienes se han envuelto en el manto de la responsabilidad a largo plazo y han logrado que en la mente pública se interprete de forma casi completa como limitar la deuda gubernamental.

Esto nunca tuvo sentido, ni siquiera en sus propios términos. Como algunos de nosotros hemos tratado de explicar, si bien la deuda puede causar problemas, no hace más pobre a la nación, porque es dinero que nos debemos nosotros mismos. Cualquiera que hable de que estamos tomando prestado de nuestros hijos sencillamente no ha hecho los números.

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Cierto, la deuda indirectamente nos puede hacer más pobres si los déficits hacen que las tasas de interés suban y por lo tanto se desaliente la inversión productiva. Pero eso no ha estado ocurriendo. Al contrario, la inversión es baja debido a la debilidad de la economía.

Y una de las cosas principales que mantiene a la economía débil es el efecto depresivo de los recortes en el gasto público –en especial, dicho sea, los recortes en la inversión pública– todos justificados en nombre de proteger el futuro de la salvajemente exagerada amenaza de deuda excesiva.

¿Hay alguna posibilidad de revertir este daño? Los investigadores de la Fed están pesimistas al respecto y, una vez más, temo que probablemente estén en lo cierto. Es posible que Estados Unidos pase décadas pagando por causa de las prioridades erróneas fijadas en los últimos años.

En verdad es una historia horrible: un cuento de daño autoinfligido, empeorado en mucho porque se hizo en nombre de la responsabilidad. Y el daño continúa mientras estamos hablando.

Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía (2008).

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