Economía

¿Quién desea una depresión?

Actualizado el 14 de julio de 2014 a las 12:00 am

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Una triste lección que hemos aprendido en años recientes es que la economía es un asunto mucho más político de lo que queríamos imaginar. Bueno, ¡obvio!, pueden decir, pero antes de la crisis financiera muchos economistas –incluso, hasta cierto grado, este servidor—creían que había un consenso profesional bastante amplio sobre algunos asuntos importantes.

Janet Yellen, presidenta de la Reserva Federal, habla en una conferencia de prensa sobre el estado de la economía de Estados Unidos. La FED mantiene las tasas de interés bajas.  | GABRIELLA DEMCZUK/THE NEW YORK TIMES
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Janet Yellen, presidenta de la Reserva Federal, habla en una conferencia de prensa sobre el estado de la economía de Estados Unidos. La FED mantiene las tasas de interés bajas. | GABRIELLA DEMCZUK/THE NEW YORK TIMES

Esto era cierto en especial respecto a la política monetaria. No han pasado muchos años desde que el gobierno de George W. Bush declaró que una lección que dejó la recesión del 2001 y la recuperación que siguió, fue que “la política monetaria agresiva puede hacer que una recesión sea más corta y más llevadera”. Entonces, tendríamos consenso bipartidista a favor de una política monetaria más agresiva para combatir el mucho peor desplome del 2007 al 2009, ¿verdad?

Bueno, no. He escrito un muchas veces sobre el fenómeno del “sadomonetarismo”, la demanda para que la Reserva Federal y otros bancos centrales dejen de tratar de fomentar el empleo y en vez de eso suban las tasas de interés, sin importar las circunstancias.

He sugerido que la persistencia de este fenómeno tiene mucho que ver con ideología, lo que, a la vez, tiene mucho que ver con los intereses de clase. Lo sigo pensando.

Pero ahora pienso que los intereses de clase también operan mediante un canal más crudo. Para decirlo de manera sencilla: políticas de dinero fácil que, si bien pueden ayudar a la economía como un todo, van en detrimento directo de la gente que recibe sus ingresos de bonos y otros activos que pagan intereses y esto significa principalmente los muy ricos, en particular el 0,01% de la cúpula.

El cuento hasta ahora: Durante más de cinco años, la Reserva Federal ha enfrentado agudas críticas de parte de una coalición de economistas, conocedores, políticos y magnates de la industria financiera que advierten de que está “degradando al dólar” y montando las condiciones para una inflación desbocada. Uno podría haber pensado que la falla continuada en cuanto a la materialización de la inflación predicha provocaría al menos que unos cuantos pensaran las cosas dos veces, pero estaba equivocado. Algunos de los críticos han salido con nuevas lógicas para las demandas invariables de políticas –¡Se trata de inflación! No, ¡se trata de estabilidad financiera!—, pero la mayoría ha seguido repitiendo las mismas advertencias.

¿Quiénes son estos críticos que siempre están equivocados, que nunca dudan? Sin excepción en la que pueda pensar, vienen del lado derecho del espectro político. Pero, ¿por qué tienen que ir de la mano los sentimientos de la derecha y la paranoia por la inflación? Las respuestas incluyen que usar la política monetaria para combatir crisis es una forma de activismo gubernamental. Y los conservadores no quieren legitimar la idea de que la acción gubernamental pueda tener efectos positivos, porque una vez que uno empieza a caminar por ese sendero puede terminar endosando cosas como el seguro de salud con garantía gubernamental.

Pero también hay una razón mucho más directa para que aquellos que defienden los intereses de los ricos se quejen respecto al dinero fácil: Los ricos derivan una parte importante de sus ingresos de los intereses sobre bonos y las políticas de tasas bajas han reducido las cantidades que reciben.

Las quejas respecto a las tasas de interés bajas se enmarcan en términos del daño que se causa a los pensionados estadounidenses que viven con los intereses de sus certificados de depósito. Pero los recibos por intereses de los estadounidenses de mayor edad van principalmente a una pequeña y relativamente acomodada minoría.

En el 2012, el estadounidense promedio de mayor edad con ingreso por intereses recibió más de $3.000, pero la mitad de ese grupo recibió $255 o menos.

Los verdaderos grandes perdedores de las bajas tasas de interés son los muy ricos –ni siquiera el 1% sino el 0,1% o incluso el 0,01%—. Allá en el 2007, antes de la crisis, el miembro promedio del 0,01% recibió $3 millones (en dólares del 2012) en intereses. En el 2011, esa cantidad cayó a $1,3 millones –una pérdida equivalente a casi el 9% del ingreso del grupo en el 2007—.

Esa es una gran cantidad y está claro que explica en mucho la histeria respecto a la política de la FED. Los ricos tienen incluso más propensión que la mayoría de la gente a creer que lo que es bueno para ellos es bueno para los Estados Unidos –y su riqueza y la influencia que compra asegura que siempre haya muchos supuestos expertos ansiosos por encontrar justificación a esta actitud—. De ahí el sadomonetarismo.

Y esto me lleva de vuelta a la politización de la economía.

Antes de la crisis financiera, muchos banqueros centrales y economistas estaban viviendo en un mundo de fantasía, en el que se imaginaban que eran tecnócratas protegidos de la lucha política.

Sin embargo, resulta que utilizar la política monetaria para combatir la inflación, si bien es de interés para la mayoría de los estadounidenses, no es del interés de la minoría acaudalada. Y, como resultado, la política monetaria está tan atada por el conflicto de clases e ideológico como la política fiscal.

La verdad es que en una sociedad tan desigual y polarizada como se ha vuelto la nuestra, casi todo es político.

Hay que acostumbrarse a eso.

Traducción de Gerardo Chaves para La Nación

Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía del 2008.

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