2 junio, 2014

Nadie le tiene respeto a Mario Draghi. El director del Banco Central Europeo recibe críticas habitualmente por ser demasiado tímido en la estimulación de la débil economía europea. Se espera que el BCE –equivalente europeo de la Reserva Federal en Estados Unidos– recorte las tasas de interés y facilite el crédito nuevamente, en su reunión del 5 de junio. Pero ya hay algunos comentarios críticos. “Demasiado poco demasiado tarde”, predice el economista Desmond Lachman, del American Enterprise Institute.

En cierta manera, el pesimismo parece equivocado. Europa está en mejor situación ahora que hace unos años, cuando enfrentó la recesión y una verdadera “crisis de la deuda soberana”. Comenzando con Grecia y propagándose a Irlanda, Portugal y España, esos países se vieron necesitados de paquetes de rescate porque sus gobiernos no pudieron obtener préstamos libremente en mercados abiertos.

El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, tendrá que enviar una señal contundente sobre su interés de reactivar la economía. | ARCHIVO AP
El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, tendrá que enviar una señal contundente sobre su interés de reactivar la economía. | ARCHIVO AP

Ahora, la economía está volviendo a crecer, y la crisis de la deuda se ha aflojado. Los principales países deudores están obteniendo crédito en el mercado. Las tasas de interés también han caído agudamente. Desde hace un año, las tasas para bonos del Gobierno de 10 años cayeron de un 4,3% a un 2,9% en España; de un 4% a un 3% en Italia, y de un 3,5% a un 2,7% en Irlanda.

La tasa de Irlanda se acerca a la tasa de los bonos del Tesoro de Estados Unidos de 10 años, de alrededor de un 2,5%. Esas son las buenas noticias. Lamentablemente, no son muy buenas.

El crecimiento económico es débil. En el primer trimestre de 2014, el producto bruto interno (PBI) en la zona del euro (los 18 países que utilizan esa moneda) se expandió a una escasa tasa anual del 0,8%. Esa cifra fue aproximadamente la mitad de lo esperado y no es suficientemente fuerte para afectar el desempleo, que es del 11,8% en toda la zona del euro y más elevado en algunos países: 25% en España, 15% en Portugal y casi 13% en Italia.

Lo que realmente ha preocupado a los economistas es el fantasma de la deflación (una caída general de los precios). Es lo opuesto a la inflación, que es una subida general en los precios. En el papel, la deflación puede beneficiar a los consumidores. La caída en los precios refuerza su poder adquisitivo. Pero la deflación puede tener efectos adversos. Los consumidores pueden retrasar sus compras –especialmente de artículos costosos– si esperan que los precios caigan aún más. La deflación también aumenta la carga de la deuda para los prestatarios; a medida que los precios caen, es más difícil ganar los ingresos necesarios para pagar las deudas que se establecieron cuando los precios eran más altos.

La historia parece recalcar los efectos nocivos. Desde que Japón comenzó a experimentar una suave deflación a mediados de la década de 1990, su economía se ha visto en apuros. En la Gran Depresión, la deflación era galopante; los precios al por mayor cayeron un 33% entre 1929 y 1933. El temor es que la deflación europea renueve la recesión y la crisis de la deuda soberana, que se alimentarían mutuamente.

El temor no es abstracto. La inflación ha caído. En abril, los precios al consumidor en la zona del euro estaban solo un 0,7% por encima de los del año anterior. Eso representa menos de la mitad del objetivo de inflación del BCE, justo por debajo de un 2%. En algún momento la inflación baja puede convertirse en deflación. En verdad, siete países pequeños, entre ellos Grecia y Portugal, ya han visto una leve deflación. El alto desempleo y la capacidad industrial no utilizada mantienen una presión descendente en los precios.

Al aflojar el crédito, se sostiene, el BCE puede adelantarse a la deflación. Puede también aflojar la presión ascendente sobre la tasa de cambio del euro. Un euro elevado baja el precio de las importaciones (arriesgando una deflación) y eleva el precio de las exportaciones (empeorando el desempleo).

Pero ¿qué puede hacer el BCE? Su principal tasa de crédito para bancos ya está en un mísero 0,25%. Esa tasa podría reducirse a un 0,15% o a cero. ¿Incentivaría ese cambio nuevos préstamos? El BCE también podría cobrar a los bancos una tasa de interés por tener depósitos en el BCE, estimulando a los bancos a otorgar préstamos en lugar de eso. Esos depósitos son mínimos; todo efecto será probablemente también mínimo.

Jeffrey Anderson, del Institute of International Finance (IIF), un centro de investigaciones de la industria, sugiere que el BCE canalice el crédito a empresas pequeñas y medianas. Un estudio de seis países europeos realizado por el IIF y Bain & Co., una firma consultora de administración, halló que, desde 2008, esos préstamos cayeron aproximadamente un 50%. Pero Anderson acepta que los problemas técnicos para estimular esos préstamos limitarían su impacto.

Como las tasas de interés en los bonos del Gobierno ya han caído agudamente, el BCE no emulará la política de la Reserva Federal de compras masivas de bonos (conocidas como “facilitamiento cuantitativo”) sostiene Jacob Kirkegaard, del Peterson Institute. En su mayor parte, dice, cualquier paquete del BCE protegerá a Europa contra todo shock extranjero: por ejemplo, una crisis en China.

El dilema de Draghi es el siguiente: Las expectativas son altas; las posibilidades prácticas son bajas. Pero él ha pasado por eso antes. En 2012, se temía que algunos países entraran en incumplimiento de pagos con respecto a sus deudas. Draghi sofocó esos temores al prometer que el BCE respaldaría a los países deudores.

Con esa tranquilidad, los inversores estuvieron más dispuestos a tener bonos del gobierno; ese es un motivo por el que las tasas de interés cayeron.

Ahora y entonces, la tarea de Draghi es mejorar la psicología. Quizás pueda volver a hacerlo.

Robert Samuelson inició su carrera como periodista de negocios en The Washington Post, en 1969. Además, fue reportero y columnista de prestigiosas revistas como Newsweek y National Journal.