Economía

La crisis de los ‘eurócratas’

Actualizado el 26 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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La crisis de los ‘eurócratas’

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Hace un siglo, Europa se despedazó en lo que se conoció, por algún tiempo, como la Gran Guerra: cuatro años de muerte y destrucción en una escala nunca antes conocida. Posteriormente, por supuesto, el conflicto pasó a llamarse Primera Guerra Mundial, porque un cuarto de siglo después Europa volvió a hacer de las suyas.

Pero de eso hace mucho tiempo. Es difícil imaginar la guerra en la Europa de hoy, que se ha unido alrededor de valores democráticos y hasta ha dado los primeros pasos hacia la unión política. Ciertamente, al escribir esto, se están celebrando elecciones por toda Europa, no solo para escoger gobiernos nacionales sino también para seleccionar miembros del Parlamento Europeo. Sin lugar a dudas, el Parlamento tiene poderes muy limitados, pero su existencia a solas es un triunfo para la idea europea.

Pero lo que preocupa estriba en lo siguiente: Se espera que una fracción alarmantemente alta de los votos vaya a extremistas de derecha que son hostiles a los mismísimos valores que hicieron posible la elección. Digámoslo de este modo: Algunos de los más grandes ganadores en la elección europea probablemente serán gente que toma la posición de Vladimir Putin en la crisis de Ucrania.

La verdad es que el proyecto europeo –la paz garantizada por democracia y prosperidad– está metido en serios problemas; el Viejo Continente todavía disfruta de paz, pero se está quedando corto de la prosperidad y, de una manera más sutil, de la democracia. Y si Europa tropieza, será algo malo no solo para aquel conjunto de países como tal sino para el mundo como un todo.

El hecho de que la moneda común europea, el euro, se mantenga firma es una de las señales positivas acerca de la fuerza de la unidad de ese continente. Sin embargo, hay amenazas políticas latentes.  |  ARCHIVO/AFP
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El hecho de que la moneda común europea, el euro, se mantenga firma es una de las señales positivas acerca de la fuerza de la unidad de ese continente. Sin embargo, hay amenazas políticas latentes. | ARCHIVO/AFP

¿Cuál es el motivo de los problemas de Europa?

El problema inmediato es mal desempeño económico. Se suponía que el euro, la moneda común de Europa, sería el paso culminante en la integración económica del Continente. En vez de eso, se convirtió en una trampa. Primero, creó una peligrosa complacencia e inversionistas canalizaron gigantescas cantidades de efectivo al sur de Europa, haciendo caso omiso del riesgo. Después, cuando el auge degeneró en crisis, los países deudores se encontraron amarrados de pies y manos, incapaces de recuperar la competitividad perdida sin pasar por años de un desempleo al nivel de la Gran Depresión.

Los problemas inherentes del euro se han agravado por malas políticas. Los líderes europeos han insistido y lo siguen haciendo, pese a toda la evidencia a contrario, en que la crisis es en su totalidad causada por irresponsabilidad fiscal y han impuesto una salvaje austeridad, que hace que una situación espantosa empeore.

La buena noticia –en cierto modo– es que, pese a todos estos tropezones, el euro todavía mantiene la unidad, lo que sorprende a muchos analistas –dentro de los que me incluyo– que pensaban que bien podía desmoronarse. ¿A qué se debe esta resistencia? Parte de la respuesta es que el Banco Central Europeo ha calmado los mercados al prometer que hará “todo lo que sea necesario” para salvar al euro, hasta e incluyendo comprar bonos gubernamentales para evitar que las tasas de interés se eleven demasiado. Aparte de eso, sin embargo, la elite europea se mantiene profundamente comprometida en el proyecto y, hasta ahora, ningún gobierno ha estado dispuesto a romper filas.

Pero el costo de esta cohesión de la elite es un creciente distanciamiento entre los gobiernos y los gobernados. Al cerrar filas, la elite se ha asegurado en efecto de que no haya voces moderadas que disientan de la ortodoxia en las políticas. Y esta falta de disidencia moderada ha dado fuerza a grupos como el Frente Nacional en Francia, cuyo máximo candidato al Parlamento Europeo denuncia una “elite tecnocrática que sirve a los propósitos de la oligarquía financiera estadounidense y europea”.

La triste ironía es que la elite de Europa en realidad no es tecnocrática. La creación del euro tuvo que ver con política e ideología, no fue una respuesta a un cuidadoso análisis económico (que sugirió desde el principio que Europa no estaba preparada para una moneda común). Lo mismo se puede decir del giro a la austeridad, dado que toda la investigación económica que supuestamente justificaba esa acción ha sido desacreditada, pero las políticas no han cambiado.

Y el hábito de la elite europea de disfrazar la ideología como pericia, de simular que lo que quiere hacer es lo que se tiene que hacer, ha creado un déficit de legitimidad. La influencia de la elite se sustenta en la suposición de pericia superior; cuando se prueba que tales afirmaciones de pericia son huecas, no tiene nada a que recurrir.

Hasta ahora, como he dicho, la elite se las ha arreglado para mantener la unidad. Sin embargo, no sabemos cuánto puede durar esto y hay alguna gente muy siniestra esperando tras bambalinas.

Si tenemos suerte –y si funcionarios del Banco Central Europeo, que están más próximos a ser tecnócratas genuinos que el resto de la elite, actúan con suficiente valor contra la creciente amenaza de deflación– podríamos atestiguar algún grado de recuperación económica real en los próximos años. Esto podría, a su vez, dar un respiro, una oportunidad para volver a poner sobre rieles el proyecto europeo como un todo.

Pero la recuperación económica por sí misma no va a ser suficiente; la elite de Europa necesita retomar aquello en lo que verdaderamente consiste el proyecto. Es aterrador ver a tantos europeos que rechazan valores democráticos, pero al menos parte de la culpa recae sobre funcionarios que parecen más interesados en la estabilidad de los precios y en la probidad fiscal que en la democracia. La Europa moderna se sustenta en una noble idea, pero esa idea necesita más defensores.

Traducción de Gerardo Chaves para La Nación

Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía del 2008.

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