Economía

¿Por qué falló la economía?

Actualizado el 05 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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¿Por qué falló la economía?

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Paul Krugman, economista.
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Paul Krugman, economista.

El miércoles 30 de abril, redondeé el curso que he venido enseñando todo el semestre: “La gran recesión: Causas y consecuencias”. Y si bien enseñar ese curso fue divertido, al final me tocó enfrentarme a una angustiosa pregunta: ¿Por qué, en el momento cuando era más necesaria y pudo hacer el mayor de los bienes, falló la economía?

Con esto no quiero decir que la economía fuera inútil para los diseñadores de políticas. Al contrario, la disciplina ha tenido mucho para ofrecer. Si bien es cierto que pocos economistas vieron que la crisis se venía –principalmente, argumentaría, porque pocos cayeron en la cuenta de lo frágil que se había vuelto nuestra desregulada economía y de lo vulnerables que eran nuestras endeudadas familias a una caída en picada en los precios de la vivienda– el limpio secretito de años recientes es que, desde la caída de Lehman Brothers, la macroeconomía básica de libro de texto se ha desempeñado muy bien.

Pero los diseñadores de políticas y los políticos han ignorado tanto los libros de texto como las lecciones de la historia. Y el resultado ha sido una vasta catástrofe económica y humana, con billones de dólares de potencial productivo desperdiciados y millones de familias en situación desesperada, sin que haya buenas razones para eso.

El desempleo cayó a su nivel más bajo desde el comienzo de la crisis y eso animó a los mercado de acciones el pasado 2 de mayo. | AP
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El desempleo cayó a su nivel más bajo desde el comienzo de la crisis y eso animó a los mercado de acciones el pasado 2 de mayo. | AP

¿En qué sentido funcionó bien la economía? Los economistas que tomaron en serio sus propios libros de texto rápidamente diagnosticaron la naturaleza de nuestra enfermedad económica: sufríamos de demanda inadecuada. La crisis financiera y el descalabro en vivienda crearon un ambiente en el que cada uno trataba de gastar menos, pero mi gasto es tu ingreso y tu gasto es mi ingreso, por lo que cuando todo el mundo trata de recortar el gasto al mismo tiempo el resultado es una baja generalizada en los ingresos y una economía deprimida. Y sabemos (o deberíamos saber) que las economías deprimidas se comportan de manera muy diferente a las economías que tienen empleo total o casi total.

Por ejemplo, muchas personas que aparentemente son conocedores –banqueros, líderes empresariales, funcionarios públicos– advirtieron que los déficit presupuestarios conducirían a tasas de interés e inflación elevadas. Pero los economistas sabían que tales advertencias, que podrían haber tenido sentido en condiciones normales, estaban muy desubicadas en las condiciones que en realidad enfrentábamos. Claro, las tasas de interés y la inflación se mantuvieron bajas.

Y el diagnostico que establecía que nuestros problemas se derivaban de demanda inadecuada tenía claras implicaciones en cuanto a políticas: en el tanto que la falta de demanda era el problema, estaríamos viviendo en un mundo en el que las reglas usuales no eran válidas. En particular, no era momento para preocuparse respecto a los déficit presupuestarios y recortes de gastos, que solamente agravarían la depresión. Cuando John Boehner, por entonces líder de minoría de la Cámara, declaró a principios del 2009 que, dado que las familias estadounidenses se estaban socando el cinturón, el gobierno debería hacer lo mismo, las personas como yo nos horrorizamos, puesto que esos comentarios ponían en evidencia su ignorancia económica. Necesitábamos más gasto gubernamental, no menos, para llenar el vacío que dejaba una inadecuada demanda privada.

Pero unos meses después, el presidente Obama empezó a decir exactamente lo mismo. De hecho, se convirtió en una frase común en sus discursos. Y tampoco se trataba de simple retórica. Desde el 2010, hemos visto una marcada declinación en el gasto discrecional y una disminución sin precedentes en los déficit presupuestarios, y el resultado ha sido crecimiento anémico y desempleo de largo plazo en una escala que no se había visto desde la década de 1930.

Entonces, ¿por qué no utilizamos el conocimiento económico que teníamos?

Una respuesta es que la mayoría de la gente considera contradictoria la lógica de las políticas en una economía deprimida. En vez de eso, lo que tiene aceptación en el público son analogías engañosas con las finanzas de una familia, motivo por el cual Obama se ha hecho eco de Boehner.

Y hasta la gente que supuestamente está bien informada se resiste a aceptar la idea de que una sencilla falta de demanda pueda causar tantos estragos. Está claro, insisten, que con certeza tenemos profundos problemas estructurales, como una fuerza laboral que carece de capacitación apropiada; eso da la impresión de ser serio y sabio, aunque toda la evidencia dice que es completamente falso.

Mientras tanto, poderosas facciones políticas encuentran que los malos análisis económicos sirven a sus propósitos. Lo que es más obvio, gente cuyo objetivo verdadero es desmantelar la red de seguridad social ha encontrado que promover el pánico por el déficit es una manera efectiva de promover sus ocultas intenciones. Y a tales personas las ha ayudado e instigado lo que he llegado a llamar la traición de los nerds: la disposición de algunos economistas de producir análisis que dicen a los poderosos lo que quieren oír, bien se trate de que recortar radicalmente el gasto gubernamental es algo en verdad expansionista, debido a la confianza, o que la deuda del gobierno de algún modo tiene efectos nefastos sobre el crecimiento económico, aunque las tasas de interés se mantengan bajas.

Cualesquiera que sean las razones por las que se descartó la economía básica, el resultado ha sido trágico. La mayor parte del desperdicio y del sufrimiento que ha afligido a las economías occidentales durante los últimos cinco años era innecesaria. Todo el tiempo hemos contado con el conocimiento y las herramientas para restaurar el empleo total, pero los definidores de las políticas se limitan a seguir buscando razones para no hacer lo correcto.

Traducción de Gerardo Chaves para La Nación

Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía del 2008.

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