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¿Murió el excepcionalismo norteamericano?

Actualizado el 23 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

“Es sumamente peligroso animar a la gente a considerarse excepcional, cualquiera sea la motivación”.

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El hecho más interesante que surgió en el subsiguiente debate sobre “El excepcionalismo norteamericano” es que la frase fue forjada, por primera vez, por el antiguo predecesor de Putin, Joseph Stalin. Sus orígenes se remontan a 1927, cuando un prominente comunista norteamericano, Jay Lovestone, sugirió que el capitalismo estaba tan avanzado en Estados Unidos que impediría una revolución comunista en ese país. Stalin no aceptó nada de eso y atacó “la herejía del excepcionalismo norteamericano”, al afirmar la inevitabilidad histórica del triunfo del proletariado de Marx.

El tiempo no ha sido bondadoso con el marxismo. Aun así, la cuestión subyacente permanece: ¿Es el excepcionalismo norteamericano una mera frase de autofelicitación o una realidad demostrable? Las pruebas son ambiguas.

Si examinamos las encuestas, no se puede pasar por alto la singularidad de algunas actitudes norteamericanas. Una pregunta pide que se juzgue qué es más importante: “la libertad para perseguir los objetivos de la vida sin interferencia del estado” o “las garantías del Estado (de que) nadie esté necesitado”. Por un margen de 58% contra 35%, los norteamericanos favorecen la libertad por sobre la seguridad, informa una encuesta Pew del 2011. En Europa, la opinión es la opuesta. Los alemanes valoran las protecciones sobre la libertad, 62% contra 36%. Los resultados son similares en Francia, Reino Unido y España.

El 11 de setiembre, el presidente de Rusia,  Vladimir Putin, publicó una carta en el diario   The New York Times,  donde censuró una eventual   acción militar en Siria, por parte de los Estados Unidos.   | STEPHEN CROWLEY/THE NEW YORK TIMES.
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El 11 de setiembre, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, publicó una carta en el diario The New York Times, donde censuró una eventual acción militar en Siria, por parte de los Estados Unidos. | STEPHEN CROWLEY/THE NEW YORK TIMES.

O tomemos el libre albedrío. Los norteamericanos creen tenerlo; muchas otras nacionalidades lo desechan como una ilusión. Otro rubro de la encuesta pregunta si el encuestado está de acuerdo o en desacuerdo con la afirmación de que “el éxito en la vida está determinado por fuerzas fuera de nuestro control”. En la encuesta Pew, el 72% estuvo de acuerdo en Alemania, el 57% en Francia y el 50% en España. En cambio, solo el 36% de los norteamericanos estuvo de acuerdo en el 2011, aun cuando el país sufría la Gran Recesión.

Libertad individual. Históricamente, el experimento norteamericano fue excepcional, como muestra el historiador y comentarista conservador, Charles Murray, en un elegante ensayo publicado por el American Enterprise Institute. Estados Unidos, escribe Murray, fue “la primera nación del mundo (en) traducir una ideología de libertad individual a un credo de gobierno”. Se pensaba que las democracias eran “impracticables e inestables”. Solo las monarquías, que a menudo se adjudicaban autoridad divina, podían imponer un orden social. Incluso Gran Bretaña, cuyos ciudadanos gozaban de derechos políticos limitados, se adhirió a ese precepto central.

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“Es sumamente peligroso animar a la gente a considerarse excepcional, cualquiera sea la motivación”. Vladimir Putin, presidente de Rusia.

En cambio, los norteamericanos creían que el poder de gobernar derivaba de los gobernados. La celebración de Lincoln, en el Discurso de Gettysburg, de un “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” parece ahora un adorno retórico. Pero para los norteamericanos de aquella época, la supervivencia de un gobierno tal era una obsesión. Hacía que Estados Unidos fuera especial.

Lo que también hacía especial a Estados Unidos eran sus creencias básicas, comenzando con “todos los hombres son iguales”. En otros países, reinaban jerarquías económicas rígidas. El nacimiento determinaba, a menudo, el destino. La ciudadanía dependía de la etnia, la herencia, la religión. En Estados Unidos, el éxito y la ciudadanía eran abiertos. La igualdad no se refería a los resultados, escribe Murray, sino a “la dignidad humana”, rechazaba la noción de que “solo unos pocos superiores podían obtener una felicidad significativa”. El individuo importaba.

Con buenos motivos, la mayoría de los norteamericanos pensaban que sus creencias eran superiores. Lo que le duele a Putin (y también a muchos norteamericanos) es que Estados Unidos ha utilizado ese sentido de superioridad moral como pretexto para echar su peso en el mundo. La verdad es más complicada. Las intervenciones de Estados Unidos en el extranjero también reflejaron lo percibido como interés propio, mientras las reservas morales a menudo justificaron el aislacionismo: No se inmiscuyan con los locos extranjeros. La reacción hostil de la población a la propuesta del uso de fuerza militar en Siria sugiere que el aislacionismo podría estar en ascenso.

Murray cree que el excepcionalismo norteamericano se erosiona. Los valores norteamericanos –igualdad, democracia– se han propagado al exterior. Los norteamericanos no confían en su gobierno, pero la preferencia de los fundadores por un gobierno limitado ha desaparecido. En los primeros 40 años de la nación, el gasto federal nunca, excepto en tiempo de guerra, excedió el 4% de la economía, expresa Murray. Ahora, llega al 20%.

También existe amplio consenso de que los ideales nacionales a menudo se violaron (esclavitud y discriminación racial son los ejemplos más evidentes). En verdad, los mismos norteamericanos parecen cada vez más escépticos sobre el excepcionalismo. La encuesta de Pew del 2011 pedía una reacción a esta afirmación: “Nuestro pueblo no es perfecto, pero nuestra cultura es superior”. Solo aproximadamente la mitad de los encuestados estuvieron de acuerdo, aproximadamente la misma cantidad que los alemanes y españoles. Aun así, estos presagios pueden ser exagerados. Comparados con muchos otros pueblos, los norteamericanos son más optimistas, más individualistas, más confiados en el progreso. Lo que el difunto historiador Richard Horfstadter dijera una vez sigue siendo cierto: “Ha sido nuestro destino como nación no tener ideologías, sino ser una ideología”.

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ROBERT SAMUELSON inició su carrera como periodista de negocios en The Washington Post, en 1969. Además, fue reportero y columnista de prestigiosas revistas como Newsweek y National Journal.

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