Economía

Horror y honor

Actualizado el 26 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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El primer Día de los Caídos –que entonces se llamaba Día de las Condecoraciones– se celebró el 30 de mayo de 1868, tres años después de la finalización de la Guerra Civil, para honrar a los caídos por la Unión. Con una población nacional de 31,4 millones de personas en 1860, se calcula ahora que los caídos en la Guerra Civil, tanto por la Unión como por los Confederados, fueron 750.000 y, posiblemente, más.

Después de la Primera Guerra Mundial, el feriado conmemoró a todos los caídos en guerras norteamericanas. En 1971, el Día de los Caídos se convirtió en un feriado nacional oficial. “Historical Statistics of the United States (Estadísticas Históricas de EE. UU.) proporciona las siguientes cifras de caídos según el conflicto: Guerra Revolucionaria: 4.435; Guerra de 1812: 2.260; Guerra Mexicana: 13.283; Guerra de Cuba: 2.446; Primera Guerra Mundial: 116.516; Segunda Guerra Mundial: 405.399; Guerra de Corea: 36.576; Guerra de Vietnam: 58.200; Guerra del Golfo Pérsico: 382. Además, el Pentágono informa sobre 6.809 muertes en las guerras de Irak y Afganistán y otras zonas de combate, hasta el 22 de mayo.

La guerra mezcla horror y heroísmo. Más apropiado que cualquier comentario que pudiera yo escribir para el Día de los Caídos es esta descripción de la capitulación de Robert E. Lee a Ulysses S. Grant, en Appomattox (Virginia). Proviene del relato de la Guerra Civil del historiador de Princeton, James McPherson, titulado “Battle Cry of Freedom”, que fuera galardonado con el premio Pulitzer, y lo imprimimos con permiso de su autor.

Los términos (que Grant ofreció) fueron generosos: los oficiales y sus hombrees podían volver a su casa “y no debían ser perturbados por autoridades norteamericanas en la medida en que respetaran su libertad condicional y las leyes vigentes del lugar donde residieran”. Esta cláusula tuvo gran importancia... Garantizaba a los soldados del sur inmunidad procesal por traición. Lee pidió otro favor. En el ejército Confederado, explicó, los hombres alistados en la caballería y artillería eran dueños de sus caballos; ¿podrían conservarlos? Sí, dijo Grant; los soldados y oficiales que dijeran ser dueños de caballos podían llevárselos a su casa “para plantar cultivos y poder sustentarse a sí mismos y a sus familias hasta fines del próximo invierno”. Lee dijo: “Eso tendrá el mejor efecto posible en los hombres... y hará mucho para reconciliar a nuestro pueblo”. Tras firmar los papeles, Grant le presentó su personal a Lee. Mientras le daba la mano al secretario militar de Grant, Ely Parker, un indio séneca, Lee observó por un momento los rasgos oscuros de Parker y dijo, “me alegro de ver aquí a un verdadero norteamericano”. Parker respondió: “Somos todos norteamericanos”.

Una vez completa la capitulación, los dos generales se saludaron sombríamente y partieron. “Esto vivirá en la Historia”, dijo uno de los asistentes de Grant. Pero el comandante de la Unión pareció distraído. Tras dar nacimiento a una nación reunificada, experimentó la melancolía posterior al parto. “Me sentí... triste y deprimido”, escribió Grant, ante la caída de un enemigo que luchó durante tanto tiempo y con tanto valor, y que sufrió tanto por su causa, aunque esa causa fuera, a mi parecer, una de las peores por las que un pueblo jamás luchara”. A medida que la noticia de la capitulación se propagó por los campos de la Unión, las baterías comenzaron a disparar alegres salvas, hasta que Grant ordenó que cesaran. “La guerra ha acabado”, dijo; “los rebeldes son nuevamente nuestros compatriotas, y la mejor señal de alegría tras la victoria será abstenerse de toda demostración”. Para ayudar a reintegrar a esos antiguos rebeldes a la Unión, Grant envió raciones para tres días, para 25.000 hombres del otro bando. Ese hecho quizás ayudara a aliviar el dolor psicológico y físico de los soldados de Lee.

También hizo un importante gesto simbólico en una ceremonia formal, tres días más tarde, cuando las tropas confederadas marcharon para entregar sus armas y banderas. Mientras procedían, muchos de ellos compartían el sentimiento de un oficial: “¿Iba a ser éste el fin de todas nuestras marchas y batallas de cuatro años? No pude contener mis lágrimas”. El oficial de la Unión a cargo de la ceremonia de capitulación fue Joshua L. Chamberlain, profesor combatiente de Bowdoin, que había ganado una medalla de honor por Little Round Top (un encuentro crucial en Gettysburg), había resultado herido dos veces desde entonces y era ahora general de división. El que condujo a los sureños mientras marchaban hacia las dos brigadas de Chamberlain en posición de firmes fue John B. Gordon, uno de los combatientes más recios que ahora comandaba el viejo cuerpo de Stonewall Jackson. En la línea de marcha, inmediatamente detrás de él, estaba la Brigada Stonewall, cinco regimientos compuestos por 210 harapientos sobrevivientes de cuatro años de guerra. Cuando Gordon se acercó encabezando a esos hombres con “su mentón caído en su pecho, aparentemente desmoralizado y abatido”, Chamberlain dio una breve orden, y sonó un toque de clarín. Instantáneamente los soldados de la Unión cambiaron de descansen armas a portar armas, el saludo de honor. Al oír ese sonido, el general Gordon miró hacia arriba sorprendido, y al darse cuenta repentinamente de lo que estaba sucediendo, bajó su espada en saludo y ordenó a sus hombres que portaran armas.

Robert Samuelson inició su carrera como periodista de negocios en The Washington Post, en 1969. Además fue reportero y columnista de prestigiosas revistas como Newsweek y National Journal.

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