Economía

Hablemos de los problemas de Turquía

Actualizado el 03 de febrero de 2014 a las 12:00 am

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Hablemos de los problemas de Turquía

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Paul Krugman, economista.
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Paul Krugman, economista.

Bueno, ¿quién pidió eso? Con todo lo que está sucediendo, lo último que necesitábamos era una nueva crisis económica en un país que ya está azotado por agitación política. Cierto, los efectos secundarios debidos a la crisis de Turquía –cuya economía es del tamaño de la de la ciudad de Los Ángeles– no serán grandes, pero estamos oyendo la temida palabra “contagio”. Es el tipo de contagio que una vez hizo que una crisis en Tailandia se extendiera por Asia; el mismo que dio lugar a que una crisis en Grecia se extendiera por Europa y que ahora –a todo el mundo le preocupa– podría causar que los problemas de Turquía se extiendan por los mercados emergentes del mundo.

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Se trata, en muchas formas, de una historia conocida. Pero eso es parte de lo que la hace tan perturbadora: ¿Por qué seguimos sufriendo estas crisis? Y el meollo del asunto es que parece que los intervalos entre crisis se están acortando y que los efectos secundarios de cada crisis parecen ser peores que los de la anterior. ¿Qué está pasando?

Antes de referirme a Turquía, he aquí una breve historia de las crisis financieras globales.

Durante una generación después de la Segunda Guerra Mundial, el sistema financiero mundial estuvo, según los estándares modernos, libre de crisis, probablemente porque la mayoría de los países puso restricciones a los flujos internacionales de capital, de modo que los préstamos internacionales estuvieron limitados. A fines de los 70, sin embargo, la desregulación y creciente agresividad de los banqueros resultó en una oleada de fondos hacia Latinoamérica, seguida por lo que se conoce en el comercio como una interrupción repentina de los flujos de capitales, en 1982, y una crisis que llevó a 10 años de estancamiento económico.

Latinoamérica eventualmente retornó al crecimiento (aunque México tuvo una desagradable recaída en 1994) pero, en la década de 1990, una versión más grande de la misma historia se desarrolló en Asia: gigantescas llegadas de dinero seguidas por una interrupción repentina en los flujos y una implosión económica. Algunas de las economías asiáticas se recuperaron rápidamente, pero la inversión y el crecimiento nunca se restablecieron de manera completa.

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Más recientemente, se produjo una versión más de la historia, esta vez dentro de Europa y caracterizada por una llegada masiva de dinero a Grecia, España y Portugal, seguida por una interrupción repentina e inmenso dolor económico.

Como dije, aunque el guión de la historia sigue siendo el mismo, los efectos siguen empeorando. La producción real disminuyó el 4% durante la crisis de México de 1981 a 1983, bajó el 14% en Indonesia de 1997 a 1998 y ha disminuido más del 23% en Grecia.

Así las cosas, ¿se está incubando una crisis aún peor? Los aspectos fundamentales son ligeramente tranquilizantes; Turquía, en particular, tiene baja deuda gubernamental y, si bien las empresas han incurrido en grandes deudas en el exterior, la situación financiera en general no tiene tan mala apariencia. Pero cada una de las crisis anteriores contradijo las expectativas optimistas. Y las mismas fuerzas que empujaron el derrame de dinero en Turquía también vuelven altamente vulnerable a la economía mundial como un todo.

Puede que uno haya oído o no que hay un gran debate entre economistas respecto a si enfrentamos “estancamiento secular”. ¿Qué es eso? Una forma de describirlo es como una situación en la que la cantidad que la gente quiere ahorrar excede al volumen de inversiones que vale la pena hacer.

Cuando eso es cierto, se obtiene uno de dos resultados. Si los inversionistas son cautelosos y prudentes, en efecto estamos colectivamente tratando de gastar menos que nuestros ingresos y, dado que mi gasto es su ingreso y que su gasto es mi ingreso, el resultado es una caída persistente.

La alternativa consiste en que agitados inversionistas –que se sienten frustrados por los bajos réditos y están desesperados por ganancias– pueden recurrir al autoengaño y hacer llover dinero sobre proyectos mal concebidos, bien se trate de préstamos hipotecarios de alto riesgo o de flujos de capital a mercados emergentes. Esto puede dar empuje a la economía durante un tiempo, pero eventualmente los inversionistas enfrentan la realidad, se seca la fuente del dinero y llega el dolor.

Si esta es una buena descripción de la situación, y creo que lo es, ahora tenemos una economía mundial destinada a oscilar entre burbujas y depresión. Y eso no resulta alentador cuando observamos lo que parece el estallido de una burbuja de mercados emergentes.

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El aspecto más general del asunto es que Turquía no es en realidad el problema; tampoco lo son Sudáfrica, Rusia, Hungría, India y cualquier otro país que esté siendo golpeado en este momento. El problema real es que las economías ricas –los Estados Unidos, el área del euro y actores menores también– han fallado en atender sus propias debilidades subyacentes. Más obvio es que, enfrentados a un sector privado que quiere ahorrar demasiado e invertir demasiado poco, tenemos políticas de austeridad que profundizan las fuerzas de la depresión. Peor aún, todo indica que, al permitir que el desempleo se encone, estamos debilitando nuestras perspectivas tanto a corto como a largo plazo, lo que deprimirá más la inversión privada.

Y ya buena parte de Europa corre el riesgo de sufrir una trampa deflacionaria al estilo Japón. Una crisis de mercados emergentes podría –de forma muy plausible– convertir ese riesgo en realidad.

Así las cosas, Turquía parece estar metida en problemas serios y China, un actor más grande, parece un poquito tambaleante también. Lo que vuelve estos problemas escalofriantes es la debilidad subyacente de las economías occidentales, debilidad que empeoran políticas muy, pero muy malas.

Traducción de Gerardo Chaves para La Nación

Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía ( 2008).

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