Economía

Fiebre fiscal se mueve a la baja

Actualizado el 06 de enero de 2014 a las 12:00 am

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Fiebre fiscal se mueve a la baja

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En el 2012, el presidente Obama, siempre ilusionado respecto a que la razón prevalecería, predijo que su reelección finalmente le bajaría la “fiebre” al Partido Republicano. Pero no lo hizo.

Pero la intransigencia de la derecha no era la única enfermedad que afectaba al cuerpo político de los Estados Unidos en el 2012. También sufríamos de fiebre fiscal: la insistencia de virtualmente todos los medios y la clase dirigente en que los déficits presupuestarios eran nuestro más importante y urgente problema económico, aunque el Gobierno Federal podía tomar prestado a tasas de interés increíblemente bajas. En vez de hablar del desempleo masivo y la creciente desigualdad, Washington estaba enfocado casi exclusivamente en la supuesta necesidad de recortar el gasto (lo que empeoraría la crisis de los empleos) y podar la red de seguridad social (lo que empeoraría la desigualdad).

David Davis, especialista en tecnologías de la información, asegura que el beneficio por desempleo le permitió salir a flote mientras busca un nuevo trabajo. Los recortes a este tipo de auxilios aún  continúan.  | KEN CEDENO/ THE NYT.
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David Davis, especialista en tecnologías de la información, asegura que el beneficio por desempleo le permitió salir a flote mientras busca un nuevo trabajo. Los recortes a este tipo de auxilios aún continúan. | KEN CEDENO/ THE NYT.

La buena noticia es que esta fiebre, a diferencia de la fiebre del Tea Party, finalmente comenzó a bajar.

Es cierto que los regañones fiscales todavía están por ahí y que todavía reciben venerante tratamiento de parte de algunas organizaciones informativas. Como el Columbia Journalism Review hizo notar, muchos reporteros retienen el hábito de “tratar el recorte del déficit como un objetivo no ideológico, al tiempo que presentan otros puntos de vista como partidistas o políticos”. Pero los regañones ya no son capaces de definir los límites de la opinión respetable. Por ejemplo, cuando los sospechosos de siempre se abalanzaron contra la senadora Elizabeth Warren debido a su petición para ampliar la Seguridad Social, claramente terminaron exaltando la imagen de ella.

¿Qué cambió? Sugeriría que por lo menos cuatro cosas sucedieron para desacreditar la ideología de la reducción del déficit.

Primero, la premisa política en que se sustenta el “centrismo” –que los republicanos moderados estarían dispuestos a reunirse a medio camino con los demócratas para un “gran acuerdo” que combinaría aumentos en los impuestos y recortes en el gasto– se volvió insostenible. No hay republicanos moderados. En el tanto que hay debates entre el Tea Party y las ramas que no pertenecen a él dentro del Partido Republicano, no tienen que ver con la estrategia política sino con la sustancia política.

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Segundo, una combinación de recibos de impuestos crecientes y una reducción del gasto ha provocado que los préstamos federales caigan en picada. Esto es en realidad algo malo, porque la reducción prematura del déficit perjudica a nuestra todavía débil economía. De hecho, probablemente estaríamos aproximándonos al empleo total ahora de no haber sido por la austeridad fiscal sin precedentes que ha tenido lugar en los últimos tres años. Pero un déficit en disminución ha minado las tácticas de miedo que son tan fundamentales para la causa “centrista”. Hasta las proyecciones a largo plazo de la deuda federal ya no parecen nada alarmantes.

Hablando de tácticas del miedo, el 2013 fue el año en que los periodistas y el público finalmente se cansaron de los muchachos que gritaban falsas alarmas. Había una vez cuando los públicos escuchaban cautivados los pronósticos de Apocalipsis fiscal, por ejemplo cuando Erskine Bowles y Alan Simpson –copresidentes de la comisión de deuda de Obama– advertían que una severa crisis fiscal era probable en el término de dos años. Sin embargo, desde entonces, han pasado casi tres años.

Finalmente, en el transcurso del 2013, la argumentación intelectual para el pánico por la deuda colapsó. Normalmente, los debates técnicos entre economistas tienen impacto relativamente pequeño en el mundo político, debido a que los políticos casi siempre pueden conseguir expertos –o, en muchos casos “expertos”– que les digan lo que quieren oír. Pero lo que sucedió en el año que dejamos atrás puede haber sido una excepción.

Para quienes se lo perdieron o lo han olvidado, durante varios años los regañones del déficit, tanto en Europa como en los Estados Unidos, se apoyaron marcadamente en un ensayo de dos economistas altamente respetados, Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, en el que sugerían que la deuda del Gobierno tiene efectos negativos severos en el crecimiento cuando excede el 90% del PIB. Desde el principio, muchos economistas expresaron escepticismo respecto a esta afirmación. En particular, parecía inmediatamente obvio que el crecimiento lento a menudo causa deuda alta, que no hay vuelta de hoja como ciertamente se ha comprobado, por ejemplo, con los casos tanto de Japón como de Italia. Pero en los círculos políticos la afirmación sobre el 90% se volvió santa palabra.

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Después, Thomas Herndon, estudiante de posgrado de la Universidad de Massachusetts reelaboró los datos y descubrió que el aparente acantilado del 90% desaparecía una vez que se corregía un pequeño error y se agregaban unos cuantos datos más.

Entonces, no es que como si los regañones fiscales hubieran llegado a su conclusión basados en evidencia estadística.

Como dice una vieja expresión, usaron la vía de Reinhart-Rogoff de la misma forma que un borracho usa un poste del alumbrado público: para sostenerse, no para iluminarse. Aún así, inesperadamente perdieron ese apoyo y con él la capacidad para pretender que la necesidad económica justificaba su agenda ideológica.

Bueno, ¿algo de eso importa? Uno podría argumentar que no lo hace, que los regañones del déficit pueden haber perdido el control de la conversación pero que todavía estamos haciendo cosas terribles como recortar los beneficios a los desempleados a largo plazo. Nada más que, mientras la política sigue espantosa, al fin estamos empezando a hablar acerca de asuntos reales como la desigualdad, no una crisis fiscal ficticia. Y ese es un paso en la dirección correcta.

Traducción de Gerardo Chaves para La Nación

Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía del 2008.

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