Economía

Esperanzas destrozadas

Actualizado el 24 de marzo de 2014 a las 12:00 am

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Para que conste, vale la pena señalar que la veloz toma de Crimea por parte de Rusia confunde y contradice uno de los optimistas axiomas de la sabiduría popular. Se ha supuesto –aunque pocas veces se lo declare abiertamente pero generalmente se lo crea– que la creciente interdependencia económica de las naciones reduce los conflictos geopolíticos tradicionales.

La globalización es un factor de disuasión para las guerras. Los países tienen demasiado que perder para arriesgar conflictos que antagonizarán a sus aliados comerciales e inversores internacionales. La tendencia es a “arreglar las cosas”, en lugar de amenazar esas relaciones esenciales.

Robert Samuelson, periodista.
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Robert Samuelson, periodista.

Esta visión de un mundo pacificado por el interés económico es, en gran medida, norteamericana. Proyecta el optimismo de Estados Unidos al resto del mundo. La obsesión de los norteamericanos con “progresar” nos define. Proporciona un denominador común para la inclusión. El esfuerzo compartido para alcanzar el éxito económico atenúa las diferencias de religión, región, raza y etnia, donde los conflictos y contrastes son más persistentes. Todos podemos unirnos en la búsqueda de la riqueza sin sacrificar los aspectos excluyentes de nuestras identidades personales. Es más fácil negociar disputas económicas que desacuerdos más obcecados originados en la herencia, la historia y los valores.

Hasta cierto punto, este medio siglo pasado ha reivindicado esa visión. Su mayor logro fue la Unión Europea (UE), que se inició como “el mercado común” y demostró que la integración económica puede silenciar las animadversiones de siglos de guerra.

“Nuestra historia es la de enemigos que hacen la paz,” dice un funcionario de la UE. Los conflictos a lo largo de las líneas nacionales no han desaparecido; pero se han trasladado de los campos de batalla a las burocracias.

El fin de la Guerra Fría dio otro refuerzo a esa visión. La competencia entre el capitalismo y el comunismo quedó resuelta. La búsqueda del dinero de los norteamericanos pareció convertirse en una práctica mundial. El comercio y las inversiones transfronterizos aumentaron rápidamente. El surgimiento de la clase media en algunos países (Corea del Sur, Brasil, India, China) proporcionó grandes grupos para el desarrollo. Aunque los conflictos no desaparecieron, parecieron originarse crecientemente en agentes que no eran estados (al-Qaeda), regiones (África) y países (Afganistán) en la periferia de la economía global.

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Esta ideología económica elevaba el espíritu. Para algunos países, fue la causa de la reducción de los presupuestos militares. Pero al anexar Crimea, Rusia desafió las normas de ese nuevo orden. Rusia recurrió al poder militar, no a la diplomacia. Ignoró la amenaza a sus intereses económicos y a los intereses económicos de sus aliados comerciales e inversores. Desplegó su nacionalismo.

Estamos volviendo a aprender una vieja lección: la Historia, la cultura, la geografía, la religión y el orgullo a menudo superan la economía. La nación–estado perdura, nos recuerda el politólogo de Harvard, Jeffry Frieden, autor de “ Global Capitalism: Its Fall and Rise in the Twentieth Century .”

Define sus intereses bajo sus términos. Putin, no ilógicamente, ve a Rusia amenazada en sus fronteras por una coalición liderada por Estados Unidos que, dice Frieden, “es hostil en el sentido de que a la mayoría de la gente de Occidente le gustaría que el régimen de Putin acabara: es autoritario; frustra nuestros intereses.”

La globalización nunca podría inundar todo el resto. La economía no es omnipotente. La crisis de 2008-2009 asestó un golpe a esa mitología. Los mercados promueven la prosperidad y producen beneficios; pero también provocan inestabilidad e imponen costos. El mundo quizás sea plano, como propone el columnista Thomas Friedman en su libro de 2005, por el hecho de que las sociedades modernas compiten y cooperan en un gran sistema global. Pero el mundo sigue siendo redondo porque los conflictos geopolíticos, las aspiraciones y presiones tradicionales a menudo dictan los acontecimientos. (Pensemos en Irán).

Lo que queda es una confusa mezcla de lo viejo y lo nuevo. Los países persiguen sus objetivos en formas que involucran sus intereses económicos, pero no se limitan a ellos. (Pensemos en China y, sí, los Estados Unidos). La integración económica global ha ido más rápido que la integración política, y esa divergencia es una fuente de inestabilidad. Putin, sin duda, sabía que su movida contra Crimea tendría repercusiones adversas y las tiene. Un comentarista del Financial Times expresa: “Las empresas y bancos rusos han retirado miles de millones de dólares en depósitos de bancos norteamericano y europeos, temerosos de que fueran confiscados o congelados si se aplicaran severas sanciones. De la misma forma, las instituciones occidentales se han preocupado en minimizar su compromiso con empresas industriales y bancos rusos.”

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La agitación financiera (hasta el momento) ha sido limitada y localizada. Lo mismo puede decirse de las sanciones impuestas por Estados Unidos y la UE para disuadir de más actos rusos contra Ucrania. Éstas han sido atenuadas por motivos comprensibles. Como palancas diplomáticas, las herramientas de la globalización son un arma de doble filo. Las transacciones económicas que benefician a ambas partes, si se revierten abruptamente o enérgicamente, pueden volverse mutuamente destructivas.

Todo ello podría cambiar en un segundo. Las crisis son inherentemente difíciles de predecir y están sujetas a cálculos errados. Pase lo que pase, nos han dado una dura lección de repaso de la realpolitik.

Robert Samuelson inició su carrera como periodista de negocios en The Washington Post, en 1969. Además fue reportero y columnista de prestigiosas revistas como Newsweek y National Journal.

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