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¿Por qué es difícil administrar la atención?

Actualizado el 19 de mayo de 2015 a las 09:42 am

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¿Por qué es difícil administrar la atención?

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El cortecito que nos hicimos en la yema de un dedo compromete más nuestra atención que la cirugía que está en veremos para dentro de pocos meses.

Y el mensaje digestivo por la próxima comida, hace pasar a segundo plano las preocupaciones políticas o económicas de hace apenas dos horas.

Esa es la gran dificultad de la administración de la atención. Y esa es la causa del desfiladero por el cual transitan sin darse cuenta quienes comandan proyectos, empresas, ideales o sueños.

La firma del documento intrascendente, la pequeña crisis con la máquina totalmente prescindible que se rompió, o la llamada del cliente de escaso impacto que llama para una verdadera insensatez, hace que se postergue una vez más la revisión que hay que hacer de la política de precios, de la alianza tentadora o de la viabilidad de los productos innovadores de los que hemos venido hablando por meses.

Al antídoto, lo podemos llamar jerarquizar, pensar estratégicamente, economizar la atención, mirar el horizonte o no perder de vista la pintura general; todos sinónimos.

Lo dramático es que para cumplir esa receta, se necesita contradecir nuestras tendencias casi físicas y nuestros hábitos más antiguos.

La función de nuestro cerebro no es la eficacia. Su función es nuestra supervivencia.

Poco viviríamos si en las primeras incursiones por territorios comprometidos, tuviéramos muy claro hacia dónde vamos, pero no dónde ponemos el próximo paso.

Esto porque el éxito está construido de una mezcla de planes y pasos, pero se muere más de un mal paso que de un mal plan.

Entonces, ¿cómo podemos conciliar la paradoja de que necesitamos tanto planes como pasos pero que los pasos compiten con los planes?

Tal vez la forma es hacerle violencia a la agenda para abrir espacio periódico y religiosamente respetable para los planes. Y cerrado ese espacio, dedicarnos a dar en la dirección elegida, los pasos vigorosos, apresurados, inciertos, sin mirar atrás, sin evaluar los resultados.

Después contamos los muertos y sanamos las heridas.

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