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Cuando lo breve tiene un gran valor

Actualizado el 28 de septiembre de 2015 a las 01:59 am

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Cuando lo breve tiene un gran valor

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Recientemente, leí a un autor quien dice que hay libros que deberían haber sido capítulos.

¿Será que existe una convención social de que todo libro tiene que tener 200 páginas o más?

Cuesta encontrar libros de calidad homogénea de los cuales se pueda decir que todas sus páginas son de alto valor.

Sueño en que un día habrá libros inteligentes que, en un breve intercambio con el lector, le indiquen cuáles partes de su contenido tienen mayor probabilidad de resultar de valor para él. Es lo que hace la profesora que confecciona una crestomatía. (Algo que no logro entender es cómo hay libros digitales que no utilizan la maravilla del hipertexto).

Los autores podrían tener una tendencia a no querer “podar” lo que ya han escrito y lo dejan en el libro contra viento y marea.

James Michener relata cómo un editor le señaló la necesidad de reducir su novela Alaska , y cómo, con lo que suprimió –y no tiró a la basura– logró escribir otra novela llamada Journey.

Hay libros, como los de la Universidad Estatal a Distancia (UNED), que contienen guías para el lector: desde índices muy bien hechos, hasta señalamientos de lo que se espera que el lector obtenga en cada capítulo y ejercicios de verificación de si obtuvo eso que se espera.

Los lectores maduros saben cuáles libros leer de tapa a contratapa, y también en cuáles ir desechando algunos tramos.

Pero en esto a veces se cometen errores y se pierden buenos contenidos.

Algo semejante ocurre con las conferencias. ¿Por qué todas tienen que durar 50 minutos?

¿Por qué no aceptamos que hay conferencistas que tienen cosas muy valiosas que decir pero en 15 minutos?

¡Cuánto ganarían las conferencias si pudieran ser más interactivas¡ 15 minutos de conferencia y 30 minutos de conversatorio posterior.

Habría que velar, desde luego, porque el conversatorio no consista en tres personas de entre el público dando su conferencita sobre el mismo tema.

Habría que aprender a valorar las preguntas tanto como las respuestas.

Autores, conferencistas, profesores y políticos deberían tener siempre presente a Baltasar Gracián: lo bueno, si breve, dos veces bueno.

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