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Juzgar rectamente para impulsar el mejoramiento

Actualizado el 23 de marzo de 2015 a las 07:45 am

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Juzgar rectamente para impulsar el mejoramiento

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Cuando pensamos en eficacia, de la Administración Pública, de una institución, de un cuerpo colegiado, de un ejecutivo, vienen a nuestra mente ideas sobre cómo mejorarla. Pensamos en que se requieren más conocimientos. O mejores técnicas, entendidas como la aplicación de conocimientos científicos o artísticos. O mejores procedimientos.

Con frecuencia olvidamos que la eficacia no solo consiste en hacer las cosas bien, sino en hacer bien las que valen la pena. Las que más contribuyen al logro de objetivos de alto valor.

Percibimos con facilidad cuando una acción se aparta de la lógica y nos parece que si las personas que tienen encargos de decisión y acción mejoraran la aplicación de la lógica, el problema de la eficacia estaría resuelto. Falso. La lógica es importante para discurrir por una parte del territorio de la decisión y la acción. Más allá de ese espacio, la virtud requerida por la acción eficaz, es la prudencia, entendida como sensatez y buen juicio.

¿Y cuál es la fuente de la prudencia? Se entiende por sindéresis la capacidad natural para juzgar rectamente. De manera que deberíamos poner esfuerzo en indagar sobre maneras de acrecentar esa capacidad natural, o tal vez empezar por determinar qué la bloquea. Avanzo un barrunto: si no estamos conscientes de que la cadena ha de empezar en la sindéresis y seguir por la prudencia para terminar en la eficacia, estaremos buscando la solución donde no está. Y otro: hagámonos sensibles a las fallas de sindéresis, y le habremos dado a esta capacidad un lugar en nuestra agenda de mejoramiento.

Podemos conocer ampliamente sobre cómo tomar decisiones o cómo “accionar”, pero si no cultivamos la capacidad para juzgar rectamente, no habremos hecho la tarea más significativa.

Sin sindéresis, intentaremos hacer chocolate sin cacao, pondremos la carreta delante de los bueyes, nos saldrá más caro el caldo que los huevos, aceptaremos confites en los infiernos, nos dejaremos meter en jaulitas de oro, nos agarraremos de un clavo ardiendo, preferiremos pájaro en mano que cien volando y cambiaremos la primogenitura por un plato de lentejas.

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