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Álvaro Cedeño: Aprenda a sacudirse

Actualizado el 09 de marzo de 2015 a las 04:19 pm

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Álvaro Cedeño: Aprenda a sacudirse

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Nosotros mismos metemos ruido en nuestras percepciones y las desfiguramos. Con ello nos alejamos de la realidad y provocamos que nuestro comportamiento no sea congruente con esa realidad.

Un ejemplo está en lo que Seligman denomina atribución de causas. Pensemos en una persona que emprende un negocio y no obtiene buenos resultados. Los malos resultados se podrían deber a causas coyunturales de mercado; por ejemplo, abrió una pequeña venta de refrescos en una zona de buen tráfico de personas, pero pocos meses después, una famosa cadena de sodas abre un local a 100 metros de su establecimiento.

Si nuestro novel empresario atribuye la causa de los malos resultados a su falta de conocimiento empresarial o a su poca habilidad para los negocios, estaría haciendo una indebida atribución de causas. La causa de los malos resultados fue otra, como sabemos. Pero, además, se estaría haciendo un daño personal. Al atribuir la causa a falta de conocimiento empresarial estaría interiorizando la siguiente formulación: “Mientras no estudie algo sobre empresas, no vuelvo a intentar meterme en un negocio”. Esa podría ser una restricción innecesaria. Podría no faltarle conocimiento. Podría saber lo que hay que saber y, sin embargo, esa persona frenaría su iniciativa en el futuro por una causa equivocada.

Peor es la consecuencia cuando considera que la causa de los malos resultados es su poca habilidad para los negocios. Este diagnóstico es más permanente que el de falta de conocimientos. Este se soluciona aprendiendo, pero la falta de habilidad podría pensar que es parte de su forma de ser, y entonces, menos solucionable.

Ellis señala que cuando nos hacemos cargos indebidos a nosotros mismos, deberíamos exigir pruebas con la misma rigurosidad que si nos estuvieran acusando en un juicio.

Esta sería una forma de no aceptar el ruido, la inexactitud, la falta de realismo con la que a veces nos damos explicaciones equivocadas. Sacudirnos de esas explicaciones evita que nos hagamos daño. Nos hacemos daño siempre que indebidamente nos atribuimos deficiencias que no tenemos o que no son relevantes para el asunto en cuestión.

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