Por: Esteban Ramírez 2 junio

La decisión del Consejo de Gobierno de apartar a Bancrédito del negocio de intermediación financiera, mantener en operación la prestación de servicios a terceros y promover un proyecto para transformarlo en banco de fomento, plantea dilemas estratégicos y de viabilidad.

Uber se pasea por la banca
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Varios de estos desafíos ya los debe haber visto la comisión encabezada por la junta directiva de Bancrédito, a la cual el Gobierno encargó el plan de transformación que deberá estar listo, a más tardar, el 16 de junio.

El primer asunto escabroso es cómo evitar que el “nuevo” Bancrédito replique funciones de otras instituciones. Por eso, cuando se discute la opción de orientarlo hacia “fomento”, la pregunta es, ¿fomento de qué?

Si el objetivo fueran los créditos para la educación, ya existe la Comisión Nacional de Préstamos para Educación. Si lo que se tiene en mente son las pymes, la entidad entraría a competir contra un amplio repertorio de programas de crédito dirigidos al sector, eso sin contar al Sistema de Banca para el Desarrollo.

A Bancrédito puede interesarle abrirse espacio en el fomento de infraestructura pública, pero es un terreno en el cual, de entrada, se toparía con el Banco Nacional y el Banco de Costa Rica, ambos con amplio expediente en el planteamiento de proyectos relacionados con la construcción de carreteras, plantas hidroeléctricas, centrales térmicas, así como centros educativos y hospitalarios.

Uno supone que este nuevo enfoque de negocios estará respaldado por estudios de factibilidad que detallarán las oportunidades de mercado y el origen de los fondos para financiarlo.

Cuando Bancrédito ceda su cartera de créditos y cancele todos sus pasivos habrá perdido una cantidad considerable de músculo financiero. El año pasado el Banco tuvo ingresos brutos totales por ¢61.500 millones, de los cuales el 85% provino de sus actividades financieras (crédito, principalmente) y solo el 15% se generó a partir de comisiones por servicios. Como se aprecia, con la liquidación de la banca comercial, su capacidad para generar recursos se verá fuertemente diezmada.

Sostener una estructura sin financiamiento propio, con duplicidad de funciones y a expensas de los negocios que el Estado tenga a bien ceder, es un lujo que el país no se puede dar, menos en la actual coyuntura fiscal.