12 enero, 2015

Aquí, un intento de parábola sobre estrategia personal.

Me gustan los ejercicios de pensamiento creativo. ¿Para cuántas cosas puede servir un ladrillo común, además de su uso conocido y planeado? Y los participantes comienzan a señalar treinta y tantos usos singulares.

Veo una vela de parafina. Puede servir para algunas cosas. No sirve para otras. Puede servir como grave para ilustrar una ley física. O puede servir como proyectil para alertar a alguien. Pero no puede servir como atornillador.

El ser de una vela la faculta para proveer luz y calor. Una vela que se concentrara en su destino, en su misión, haría eso. Y sus circunstancias propicias, sus oportunidades mejores, se relacionan con la ausencia de luz.

Vivimos en el paradigma de que es preferible la luz a la oscuridad. Pero la oscuridad es el mejor entorno para una vela, en su facultad de producir luz. Una vela encendida a plena luz, en vano gasta sus potencialidades.

La vela que no se concentrara en sus cualidades distintivas y que intentara ser, ahora luz, después otras cosas, se estaría desaprovechando a sí misma. Acabaría su existencia sin haber dado su do de pecho. En cambio la vela concentrada en su finalidad esencial, habría sido luz, señal, incentivo devocional.

Una vela encendida tiene más larga vida que una vela apagada. Pero la larga vida no debería superar como valor a la vida consagrada a darle sentido al ser. Si el sentido del ser es dar luz, no darla es un fallo existencial.

¡Ay de la vela que mirara por encima de la cerca hacia donde se figura que habría pastos más suculentos¡ Compararse es una tentación que podría conducir al sin sentido.

Otros tienen más peso, más movilidad, más resistencia, pero para lo que la vela ha de hacer, esos rasgos son innecesarios. Codiciarlos es una pérdida de energía y una falta de claridad estratégica. En silencio, haciendo lo que ha de hacer, la vela es fiel a su misión y contribuye de esta manera a la armonía cósmica.