Por: Álvaro Cedeño 8 agosto, 2016

Recuerdo a un colega con quien compartí funciones en tribunales de exámenes de graduación.

Reaccionaba con gran malestar cuando un estudiante, en vez de utilizar la palabra persona, utilizaba la palabra individuo: “El jefe debe velar por el desarrollo de los individuos que trabajan con él”. Y mi colega saltaba: “No son individuos los que trabajan en una empresa. Son personas. Los componentes de una piara, esos son individuos. Los de un grupo humano, no”.

Llevaba razón. Hay enfoques que son exitosos en unos campos, pero hacen un gran daño cuando se generalizan a otros. La Revolución Industrial se benefició de enfoques como el de la intercambiabilidad de partes en los productos. El telar que es igual a todos, cuando sufre una falla en una pieza, no debe ser desechado. Simplemente, se cambia la pieza y adelante. Ese enfoque, exitoso en los componentes de infraestructura, hace daño cuando se pretende extenderlo a la conducción de personas. Una descripción de los requisitos de un puesto, parece suponer que las personas son intercambiables como bombillos eléctricos.

Las personas somos diferentes. Que los elementos de nuestra anatomía sean los mismos, no debe llevarnos a pensar que, como personas, somos iguales. Que en lo esencial tengamos los mismos derechos y merezcamos la misma consideración, no significa que somos iguales.

Aprendemos, pensamos, anhelamos, alabamos, nos expresamos, damos y recibimos afectos, de manera singular. Las relaciones que tienen más sentido en nuestras vidas, lo tienen precisamente debido a nuestra singularidad.

Aceptemos todos, todas las diferencias. Las étnicas, físicas, intelectuales, emocionales, temperamentales, políticas, religiosas. Dejar que la aceptación de las diferencias se convierta en eslogan de solo un grupo, es desvirtuar esa bandera universal.

Desterremos el enfoque de que los que no son como nosotros o como los nuestros, muestran una disconformidad. Y tratemos de superar la simple aceptación, convirtiéndola en comprensión y solidaridad. Nuestra vida en sociedad se enriquecería si en vez de consistir en un conjunto de relaciones entre individuos, llegara a ser un conjunto de relaciones entre personas.