Por: Álvaro Cedeño 18 abril, 2016

Uno de los males del momento actual, es que la técnica opaca a la ética. La ética que ha regido la acción de los poderes privados, tales como empresas multinacionales, es la de que lo que es posible, es lícito. Para los depredadores de la Amazonia, el tema es la técnica, no el daño causado.

La consecuencia de tal ética, ha sido el deterioro de los ambientes físico y social. Por ejemplo, la regla de maximizar las utilidades no se detiene a considerar su impacto sobre la ocupación, porque los dueños del capital, gestores de las empresas, se ven beneficiados con la reducción de salarios, la cual se transforma en un aumento de las ganancias.

Pero el problema no es solo de las grandes corporaciones. A nivel personal también se enfrenta la cuestión de si someter o no a auto-regulación nuestras decisiones y acciones. Las consecuencias de lo que hacemos o decimos deben ser objeto de examen antes de hacer o decir. Esto siempre ha sido así.

La prudencia y el buen juicio deben ejercitarse en estas deliberaciones. Esto ha quedado muy claro en torno a la conveniencia de lograr más transparencia en los asuntos comunitarios, pero no a riesgo del bienestar de personas inocentes.

En nuestra vida habitual convendría desarrollar la sensibilidad para decidir cuándo conviene por ejemplo posponer o modular la retroalimentación a otros sobre cómo vemos su trabajo o su comportamiento. La reacción que puede ser conveniente y deseable ante lo que percibimos de colaboradores, jefes, prójimo en general, podría tener un efecto negativo en función del momento en el cual decidimos externarla. Esto que íbamos a decir hoy, dicho en una semana, con más contexto y más visión podría ganar en frutos y en sentido.

La gran pregunta es la de qué es lo que realmente es valioso. Nuestra libertad individual debe ser gestionada. No conviene andar iniciando escaramuzas si lo realmente valioso es ganar la guerra. Ni conviene accionar sin considerar los efectos secundarios. El panorama amplio debe aconsejarnos sobre qué ir haciendo con los detalles. El Norte es más importante que los vericuetos del camino. Y la libertad individual debería ser reconocida como libertad para hacer el bien.