Por: Álvaro Cedeño 17 abril

La primavera es un llamado a tomar nota de que el invierno ha terminado y que siempre hay nuevos brotes en camino. Nos renovamos permanentemente en lo físico, en lo intelectual y en lo social.

Lo intelectual no es solo lo que sabemos, sino qué, cómo y para qué pensamos e intuimos. Lo social es cómo, con quiénes y para qué nos relacionamos. De lo espiritual se habla tan poco, en tan pocos lugares, y con tan pocas personas, que daría pie a formular el barrunto de que se trata de una esfera olvidada.

Vivir, accionar, transcurrir es un fenómeno dinámico que nos va cambiando y nos va predisponiendo a nuevos cambios. O sea que cambiamos sin que nos lo propongamos. Y a lo largo de nuestra vida, salvo excepciones, vamos cambiando para bien. Entendemos más, reflexionamos mejor, tenemos acceso a más conocimientos. Nos relacionamos más plenamente con los demás.

Vamos siendo más tolerantes y comprensivos. Vamos disfrutando más de las relaciones. Conjugamos el verbo amar de muchas más maneras. Excepción: en lo físico, presenciamos un deterioro.

Y en lo espiritual, entendido como la toma de una posición frente a lo trascendente, sorprende que muchas veces sigamos estacionados en unas concepciones que adquirimos de niños, que mantenemos en silencio y sobre las cuales se hacen pocos esfuerzos de renovación.

Una pregunta interesante es si proponiéndonos deliberadamente mejorar, lograríamos más que dejando el mejoramiento a su espontaneidad. En esto la mejor respuesta está en que estudiar, que es una disrupción sobre lo espontáneo de nuestro intelecto, es universalmente tenido como conveniente.

Los programas de mejoramiento físico, hoy populares, son un esfuerzo de intervención en el deterioro natural. Y en lo social pero más en lo espiritual, se mantiene el silencio, la postergación. ¿Por qué, por ejemplo, hay más programas de acondicionamiento físico y más programas de formación profesional que programas de desarrollo de nuestra vida de relación con otros y de desarrollo espiritual? Imagino que por falta de demanda, evidencia de que no se manifiesta la necesidad de mejoramiento en esas áreas. ¿Sentimos esa necesidad? ¿La reprimimos? ¿O postergamos su satisfacción desaprovechando esta nueva primavera?