10 marzo, 2014

Imagen sin titulo - GN
Imagen sin titulo - GN

Vivimos rodeados de personas, pero, a veces, por un fenómeno quizá relacionado con la distancia, la agregación o la ilusión de los promedios, en vez de pensar y aludir a personas, pensamos y aludimos a “la gente”.

Algunos jefes que van a conversar con su personal, se dicen que van a hablar con su gente. El empresario y el político cuando piensan en los consumidores o en los votantes, ven gente y no personas. Pero no nos relacionamos con gente. Nos relacionamos con personas.

Nuestros productos se dirigen a personas. Son las personas las que toman decisiones que apoyan o no las propuestas de los políticos.

Es claro que hay una diferencia entre sociología y psicología personal. Hay reacciones de grupo y de grandes grupos. Pero olvidarse de las personas, de las posiciones y entusiasmos personales, conduce a la masificación, a la mutilación de esos otros que tenemos al frente y a nuestro propio deterioro.

No todas las personas son iguales. Las dimensiones en las cuales se manifiestan, son muy numerosas. Piensan, sienten, aman, desean, temen, anhelan, recuerdan, aprenden, deciden, hacen …

En diez dimensiones, con cuatro formas diferentes de manifestarse, el número de resultados o posiciones posibles supera el millón. En diez dimensiones y con diez formas de manifestarse tendríamos un número que sobrepasa la población de la tierra.

Vemos el arroyo y encontramos llamativo su discurrir, su color, el sonido, la orilla, las piedras, la vegetación, el movimiento. Lo fotografiamos, lo pintamos, le dedicamos canciones y poesía. Meditamos sobre él, nos divertimos con él, traemos a otros a admirarlo. Mientras, por el puente, van pasando múltiples personas con muchos más rasgos admirables, las cuales no logramos admirar si las confundimos con gente.

En una persona se encuentran todas las reglas de juego que rigen eso que percibimos como humanidad: racionalidad, voluntad, comunicación, afectividad, creatividad, espiritualidad.

O sea, que cada persona es como una gran biblioteca, en espera de que alguien se acerque a mirarla con respeto, interés y atención, primer paso del amor al prójimo.