Por: Álvaro Cedeño 6 marzo

Nos despertamos y sabemos que tenemos que ir a correr o a caminar por una hora. Eso nos parece una tarea tan grande que invita a darle espacio a la tentación de seguir durmiendo. O vemos en nuestra mente las veinte páginas de ese capítulo que debemos estudiar, y que ya durante el capítulo anterior, empezamos a imaginar que es muy arduo. Nuestros mecanismos cerebrales asocian esa tarea, o la fantasía que nos hacemos de ella, con el displacer y acciona más o menos de la misma forma en que acciona cuando nos quemamos con un objeto caliente: nos alejamos velozmente y decimos una palabrota. Así ha quedado establecido un vínculo de aversión o rechazo a la tarea que debemos realizar.

Lo mismo ocurre cuando llegamos el lunes al trabajo, o peor, el lunes después de una vacación, y nos encontramos en el escritorio un asunto de esos que al partir, teníamos la secreta ilusión de que desaparecerían. En ese momento, lo hemos cargado de aversión y rechazo y las probabilidades de que lo abordemos con buen ánimo se reducen.

¿Cuál enfoque nos ayudará? No debemos mirar la tarea como un todo. Una tarea compleja no la tenemos que hacer en un solo acto. Nadie se come un elefante en un bocado, pero si se lo puede comer, bocado a bocado. Entonces, más que en la tarea como un todo, hay que mirar el proceso. El proceso es un conjunto de pasos, el primero de los cuales consiste en iniciar la tarea. Cuando estemos metidos en el proceso, un paso llevará al otro. El éxito en el paso anterior, se convertirá en combustible del siguiente. Antes de empezar el ejercicio físico, o acometer ese trabajo difícil, podemos sentir displacer al imaginar la dificultad de la tarea. Pero si experimentamos cada zancada, cada flexión, cada paso adelante, desde la perspectiva del beneficio que nos está causando, el esfuerzo pierde su color aversivo y se abre al disfrute. Las fantasías que nos impedían comenzar, se habrán desvanecido. Si además, nos vamos poniendo metas parciales y vamos congratulándonos según las alcanzamos, habremos teñido de juego el esfuerzo laboral o físico.