Por: Álvaro Cedeño 10 septiembre

Un ladrillo se encuentra con otro en el camino y le pregunta: ¿cómo estás? la respuesta es: ¡igual!, la cual es muy válida porque los ladrillos son en todo momento, lo que han de ser. Un ladrillo puede ufanarse de que ya llegó. Un ser humano que sienta que ya llegó a ser lo que había de llegar a ser, está minusvalorando su potencial interno y desconociendo sus posibilidades externas.

Ahora vivimos más años. Nuestra adultez dura más tiempo. Así que es más pernicioso el error de creer que en la adultez ya no se crece, que ya no nos desarrollamos. Dice Carol Dweck que son mejores estudiantes quienes están convencidos de que su capacidad intelectual no es un dato, sino una variable, que no tiene una determinada dimensión, sino que puede ser desarrollada. Para el estudiante que cree que el resultado de su último examen es un indicador de su capacidad intelectual, el mejoramiento en técnicas de estudio le resulta materia extraña. Lo mismo podríamos decir del adulto que pensara que por tener 50 años posee lo necesario para transcurrir por el trecho vital que le queda por delante. La conciencia de que se está creciendo es precondición de desarrollo personal.

Crecer es aumentar el repertorio de nuestras respuestas a los estímulos que recibimos del entorno o de nuestro interior. Una reducción acusada de ese repertorio es un signo de desajuste. Reduce la capacidad de interaccionar, de explorar, de innovar y de adaptación a las circunstancias, capacidades de las cuales dependen nuestra supervivencia, nuestro bienestar, la calidad de nuestras relaciones y los aportes que hacemos con nuestras acciones.

A diferencia del ladrillo, un ser humano es un proyecto, vale decir, un ser lanzado hacia delante, provisto de una suerte de inercia que nos impide detenernos, trayecto que se hace en un medio rico de experiencias y estimulaciones. De esa inercia podemos sacar poco o aprovecharla para aumentar conocimientos, desarrollar destrezas y esculpir hábitos y convertirla en fuerza que impulsa nuestra autorrealización, o sea, llegar a ser lo que podemos llegar a ser.