30 marzo, 2015

En las organizaciones, y en el vivir en general, con frecuencia nos movemos en la creencia de que cuanto más arriba, mejor. Son escasas las personas en una organización que no estén dispuestas a aceptar una promoción. Quizá valoran tener menos responsabilidades y tener una presión menor sobre su tiempo, especialmente sobre su tiempo libre. Todos se van a las cinco, pero el jefe, lo quiera o no, sigue de guardia.

Como el tiempo y la energía son limitados, para hacer unas cosas tenemos que dejar de hacer otras. Quien quiere aprender chino, no podrá leer tantas novelas como quisiera. Debe, entonces, renunciar a una parte de las novelas. Esa renuncia podría tener el carácter de inversión afectiva.

Sin ganas, sin pasión, a media máquina, no se logran cosas verdaderamente valiosas. Si es muy costoso para la persona dejar de leer tantas novelas, la resolución de hacerlo concentra energía para el aprendizaje del chino. El test que Yavé le plantea a Abraham es el de ponerlo en situación de sacrificar a Isaac. Si está dispuesto, es que verdaderamente es amigo de Yavé. Y Abraham hace la inversión afectiva.

La renuncia, esa inversión afectiva, luego sirve como estabilizador de la decisión tomada o el rumbo elegido: si renunciamos a tal, ¿cómo no hacer este otro esfuerzo? Esa es la fecundidad de la renuncia. El apego nos resta capacidad de explorar.

Podemos servirnos de las cosas, pero es tenue la frontera entre esto y convertirse en servidor de las cosas. Llama la atención cuántas horas dedican algunos a la atención de sus vehículos. Y así, las cosas que estaban llamadas a producir más libertad, de movimiento, de disfrute, de acción, acaban disminuyendo la libertad. De ahí la paradoja de que se pueda ser más, teniendo menos. Atesorar nos obliga a no alejarnos de donde está nuestro tesoro.

Cuando renuncie a todo, seré mi propio dueño, dice el poeta. El joven rico del Evangelio, estaba listo a todo. Menos a dejar sus riquezas. Por eso su historia llegó hasta ahí.