Por: Álvaro Cedeño 27 abril, 2015

Una empresa no es un mecanismo. Es una entidad cuasi humana. Con valores. Con sueños. Con limitaciones.

La gestión de empresas no consiste en la operación de un conjunto de procesos cerrados, sino que todos los procesos de la empresa tienen múltiples aperturas, así como las tienen nuestros procesos personales, abiertos a la contingencia, a la inspiración, al entusiasmo y al cansancio.

Decía el profesor y consultor en temas de administración, Peter Drucker, que entre las actividades fundamentales de las empresas, están las actividades de conciencia. Se trata de fijar normas, crear visión y exigir excelencia. Eso va más allá de la aspiración de eficiencia.

Una empresa es un fenómeno social que utiliza unos recursos que obviamente podrían estar dedicados a otros usos. Así, toda empresa tiene para la sociedad, un costo de oportunidad. El capital, los recursos humanos, la gestión y el emprendimiento, podrían estar bien empleados en otros esfuerzos.

La energía y el capital del supermercado de la esquina, podrían dedicarse a la atención de la salud, a la educación, a la promoción del arte, o a producir productos para el mercado.

Una empresa deja su huella ecológica, positiva o negativa. La evaluación de esa huella es una tarea de conciencia. No es para que la desarrolle el contralor, quien en la empresa tradicional, tiene su mente atada al estado de resultados.

Evaluar el cumplimiento de las responsabilidades sociales, no es tarea del director de mercadeo, porque él tiene su tiempo atado al margen de contribución. La calificación de las relaciones básicas con la comunidad no debe hacerla el gerente de comunicaciones, porque su compromiso número uno es con la imagen de la empresa.

El desarrollo de las personas es una tarea del área de recursos humanos, pero la pregunta acerca de qué más puede hacer la empresa para que las personas se autorealicen, podría trascender a esa área.

Esas cuestiones deben estar encargadas a alguien que pueda mirar la empresa desde el palo mayor, sin ataduras a los esquemas de incentivos. A un ombudsman (defensor) interno que tenga un pie bien puesto en el presente y otro en el futuro. Uno en la empresa, otro en la comunidad. Uno en la tierra y otro un poco más arriba.