Economía

Un momento de aparente veracidad

Actualizado el 19 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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Todos sabemos cómo se supone que funcione la democracia. Se supone que los políticos hagan campaña basados en temas cruciales y se supone que un público informado va a votar con fundamento en esos temas cruciales, concediendo cierto margen para el carácter y la capacidad que se perciben en los políticos.

También todos sabemos que la realidad se queda corta del ideal. Los votantes a menudo están desinformados y los políticos no son confiablemente honrados. Pero nos gusta imaginar que los votantes hacen las cosas correctamente y que los políticos tienen que rendir cuentas de lo que hacen.

Sin embargo, ¿es aún pertinente esta visión modificada y más realista de la democracia en acción? ¿O la desinformación ha degradado tanto el sistema político que ya no puede funcionar más?

Veamos el caso del déficit presupuestario, un tema que dominó las discusiones en Washington durante casi tres años, aunque recientemente se ha alejado un poco.

A uno no lo sorprende el oír que los votantes están mal informados sobre el déficit, pero sí le sorprende el grado de la desinformación.

En un bien conocido artículo con el desalentador título “Se siente como que estamos pensando”, los científicos políticos Christopher Achen y Larry Bartels informaron sobre una encuesta de 1996 en la que se preguntaba a los votantes si el déficit presupuestario había aumentado o disminuido en la administración del presidente Clinton. De hecho, el déficit bajó, pero un buen número de votantes –y una mayoría de republicanos– creían que había aumentado.

En mi blog me preguntaba lo que una encuesta similar mostraría hoy, cuando el déficit está disminuyendo aún más rápidamente que en la década de 1990. Pedid y se os dará: Hal Varian, el economista en jefe de Google, ofreció hacer una Encuesta Google de Consumidores sobre el asunto. Entonces preguntamos si el déficit había subido o bajado desde enero del 2010. Y los resultados fueron aún peores que en 1996: una mayoría dijo que el déficit había aumentado y más del 40% dice que ha subido en demasía. Solamente el 12% respondió en forma correcta que ha disminuido.

A uno no lo sorprende el oír que los votantes están mal informados sobre el déficit, pero sí le sorprende el grado de la desinformación.

¿Digo con eso que los votantes son estúpidos? De ninguna manera. La gente tiene vidas, empleos, hijos que criar. No se va a conformar con informes de la Oficina de Presupuesto del Congreso. En vez de eso, va a confiar en lo que oye de las personas que tienen autoridad. El problema estriba en que buena parte de lo que oye es desorientador, si no es completamente falso.

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Las falsedades descaradas –no le va a sorprender el enterarse– tienden a estar políticamente motivadas. En aquellos datos de 1996, los republicanos estaban mucho más propensos que los demócratas a sostener puntos de vista falsos respecto al déficit; es casi seguro que lo mismo es cierto en este momento. Después de todo, los republicanos han tratado de sacar mucho provecho político de un supuesto déficit desbocado a principios de la administración Obama y han mantenido la misma retórica aunque el déficit haya caído en picada. Es por eso que Eric Cantor, el tercero al mando de los republicanos en la Cámara, declaró que tenemos un “déficit creciente”, mientras que el senador Rand Paul dijo que estamos incurriendo en “un déficit de un billón de dólares cada año”.

Tenemos un electorado mal informado o desinformado, políticos que alegremente aumentan la desinformación y perros guardianes que temen ladrar.

¿Saben personas como los señores Cantor y Paul que lo que están diciendo no es verdad? ¿Les importa? Probablemente no. En el famoso enunciado de Stephen Colbert, las afirmaciones respecto a los presupuestos desbocados pueden no ser ciertas, pero tienen aparente veracidad, y eso es lo que cuenta.

Sin embargo, ¿no hay árbitros para este tipo de cosas: autoridades confiables no partidistas que pueden y van a acusar a los propaladores de falsedades? Había una vez, creo, cuando sí los hubo. Pero en estos días la línea divisoria partidista es muy profunda y hasta aquellos que tratan de actuar como árbitros parecen temerosos de poner en evidencia una falsedad.

Bueno, Washington todavía tiene algunas personas que reciben un trato deferente de los medios informativos. Pero en lo que al asunto del déficit se refiere, los supuestos sabios resultan parte del problema. Personas como Alan Simpson y Erskine Bowles, los copresidentes de la Comisión para el Déficit del presidente Obama, tuvieron un papel destacado en alimentar la ansiedad pública respecto al déficit cuando era alto. Entonces, ¿han cambiado de opinión conforme el déficit ha disminuido? No, por lo que no sorprende que la narrativa de presupuestos desbocados continúe.

Si lo juntamos todo, surge una desalentadora imagen. Tenemos un electorado malinformado o desinformado, políticos que alegremente aumentan la desinformación y perros guardianes que temen ladrar. Al mismo tiempo, actores ampliamente respetados, no demasiado parcializados, parecen fomentar, no remediar, las falsas impresiones del público.

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Entonces, ¿qué debemos hacer? Seguir perseverando en la verdad, creo, y esperar que esta brille. Pero es difícil no preguntarse cómo se supone que este sistema funcione.

Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía del 2008.

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