Por: Esteban Ramírez 14 julio

A finales de mayo, cuando el precio del dólar comenzó a subir en forma acelerada, el Banco Central salió a explicar que el movimiento era producto de una combinación de factores: la mayor demanda de divisas para pagar importaciones y atender requerimientos del sector público, la dolarización del ahorro financiero debido a la erosión del premio por invertir en colones y el ingreso a Costa Rica de menores flujos de moneda extranjera, entre otros.

Uber se pasea por la banca
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Sin embargo, existe otra posible causa que me parece digna de especial atención. Es la hipótesis de que la copiosa migración de colones a dólares, que detonó el socollón cambiario, estaría influenciada por el temor que despierta el creciente problema fiscal del país.

Esta suposición la expresó el propio presidente del Banco Central Olivier Castro, en un artículo titulado Acciones recientes del BCCR , que se publicó el pasado 21 de junio en la sección de opinión de este diario.

Ahí don Olivier afirma que la preciada estabilidad macroeconómica (que entre otras cosas, alivia la incertidumbre a la hora de tomar decisiones sobre ahorro, inversión, consumo y proyectos de vida) es amenazada por los problemas financieros del sector público y la dificultad para lograr soluciones.

Mi lectura de esto es que las personas y organizaciones estarían optando por una moneda fuerte como el dólar, no solo por el mayor rendimiento total que ofrecería si se cumplieran ciertas expectativas de apreciación, sino porque el colón se podría volver una superficie muy quebradiza en el futuro.

La decisión de convertir los colones en dólares no sería solo una especie de ataque especulativo en su sentido más peyorativo, sino el efecto, también, de una decisión razonada y comprensible sobre los riesgos fiscales que enfrenta el país.

Lo que desnudaría la hipótesis de don Olivier si llegara a comprobarse es la génesis de un problema real de confianza en la economía del país.

Seamos francos, a nadie le hace gracia ahorrar en una moneda expuesta a riesgos de devaluaciones exageradas e hiperinflaciones ni en emisiones de bonos que en cualquier momento recibirán otra degradación en su calificación de riesgo. A menos, claro, que Gobierno, Central y bancos paguen una mayor tasa de interés.