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Votar sin ganas

Actualizado el 13 de enero de 2014 a las 12:00 am

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Votar sin ganas

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Recuerdo muchas campañas electorales. Hace tiempo perdí la ingenuidad. Y, recientemente, empecé a plantearme la hipótesis de que a los políticos, quienes se han adaptado darwinianamente al sistema político, no les interesa mejorarlo. De ahí su sordera. Esta elección, resuelve poco. Por eso entusiasma poco. Cambiará nombres pero no cambiará reglas de juego.

Ningún candidato plantea soluciones a la forma como escogemos a los diputados. O a qué hacer cuando una persona elegida con voto popular no da la talla. O a cómo hacer para conservar mediante reelección a los buenos diputados. O a cómo evitar la estafa al ciudadano cuando se le promete lo que no se puede hacer, lo que no se tiene intención de hacer, o lo que luego ni se intenta hacer. O a cómo modificar las reglas de juego en el Congreso para hacerlo eficaz. O cómo reformar la legislación que rige a los partidos para poder responsabilizarlos no solo del gasto electoral sino de su eficacia política. O a cuáles temas merecen acuerdos en torno a políticas de estado.

El abstencionismo no es la solución. Tampoco es solución el voto ritualístico (hay que votar porque es un derecho sagrado). Ya pasamos por el llamado a votar por el menos malo. Ahora escuchamos el llamado a votar contra el que más asusta. La solución hay que ejecutarla en los próximos años. Es costosa. Hay que tomar conciencia de las imperfecciones del sistema y de la sordera de los políticos. Mantener la indignación que es una fuente de energía. Y buscar formas de convertirla en acción, en presión hacia el cambio.

Veamos el votar no como un acto instantáneo, sino como un proceso. Votemos, por quien sea, e iniciemos un proceso para honrar ese voto. El voto se deshonra si lo abandonamos en la urna. Mantengamos la vigilancia y la presión para que ocurran los cambios que el país necesita, los cuales no son, simplemente un cambio de nombres y un cambio de promesas.

Nuestra democracia necesita ser revitalizada. Las propuestas de los partidos deberían transformarse en planes susceptibles de verificación. Los políticos no desconocen esto, pero ¿por qué iban a querer ponerse la soga al cuello aumentado la exigencia del sistema?

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