Economía

Ganarse la vida con el pasaporte en la mano

Actualizado el 10 de abril de 2016 a las 12:00 am

Mientras muchos invierten hasta el último cinco de sus ahorros para conocer nuevos países, los agentes de viajes ticos recorren el orbe por trabajo y placer al mismo tiempo . En el camino, sin embargo, deben lidiar con el caos de aeropuertos, hoteles y los colerones propios de pasear grupos de costarricenses por el mundo

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Una de las expediciones más exóticas de Viaje Fácil es la de recorrer el desierto marroquí del Sahara en camellos. | FOTO: VIAJE FÁCIL

Alguna vez, José Villalobos atravesaba el puesto de Migración de un aeropuerto en Estados Unidos, cuando al oficial a cargo le llamó la atención la cantidad de sellos de diferentes países entre las páginas de su pasaporte.

“¡Uh! ¿Y usted qué hace?”, le preguntó con intriga el funcionario.

Villalobos es dueño de una agencia de viajes en Costa Rica; se gana la vida recorriendo el mundo.

“¡Pero si ese es el trabajo que yo ocupo!”, exclamó el funcionario. Es probable que muchos concuerden con el oficial y sí, Villalobos es uno de ellos. Él también piensa que el suyo es el trabajo ideal: junto a su esposa, Rosa María Delgado, cada vez le quedan menos rincones del orbe por explorar.

Aunque a primera vista pareciera ser un trabajo idílico, lo cierto es que ser promotor de viajes implica echar en la maleta dosis extra de tolerancia para lidiar con clientes incómodos, momentos acongojantes y contratiempos ajenos a su control.

Pasaportes perdidos o robados, clientes que se enferman durante el paseo, impuntuales, pasados de copas, molestos compañeros de habitación y extrañas quejas se vuelven pan de cada día para ellos, como cuando a Delgado y Villalobos –de la agencia Viaje Fácil– una cliente llegó a pedirles la devolución de su dinero porque en el avión habían servido muy poca comida y, para colmos, estaba fría.

De cada viaje, para bien o para mal, surge un sinnúmero de anécdotas para nunca olvidar. Son estampas en un álbum de recuerdos que se engrosa con cada nuevo grupo de ticos que se aventura hacia otras fronteras.

Negocio en expansión

Desde que vender paquetes de viajes tuvo su boom, a inicios de los años 80, cada vez más y más ticos se han insertado en el negocio.

De hecho, muchos de ellos llegaron al gremio casi por casualidad. Virginia Campos, por ejemplo, solía ser maestra de primaria, pero con los años la voz comenzó a apagársele y fue sometida a una cirugía que le provocó una extensa incapacidad.

En 1986 le ofrecieron un certificado que le daba derecho a tres boletos de avión. Para entonces, solo había visitado San Andrés, así que aceptó la oferta y alistó las maletas para entrumbarse con sus dos hijos hacia México. Luego compró también un club de viajes para hacer una excursión por Acapulco, Taxco y Cuernavaca.

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Al enterarse, una cuñada suya la llamó y le dijo que quería ir con ella, y luego otra, y en un abrir y cerrar de ojos, el grupo ya era de 17 personas.

“Yo les hice los pasaportes –en aquel tiempo los podía hacer uno–, permisos de Patronato (Nacional de la Infancia), la visa de la embajada de México. Todo se los hice yo, sin saber que eso me iba a ayudar a futuro”, relata.

Sorprendida al ver la manera en que Campos había organizado hasta los más ínfimos detalles del paseo, una operadora de viajes en México la animó a postularse como agente de viajes, e hizo una llamada para recomendarla.

Desde entonces, Campos trabaja en Viajes Colón y hoy, con 69 años de edad, es una de las asesoras más experimentadas de la firma.

Llegó sin saber hablar inglés y, en cuestión de unos meses, ya dominaba algunos vocablos de ese idioma, manejaba al dedillo el alfabeto aeronáutico (importante para reservar vuelos sin confusiones en la manera de deletrear nombres y apellidos) y se sabía de memoria las capitales de todos los países y sus límites, los principales puertos del mundo y hasta las siglas de los aeropuertos más transitados.

Su especialidad inicial fue la de llevar grupos a México, país al que habrá viajado más de 70 veces, pues ese destino despegó como uno de los más populares dentro del mercado tico.

Para 1991, Campos decidió ampliar sus horizontes y se animó a organizar su primera excursión a Europa, pasando por Tierra Santa.

“Yo les dije (a los clientes): ‘Voy exactamente igual que ustedes. Todos vamos a ir a conocer. Yo no he cruzado el charco’”, recuerda.

Ahora, vender viajes a Europa es la especialidad de Campos y aún hoy sigue acompañando a los grupos en los recorridos por el Viejo Continente.

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A sus 69 años, Virginia Campos sigue teniendo la energía suficiente para acompañar a los grupos de turistas. En la fotografía, recorre el desierto de Egipto.

Aunque México, Estados Unidos y Europa continúan en el top de los paquetes más buscados por los ticos, los folletos promocionales y anuncios en los periódicos compiten por atraer grupos de turistas hacia destinos cada vez más exóticos: Dubái, Jordania y Emiratos Árabes; Indonesia, Tailandia; Vietnam, Myanmar y Camboya; Turquía, Grecia y Emiratos Árabes y hasta cruceros a las gélidas aguas de Alaska.

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En la actualidad, es posible encontrar guías hispanohablantes en cada uno de los países, pero no siempre fue tan sencillo. 12 años atrás, los hermanos Adrián y Eugenio Solano, quienes se hacen llamar los Trotamundos y así bautizaron a su agencia, se aventuraron a hacer una primera excursión experimental a Camboya.

En el hotel, preguntaron si sería posible contactar a alguien que hablara español. Un rato más tarde, apareció un joven que con absoluta fluidez preguntó: “Señor Solano, ¿cómo está usted?”.

Los hermanos, admirados, le preguntaron dónde había aprendido a hablar tan buen castellano. El muchacho relató que años atrás el gobierno comunista lo subió sin su consentimiento a un avión y lo envió a estudiar Veterinaria a Cuba. Sin embargo, luego descubriría que era más fácil ganarse la vida como guía turístico.

La duración de los tours no solo resulta llamativa, sino que define al tipo de cliente que compra estos paquetes. Después de todo, no cualquiera tiene la posibilidad de sacar de tres a cuatro semanas libres para marcharse a recorrer el mundo.

Por eso, quienes se enlistan en los grupos de las agencias de viajes suelen ser empresarios o jubilados, quienes disponen de suficiente tiempo libre y un capital acumulado a lo largo de los años que les permite disfrutar de ciertos lujos.

Al viajar con grupos de adultos mayores, los promotores deben tomar consideraciones especiales y armarse de mucha paciencia.

“A los aeropuertos siempre se llega con un tiempo bastante prudente y toca esperar, pero suele pasar con los señores mayores que son demasiado atacados y se ponen a hacer fila aunque falte una hora. Después andan diciendo que les duele la rodilla y que les duele lo otro”, explica Krissya Jinesta, de la agencia Magallanes.

Su padre, Luis Jinesta, también tiene anécdotas inolvidables en cuanto al trato con adultos mayores, como aquella ocasión en la que volaban de Acapulco hacia México D. F. “En la manga nos montamos a un camioncito porque el avión estaba lejos. Un señor se puso a gritar que él no se iba a ir de pie, si él había pagado para volar ese trayecto hasta México”.

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Luis Jinesta profesa admiración por la arquitectura rusa en la ciudad de San Petersburgo.

José Villalobos y Rosa María Delgado, por su parte, nunca podrían olvidar el aprieto en el que los puso uno de sus clientes cuando viajaban de Seattle a Alaska, en Estados Unidos.

Antes de subir al avión, un señor dijo que iba al baño y nunca regresó a la sala de abordaje. Cuando era hora de marcharse, la esposa de aquel hombre le externó a Villalobos su preocupación, pues su marido padecía de Alzheimer.

“Tuve que ir a buscar a la Policía en el aeropuerto e incluso me prestaron a mí el micrófono para que fuera mi voz y en español decirle que lo estábamos esperando y que se reportara”, relató Villalobos.

Un rato después, hallaron al hombre caminando en las afueras del aeropuerto.

Virginia Campos recuerda la excursión a Europa en la que tenían una mañana libre en París y habían planeado ir a pasear en el metro. Antes de salir, advirtió a todo el grupo que dejaran los boletos y los pasaportes en el hotel.

Al final del recorrido, una señora que había ido para celebrar sus 80 años se le acercó y para comunicarle la noticia que se había estado guardando durante buen rato: “Doña Vicky, es que yo tengo que decirle algo. Me sacaron la cartera del bolso y ahí tenía el pasaporte”.

Debían partir de Francia en cuestión de horas y, en Costa Rica, eran casi las 3 a. m. Era imposible gestionarle un nuevo pasaporte, así que ambas se tuvieron que quedar y el grupo se fue solo hacia Atenas.

Elvia Parada, compañera de Campos en Viajes Colón, tiene también una anécdota memorable de una excursión a Nueva York.

“Dice una señora: ‘Ay doña Elvia, es que ya tengo casi ocho días de no bañarme. Diay, es que el tubo del hotel no sirve, y no soporto la cabeza, me arde demasiado. Solo sale agua abajo y cometí el error de ponerme un champú de los que hay aquí y ahora tengo que agarrar agua de abajo para ver cómo hago”.

La tubería en realidad no estaba mala, pero aquella señora no sabía cómo hacer para que saliera agua a través de la ducha y no solo desde el tubo previsto para lavarse los pies.

“Y le digo yo: ‘Dame para ver qué champú te estás poniendo’. Y me dice: ‘De este, y ya llevo como tres botellas gastadas”, prosigue Parada. “¡Era enguaje bucal!”.

Aunque la historia causó carcajadas entre sus compañeras en la agencia, Parada tuvo que contenerse en ese momento. “Es que no podés reírte; uno tiene que comportarse a la altura con ellos”.

Pero ese no sería el último incidente en aquella excursión. Mientras andaban de compras, otra señora avisó que debía ir al baño... pero la naturaleza tenía más prisa y le jugó una mala pasada.

Corrieron a comprarle un pantalón y ropa interior para que se cambiara, y Parada creyó que ya había quedado resuelto el problema. Pero no, la compañera de cuarto de aquella mujer se le acercó para quejarse por el mal olor que aún imperaba.

“¿Has de creer que echó en una bolsa el pantalón cagado y se lo llevó para la habitación?”, cuenta Parada.

“¿Cómo voy a botar yo eso, si me costó carísimo? Lo que puedo hacer es lavarlo”, respondió la cliente cuando Parada se vio en la necesidad de llamarle la atención. Ha pasado el tiempo, pero Parada aún sigue atónita; ni ella misma lo puede creer.

Congojas y más congojas

Una de las mayores preocupaciones que ha enfrentado Adrián Solano en su oficio como agente de viajes ocurrió en Tanzania, África, mientras disfrutaba junto a un grupo de un recorrido por las vastas llanuras del parque nacional Serengeti.

En esa ocasión, una cliente sufrió una hemorragia vaginal severa que los puso a correr a todos. Solano y el guía debieron sacarla en un doble tracción a través de un camino de tierra, en un viaje que les tomó cinco horas hasta llegar a un centro médico. Por suerte, la mujer pudo ser atendida a tiempo.

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Eugenio Solano comparte con pobladores de Tanzania en el parque nacional de Serengueti.

A Luis Jinesta, por su parte, también le tocó ver en peligro la vida de uno de sus clientes. Viajaban de El Cairo a Madrid , cuando un señor comenzó a sentir un dolor muy fuerte en la zona derecha del abdomen, y poco a poco se fue inflamando.

En un hospital madrileño le diagnosticaron apendicitis y, por supuesto, debía ser operado de emergencia. Sin embargo, el centro médico tenía que hacer antes las gestiones necesarias para que dicha cirugía fuera cubierta por la póliza médica.

“El señor empezó a empeorar y pasaron 10 minutos, 20, 25, 30 minutos... El señor me agarró la mano y me dijo: ‘Don Luis, no me deje morir. Ayúdeme’. Exploté porque ya estaba en juego una vida humana y les dije (a los funcionarios del hospital): ‘Aquí está mi tarjeta de crédito, hagan lo que tengan que hacer’. Fue operado y 15 minutos después llegó la autorización”, rememora.

Sin embargo, las peores experiencias para los agentes de viajes suceden cuando son ellos mismos quienes enfrentan quebrantos de salud.

Hace unos tres años fue José Villalobos quien vio su propia vida en riesgo. En medio de un crucero comenzó a sufrir un dolor en la vesícula y al llegar a un hospital en Roma, le dijeron que tenía que someterse una cirugía.

“Ya veníamos para acá y no quiso operarse para poder venirse con el grupo”, relata su esposa. “Tuvo que aguantarse en los vuelos de Roma a Madrid y de Madrid a San José (unas 14 horas). Cuando llegamos a Costa Rica, la vesícula se le había perforado”.

Pese a haber corrido peligro, Villalobos se enorgullece de su decisión. “La gente decía: ‘Él enfermo y nunca nos dejó botados’”.

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La familia Villalobos Delgado puso el sello tico en las fiestas de San Fermín, España.

Aunque no todos los contratiempos alcanzan tal nivel de gravedad, hay muchos otros capaces de generar dolores de cabeza a los acompañantes de grupos turísticos.

Para Eugenio Solano, una de las peores experiencias ocurrió el año pasado, en medio de una excursión por Europa, hasta llegar a Escandinavia. La primera escala fue en Madrid y, para sorpresa de todos, ninguna de las 25 maletas del grupo apareció en el aeropuerto.

De ahí partirían hacia Copenhague, por lo que la aerolínea le proveyó a cada uno un estuche con una camiseta, cepillo de dientes, desodorante y un par de calcetines.

En Dinamarca aparecieron 15 de los equipajes y las otras 10 personas del grupo, incluido Solano, debieron marcharse a Noruega sin sus pertenencias.

A Suecia llegaron tres de las valijas faltantes, y a Finlandia una más. Seis pasajeros terminaron el viaje sin sus maletas. Luego se sabría que por error una había sido enviada a Nueva York, tres aparecieron en Moscú y la de Solano estaba en Madrid aún.

“Yo, como acompañante del grupo, tenía que estar todos los días en los aeropuertos buscando maletas. Y, diay, tratando de que la gente comprendiera que a veces hay situaciones que tenemos bien organizadas, pero que no están en nuestro alcance”, explica. “¡La gente me reclamaba a mí!”.

Otro de los agentes que recuerda malas experiencias con las aerolíneas es Luis Jinesta. El año pasado llevaba un grupo de 69 personas hacia Europa y el avión que debían abordar fue desviado a Panamá debido a las malas condiciones del tiempo y llegaría hasta el día siguiente, por lo que la compañía aérea envió a todo el grupo a un hotel capitalino con todo pago.

Al otro día, cuando llegaron a chequearse en el aeropuerto, les informaron que el avión había llegado con un desperfecto mecánico. El repuesto duraría un día más en llegar y no se sabía cuánto tardaría la reparación. No quedaba más remedio que regresar al hotel.

A la mañana siguiente acudieron por tercera vez al aeropuerto y luego de pasar 12 horas allí, fueron enviados a Madrid a través de otra ruta con más escalas.

“Llegamos tres días después a iniciar el tour y tuvimos que ajustarlo para cumplir con todo. Era un viaje de 26 días... y sí les dimos 26 días porque salieron de la casa desde el primer día”, dice Jinesta. “Solo que vacacionaron dos días en Costa Rica”, agrega su hija entre risas.

Lo que es necesario entender es que en un viaje los imprevistos pueden surgir en cualquier momento, y Elvia Parada es testigo de ello.

Alguna vez, antes de tomar un crucero, había viajado con un grupo a Barcelona y al llegar al hotel, el encargado le tenía una mala noticia: el operador de viajes había quebrado y no dejó pagas las 16 habitaciones que le había solicitado la agencia.

Llevaron a todos los pasajeros a tomar café mientras se resolvía el problema y Parada pidió que no les dijeran nada sobre la caótica situación. La agencia se encargó desde Costa Rica de buscar una solución, pero a Parada aún se le estremece la piel al recordar aquel aprieto.

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Elvia Parada se especializa en viajes en cruceros. Gracias a su trabajo, viaja con cierta frecuencia a Barcelona, España.

Una de las anécdotas más acongojantes en toda la trayectoria de los hermanos Solano ocurrió cuando viajaban de Sambia a Tanzania y el bus se quedó varado. Luego de cuatro horas atascados, los habitantes de un pequeño pueblo fronterizo les hicieron saber que en Tanzania es prohibido que los autobuses circulen luego de las 7 p. m., por lo que no habría más solución que quedarse a dormir dentro del vehículo.

“Hacía tanto calor, no había ni aire acondicionado, que todos los que íbamos en el bus nos bajamos para pasar la noche más frescos. Tipo 11 de la noche, vimos a unos africanos corriendo con unas antorchas y pegando gritos. Cuando preguntamos qué pasaba, nos dijeron que había leones ahí rondando”, rememora Adrián.

“Imagínese usted qué hicimos todos : nos subimos espantados al bus a terminar de amanecer ahí”.

Otros de los apuros surgen cuando los pasajeros no acatan las indicaciones que se les dan previo a los viajes.

En países radicales del Oriente, ocurren desde llamados de atención a mujeres por llevar blusas de tirantes hasta la anécdota del muchacho que fue arrestado en una estación del tren por dejar a la vista de todos la pretina del calzoncillo al agacharse. Solano recuerda haber pasado tres horas rogando a las autoridades que lo liberaran hasta que por fin se compadecieron; eso sí, con una multa de $500.

Garantía de satisfacción

Pese a lo caótico que se vuelve el oficio de viajar, la satisfacción y el abrazo final de los clientes se convierte en el mejor de los réditos. Algunos, dice José Villalobos, lloran al despedirse de ellos en el Juan Santamaría y otros se vuelven amigos y compañeros de viaje para toda la vida.

Kryssia Jinesta concuerda en en que el suyo es un trabajo que se disfruta a plenitud: desde ver a los turistas enviar fotos a sus familias hasta el agradecimiento final en el aeropuerto.

“Siempre le dije a mi mamá que cuando creciera quería trabajar en algo que hiciera feliz a la gente”, dice Jinesta. “Y eso hago”.

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Gloriana Corrales

gloriana.corrales@nacion.com

Periodista de Revista Dominical

Periodista en la Revista Dominical de La Nación. Es graduada de Ciencias de la Comunicación Colectiva con énfasis en Periodismo de la UCR. 

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