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Estrés en el estadio

Actualizado el 21 de octubre de 2013 a las 12:00 am

Economía

Estrés en el estadio

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Álvaro Cedeño, economista.
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Álvaro Cedeño, economista.

El partido lo juegan otros, pero salimos del estadio fatigados como si hubiéramos jugado.

Y la verdad es que con nuestra mente jugamos y con nuestra emocionalidad deseamos. Los jugadores se entregan muscularmente a la búsqueda del objetivo.

En la gradería buscamos el objetivo con la mente.

Y como pensar y querer no son lo mismo que hacer, somos espectadores y no podemos contribuir al triunfo.

Por eso nos angustiamos, en la espera del empate o temiéndolo.

En la batalla, la niebla de la guerra, abre un espacio de circunstancias donde lo planeado pasa a segundo plano.

Supongo que en un juego de importancia, también opera lo que podríamos llamar la niebla del encuentro.

De una cierta manera los jugadores dejan de pensar en el juego y empiezan a ser el juego. El cortisol, la hormona de la lucha o la huida, la hormona de la alerta, la hormona de la focalización, encuentra su sentido en esa concentración vital de ser el juego.

Entonces habrá fatiga pero no angustia.

Pero en la gradería eso no ocurre. Se sigue pensando en el juego, se sigue deseando el resultado. Y eso produce angustia.

Desde hace tiempo se habla de la importancia del público. Un público entregado.

Un público metido en el juego.

Esa es una forma de contribuir y posiblemente por ahí se canalice mucha de la energía.

Sin embargo, muchos espectadores hablan de la sufrida que les produjo tal o cual juego.

Hagamos, metámonos, expresemos; no en el partido de la Sele que no es lo nuestro, sino en lo que es nuestro ¿Tenemos claro lo que es “nuestro”?

Malgastamos la energía como espectadores. Gastémosla como actores.

La malgastamos cuando lidiamos con fantasías, o intentando viajar al pasado para modificarlo.

Cuando en vez de trabajar nos quejamos del trabajo. Cuando en vez de bregar tememos intentar.

La sacudida endocrina del estadio –ese sauna emotivo– su función tendrá.

En lo demás, la eficacia se debe a la aceptación incondicional de la realidad.

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