Los críticos ven con temor el envejecimiento de la población, la especialización laboral que limita las posibilidades de flexibilización y las tasas de interés

 26 abril, 2014
Merkel (de verde) ayer al firmar en Berlín el acuerdo de gobierno con representantes del SPD y los conservadores del sur alemán (CSU). | AP
Merkel (de verde) ayer al firmar en Berlín el acuerdo de gobierno con representantes del SPD y los conservadores del sur alemán (CSU). | AP

Con la economía marchando a velocidad de crucero y la población alemana abrumadoramente satisfecha, el Ejecutivo de Angela Merkel gobierna sin escándalos ni sobresaltos, desoyendo las escasas advertencias de quienes intuyen futuros nubarrones.

La mayor economía de la Unión Europea (UE) y su país políticamente más influyente es en estos momentos una balsa de aceite, inmune al fuerte descrédito de la política que aqueja a otras naciones del bloque y a los temores ligados a las incertidumbres económicas y laborales.

Una encuesta realizada hace escasos días por Der Spiegel destaca que el 80% de los alemanes se siente algo o muy contento con la situación del país y que solo uno de cada cinco se declara insatisfecho con el estado general de las cosas.

La razón, a juicio de los expertos, la tiene la situación económica del país que, según los pronósticos del ejecutivo, crecerá este año un 1,8% y un 2% el que viene.

“Ahora, como casi siempre, los problemas que más preocupan a los alemanes son la economía, la creación de empleo, las previsiones para el futuro, la competitividad y, desde el inicio de la crisis en 2008, la deuda y el euro”, explica Peter Matuschek, jefe del departamento de Investigación Política y Social del instituto demoscópico Forsa.

El ejecutivo y los institutos económicos prevén asimismo que la tasa de desempleo se mantenga en mínimos históricos --entre el 6,6% y el 6,7%-- y que la población empleada bata nuevos récords.

Además, el gobierno confía en firmar este año el primer ejercicio con un ligero superávit en el presupuesto federal y el tercero consecutivo “en negro” para el conjunto del estado (que incluye también a “Länder”, municipios y Seguridad Social).

Esta semana, mientras Eurostat dejaba en evidencia a varios integrantes de la eurozona por incumplir los límites de déficit de la Comisión Europea (CE), el debate giraba en Alemania en torno a la procedencia de destinar el superávit de este año a la reparación de la red de carreteras.

La mayoría de la población, señala Matuschek, desea que la canciller mantenga el timón firme en la dirección actual.

“También antes de las elecciones (de septiembre) había este sentimiento. Los electores no veían la necesidad de un cambio de rumbo”, explica.

De hecho, Merkel ha sido una de los escasos líderes europeos que, desde que irrumpió la crisis financiera primero y luego la de la deuda, ha logrado salir reelegido; frente a las derrotas de otros como el francés Nicolas Sarkozy, o el español José Luis Rodríguez Zapatero o el italiano Mario Monti. Ella generaba en los ciudadanos confianza y estabilidad.

Esta calma también está relacionada con el hecho de que la gran coalición de gobierno entre conservadores y socialdemócratas, los dos mayores grupos parlamentarios, supone cerca del 80% de los escaños, lo que ha dejado al Bundestag con una oposición arrinconada.

En este contexto, es poco probable que Alemania asista a una campaña electoral combativa de cara a las elecciones europeas del próximo mes que ayude a despabilar el adormecido debate político y mediático.

Los peros. No obstante, pese al cielo raso que una mayoría percibe sobre Alemania, varios grupos de expertos, entre ellos los llamados “cinco sabios” que asesoran al gobierno en materia económica, han advertido de ciertos nubarrones en el horizonte, que podrían ensombrecer a medio y largo plazo la economía del país.

Advierten por ejemplo de los efectos de las medidas de corte social que está introduciendo el Ejecutivo por influencia de los socios socialdemócratas de Merkel, como el salario mínimo interprofesional o el adelanto de la edad de jubilación, pues consideran que podrían lastrar el potencial de crecimiento de Alemania y la competitividad exterior de sus empresas.

Los riesgos a largo plazo más citados por los economistas son de carácter estructural, como el envejecimiento de la población --que pondrá en riesgo el sistema de pensiones y la estabilidad presupuestaria--, o la excesiva especialización profesional --que limita la flexibilidad y la reconversión--.

Asimismo, hay quienes han advertido que si el Banco Central Europeo (BCE) mantiene los tipos de interés en los niveles actuales, el repunte de los precios de la vivienda que Alemania lleva unos años experimentando podría degenerar en una burbuja inmobiliaria.

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