Por: Álvaro Cedeño 2 mayo, 2016

La primera ley de la termodinámica dice que la energía no se crea ni se destruye; se transforma. En el Génesis aparece formulada en otros términos: con el sudor de tu rostro comerás el pan. Por eso existe la economía como preocupación sobre cómo producir y qué producir.

Si pudiéramos producir pan sin ningún esfuerzo, ni costo, el pan sería un bien libre y habría pan para todos, como hay aire para todos. Por el momento. Porque recuerden que hace poco tiempo había agua para todos. Y ya no.

Ese fenómeno de la transformación de la energía opera permanentemente, de forma casi imperceptible. Lo llamamos costo de oportunidad. Si queremos más cañones, decía el viejo texto, tendremos que aceptar disponer de menos mantequilla.

Pero opera también en nuestra subjetividad diaria. Alguien podría mejorar su habilidad para tocar piano, pero tendría que sacrificar horas de deporte, o delectura, o de sueño. Otro podría ponerle mucha ilusión a una actividad que lo absorba. Pruebe a tomar una vacación de esa actividad y ya verá cómo la energía que queda libre se mueve en otras direcciones, tal vez más útiles o más satisfactorias que las de la primera actividad.

Un amigo me recordaba que la situación presente, es el equilibrio de un conjunto de fuerzas. Cambiada una, éste se perturba y por una suerte de homeostasis, todo el sistema se mueve en busca de su restauración. Aquí es donde ocurren sorpresas. Y por eso hay que tener el espíritu atento para descubrir las oportunidades que abre ese proceso de restauración.

Nadie puede afirmar que su estado de equilibrio sea óptimo. Y por esa razón, su ruptura puede ponernos en camino hacia otro estado mejor. Vivimos en un determinado territorio, con unas relaciones interpersonales, laborales, profesionales, haciendo unas determinadas cosas, siguiendo un determinado libreto en nuestro pensamiento y en nuestra forma de vivir. Y defendemos ese estado impulsados por la resistencia al cambio. A algunos se les impone el cambio. Otros pueden elegirlo. Todos sentirán incertidumbre. Pero conviene también sentir esperanza. Esperanza de que el equilibrio al cual estábamos tan acostumbrados, puede ser solo un paso previo hacia otro superior.