Por: Álvaro Cedeño 23 abril

Abundan noticias sobre lo que la neurociencia descubre acerca del aprendizaje. ¿Estarán escuchando las entidades educativas, especialmente las universidades, y especialmente las que tienen escuelas de educación?

¿Escuchan las empresas? Muchas gastan valiosos recursos en la, así llamada, capacitación. Recurren a ella cuando lo que quieren es apuntalar su capacidad de cambio. Ofrecen programas como si esto les fuera a aumentar sus potencialidades de innovación.

Creemos que la digitalización de la educación es la gran cosa. Pero según algunos, lo que la gran revolución de los MOOC (cursos en línea masivos y abiertos, por sus siglas en inglés) ha hecho, es poner cursos tradicionales en digital, como si leer un libro en la tableta fuera una revolución respecto a leerlo en papel.

En muchos casos el interés original en los cursos es del organizador. No se gestiona la creación interna de la demanda por conocimiento. Si al participante lo mandan al curso, si no tiene que comprometer algo personal, como tiempo, parte del costo o demostrar por qué la empresa se beneficia de enviarlo a él, el deseo de aprender puede ser nulo.

En muchos casos, a fin de reducir costos de instalaciones, alimentación o transporte los programas de formación se diseñan como retiros o maratónicas. Esto colisiona con la necesidad de proveer períodos de atención difusa sobre los asuntos (descanso, sueño, otras actividades) a fin de que los insumos procedentes del programa sean digeridos. También riñe con la necesidad de captar la debida atención, que decae luego de cierto tiempo de estar sometida a un tipo de estímulo. ¡Imagine la clase de atención, a partir de la filmina número cuarenta!

Estos y otros elementos aguardan a ser incorporados en el diseño de buena parte de los programas formativos en las empresas. Pero la pregunta que más debería inquietarnos es si colegios y universidades tienen en marcha programas que incorporen los hallazgos de las neurociencias sobre el aprendizaje, o siguen en el siglo XIX.