Por: Álvaro Cedeño 14 abril, 2015

Bienvenido el proyecto de reforma a la ley que rige al Consejo Nacional de Enseñanza Superior Universitaria Privada (Conesup). Tiene la intencionalidad de mejorar la educación superior y no hay duda sobre los beneficios que una educación superior eficaz puede rendirle al país a corto y largo plazo.

La actividad educativa es de interés público. Conocemos los costos visibles de la educación: hay costos de profesores, infraestructura, tecnología, gestión, que deben ser atendidos mediante pagos que hacen los estudiantes y sus familias, o la comunidad, mediante el pago de impuestos que se transforman en subvenciones estatales para las universidades públicas.

Pero hay unos costos y unos productos no visibles. ¿Cuáles productos? Una buena universidad no es un enseñadero. Es una comunidad que tiene la finalidad de contribuir al bien común mediante la creación y difusión de conocimiento, y mediante la transmisión y mejoramiento de lo que hace vivible a esa comunidad. Así, la buena universidad, no solo entrega a la sociedad un determinado número de buenos graduados, sino que también contribuye a la sostenibilidad y mejoramiento de esa sociedad.

¿Y cuáles costos son no visibles? Uno al que hay que poner atención, es el costo del tiempo que los estudiantes dedican a formarse. El estudiante que estudia en una universidad, le entrega a esta un tramo de su vida muy valioso –su tiempo entre los diecinueve y los veinticuatro años de edad–.

Si esos años los invierte en una mala universidad, el costo que habrá pagado es lo que hubiera recibido en cuanto a formación y conocimiento, si los hubiera invertido en una buena universidad.

Ese costo es irrecuperable. Nos afecta a todos como sociedad, porque la sociedad se perderá, por el resto de la vida de esa persona, de lo que pudo haber recibido si ella hubiera sido mejor facultada y mejor impulsada por sus años de formación universitaria.

Una buena universidad equipa con unos conocimientos. Instala un sentimiento permanente de admiración ante la complejidad inagotable de la disciplina. Desarrolla destrezas permanentes y mejorables para aprender y crear conocimiento en el campo disciplinar y para discurrir razonablemente en otros campos.

Esta es la trascendencia del proyecto que, en buena hora, ha puesto sobre la mesa la doctora Sonia Marta Mora, ministra de Educación.