Por: Álvaro Cedeño 29 junio, 2015

Tenemos destrezas singulares porque somos seres muy complejos. Sin embargo la humanidad ha obtenido muchos frutos materiales provenientes de la especialización. La especialización consiste en enfatizar unas destrezas y olvidarse de otras. Se producen más alfileres si uno se especializa en puntas y otro en cabezas. La escuela –fábrica de conocimientos– supera a la producción artesanal de talentos.

Un maestro con treinta alumnos, transmite más conocimientos que un tutor con cinco pupilos. ¿A qué costo? La empresa, prodigio de productividad, se beneficia de la intercambiabilidad de partes: los puestos de trabajo están estandarizados: si desaparece el operador de una máquina, se pide en sustitución otro operador con las mismas habilidades. ¿A qué costo ocurre eso?

Sabemos qué gana la humanidad con la especialización, con la escuela y con la empresa ¿Sabemos cuál es el costo? ¿Cuántas chispas de expresión singular quedan ahogadas en la uniformidad? ¿Cómo puede ese trabajador de siete a cinco descubrir su veta expresiva? ¿Cómo velar cada uno por sus propias vetas para no dejar que la especialización y el culto a la productividad las ahoguen? ¿Cómo fomentar la multidimensionalidad? ¿Cómo poner tiempo y energía en la casilla de esa ruleta donde a veces sentimos que podríamos obtener ciento por uno? ¿Cómo abrirle ventanas en la escuela y en la empresa a esas manifestaciones singulares de tantos y tantos a quienes el uniforme cauteriza?

El costo de oportunidad de la especialización es la reducción de la diversidad. El especialista cumple con un papel, pero no se expresa. Solo la espontaneidad se expresa. En el regimiento, en la clase, en la fábrica, hay cumplimiento de un rol, pero no hay espontaneidad. La espontaneidad no solo hace emerger expresiones individuales, sino que posibilita, a través de la sinergia, la emergencia de expresiones individuales de otros y de expresiones comunitarias.

El ser humano es un ser para la acción. Su acción civilizatoria ha hecho al mundo más vivible, pero el derecho, la salud pública, la filosofía, los aportes de la reflexión política, las innovaciones educativas, los buenos emprendimientos sociales, no han nacido de la repetición de acciones u opiniones, sino del vuelo autónomo de algunos que se han animado a dejar las rutas convencionales y expresarse.

¿Qué podríamos hacer? Primero, darnos cuenta de que podríamos estarnos perdiendo de algo. Luego, rescatar horas en el trabajo o la escuela regimentados, hacia espacios más expresivos. Reformar la escuela y la empresa para introducir prácticas que ayuden a alcanzar sus objetivos, precisamente a través de más expresión. Decirnos, todos los días, al inicio del día, que el sentido de nuestra vida no está en cumplir el horario o en ganar el jornal, sino en abrirle camino a nuestra natural singularidad cuya expresión, de manera directa o indirecta, puede aportar valor.