Economía

Plutocracia, parálisis, perplejidad

Actualizado el 07 de mayo de 2012 a las 12:00 am

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Plutocracia, parálisis, perplejidad

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                         Un grupo de personas busca trabajo en una feria de empleo en Nueva York. La solución para la débil  demanda de bienes en Estados Unidos estaría en una combinación de estímulos fiscales y monetarios. | AFP
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Un grupo de personas busca trabajo en una feria de empleo en Nueva York. La solución para la débil demanda de bienes en Estados Unidos estaría en una combinación de estímulos fiscales y monetarios. | AFP

Antes de la Gran Recesión, a veces daba conferencias públicas en las que hablaba de la desigualdad creciente y enfatizaba que la concentración de ingresos en el nivel más alto, había alcanzado niveles que no se observaban desde 1929. A menudo, alguien en el público preguntaba si esto significaba que otra depresión era inminente.

Bueno, vaya, vaya'

¿Provocó el aumento del 1 por ciento (o, mejor aún, del 0,01) la Depresión Menor que estamos viviendo? Probablemente sí contribuyó. Pero el punto más importante es que la desigualdad es una de las razones principales por las que la economía está todavía tan deprimida y el desempleo tan alto. Esto, debido a que hemos respondido a la crisis con una mezcla de parálisis y confusión, dos cosas que tienen mucho que ver con los efectos distorsionadores de la gran riqueza en nuestra sociedad.

Digámoslo de esta forma: si algo parecido a la crisis financiera del 2008 hubiera ocurrido en, digamos, 1971 –el año en que Richard Nixon declaró : “Ahora soy keynesiano en política económica”–, Washington probablemente hubiera respondido de una manera bastante efectiva. Se hubiera producido un amplio consenso bipartidista a favor de acción enérgica, y también se hubiera producido un amplio acuerdo respecto a qué tipo de acción era necesaria.

Pero eso era entonces. Hoy, Washington está marcado por una combinación de amargo partidismo y confusión intelectual, dos cosas que –argumentaría– son en gran parte el resultado de extrema desigualdad de ingresos.

Sobre el partidismo, dos eruditos sobre el Congreso, Thomas Mann y Norman Ornstein, han estado haciendo olas con un nuevo libro que admite una verdad que, hasta ahora, no se mencionaba en los círculos corteses.

Dicen que nuestra disfunción política se debe en gran parte a la transformación del Partido Republicano en una fuerza extremista que “desdeña la legitimidad de su oposición política”. Uno no puede poner la cooperación al servicio del interés nacional cuando un lado de la vertiente no hace diferencia entre el interés nacional y su propio triunfo partidista.

Entonces, ¿cómo sucedió eso? Durante el último siglo, la polarización política ha seguido muy de cerca a la desigualdad en los ingresos y existe toda razón para creer que la relación es causal. Específicamente, el dinero compra poder, y la creciente riqueza de una diminuta minoría ha comprado efectivamente la lealtad de uno de nuestros dos principales partidos políticos, destruyendo en el proceso cualquier posibilidad de cooperación.

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Y la toma de la mitad de nuestro espectro político por parte del 0,01 por ciento es, argumentaría, responsable también de la degradación de nuestro discurso político, que ha vuelto imposible cualquier análisis sensato de lo que debíamos estar haciendo.

Las disputas en economía solían estar ligadas por una comprensión compartida de la evidencia, lo que creaba un amplio campo para acuerdo en lo que a política económica concierne. Para tomar el ejemplo más prominente, puede que Milton Friedman se opusiera al activismo fiscal, pero apoyaba en mucho el activismo monetario para combatir las crisis económicas profundas, en un grado tal que lo hubiera puesto muy a la izquierda del centro en muchos de los debates actuales.

Ahora, sin embargo, el Partido Republicano está dominado por doctrinas que otrora fueran de grupos políticos marginales. Friedman pedía flexibilidad monetaria; hoy buena parte del Partido Republicano es fanáticamente devota del patrón oro. N. Gregory Mankiw, de la Universidad de Harvard, un consejero económico de Romney, una vez rechazó a los que afirmaban que los recortes de impuestos se pagaban solos y los llamó “charlatanes y maniáticos”; hoy, esa idea está muy cercana a constituir la doctrina oficial republicana.

Como sucede, estas doctrinas han fallado abrumadoramente en la práctica. Por ejemplo, los que apoyan el patrón oro han estado prediciendo durante tres años amplia inflación y elevadas tasas de interés, y se han equivocado en cada paso del camino. Pero este fracaso no ha logrado en nada mellar su influencia en un partido que, como Mann y Ornstein hacen notar, “no se deja persuadir por la comprensión convencional de los hechos, la evidencia y la ciencia”.

Y ¿por qué es el Partido Republicano tan devoto de estas doctrinas sin parar mientes en hechos y evidencia? Seguramente tiene mucho que ver con el hecho de que los multimillonarios siempre han sido amantes de las doctrinas en cuestión, que ofrecen razones para políticas que sirven a sus intereses. En verdad, el apoyo de los multimillonarios siempre ha sido el punto principal para mantener a esos charlatanes y maniáticos en actividad. Y ahora la misma gente es efectivamente propietaria de un partido político entero.

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Eso nos lleva a la interrogante respecto a qué se necesita para poner fin a la depresión en que estamos metidos.

Muchos conocedores afirman que la economía de los Estados Unidos tiene grandes problemas estructurales que evitan cualquier recuperación rápida. Sin embargo, toda la evidencia apunta a una simple falta de demanda, que se podría y debería curar muy rápidamente por medio de una combinación de estímulos fiscales y monetarios.

No, el verdadero problema estructural está en nuestro sistema político, que se ha combado y se ha paralizado debido a la fuerza de una pequeña minoría adinerada. Y la clave para la recuperación económica estriba en encontrar la forma de superar la maligna influencia de esa minoría.

. Traducción de Gerardo Chaves para La Nación

Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía del 2008.

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