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El sabor a sal condimenta el ambiente al mismo ritmo que la madera se incendia y tuesta la carne. Así, según sea el segmento, se transforman en santos, amantes, demonios, duendes, hadas, adictos o discapacitados; sencillamente, se convierten en flechas que se clavan en la memoria de los espectadores.
Cada bailarín tiene su historia: las niñitas que cumplieron el sueño de sus padres de verlas volar en un escenario ataviadas en su tutu y otros que por afinidad, o tan solo por curiosidad, alguna vez visitaron un estudio.
También están las historias de quienes se iniciaron en la danza como una forma de terapia: un niño que empezó a bailar para mejorar su dislexia ya que -según un psicólogo- la danza mejoraría su coordinación física. O la niña de 6 años que antes usó zapatos ortopédicos -por ser lo que los abuelos llamaban "corvetas"-, a quien le recomendaron bailar para mejorar su condición.
Hoy, la lucha es la misma para los 14 bailarines que componen la Compañía Nacional de Danza: doblegar al cuerpo, hacer que responda y dar lo máximo de sí mismos hasta el final.
Viven a diario evocando las enseñanzas de maestros del pasado como Martha Graham, Isadora Duncan y José Limón, cimentando su trabajo sobre las sólidas bases que edificaron Elena Gutiérrez, Mireya Barboza, Cristina Gigirey, Margarita Bertheau y muchos otros.
Sin pausa, los bailarines batallan incansablemente con sus cuerpos.
La galería de imágenes es un vistazo a algunos de los momentos vividos por la Compañía Nacional de Danza durante el 2004, año en que su trabajo les mereció -por quinta vez- el Premio Nacional como mejor agrupación de danza y período en el que, además, su montaje Datura sanguínea, fue condecorado como la mejor obra coreográfica.