
Alexander Fleming dejaba todos los recipientes en su escritorio hasta que no tenía espacio y debía tirarlos. Pero antes, observaba con atención lo sucedido. Así descubrió la penicilina. (Foto: AP/La Nación). |
Algunos científicos tuvieron de su lado algo más que la perseverancia y el estudio en sus investigaciones: la suerte y la casualidad también les ayudaron en sus trabajos sobre distintos ámbitos de la física, la química y la biología.
Varios grandes cerebros de la historia científica reciente dieron su paso a la fama después de no pasar por alto los pequeños detalles de su vida diaria. Con su curiosidad y entrega al trabajo, resolvieron las preguntas básicas de sus investigaciones.
Pocos se asombrarán al saber que John Dalton padecía daltonismo. Por eso, su apellido se utiliza para describir el padecimiento visual por el cual las personas no pueden percibir correctamente los colores rojos y verdes.
En 1792 Dalton se percató de que algo extraño sucedía con su visión pues una flor de geranio que en el día había visto de color celeste le pareció roja a la luz de las velas.
Con gran curiosidad, convocó a un grupo de amigos y, como el científico suponía, todos afirmaron que el tono de las flores era el mismo sin importar la luz: el geranio era rosado.
No obstante, el hermano de Dalton no estuvo de acuerdo con el grupo. Entonces este químico y físico británico se convenció de que su vista fallaba y de que, aunque no supiera la raíz del asunto, se trataba de un mal congénito.
Dalton legó su cuerpo a la ciencia para que sus ayudantes diseccionaran sus ojos después de muerto. Tenía la hipótesis de que su humor vítreo (la sustancia que deja pasar la luz a la retina) era azul y trabajaba como un filtro que deformaba los colores. Sus asistentes no encontraron nada extraño.
En 1995 un grupo de fisiólogos de Cambridge rescató esos ojos y estableció el diagnóstico final: Dalton era deutérope, no era capaz de procesar normalmente las longitudes de onda intermedia y percibir correctamente el rojo y el verde. O sea, era daltónico.
En 1950, Willard Libby ya buscaba cómo demostrar la validez de su teoría de la datación por medio del carbono 14.
Para decir que sabe la época a la cual se remonta todo resto primero quería comparar los datos con muestras modernas de composición de carbono. La discusión con sus colegas terminó dando vueltas sobre un pingüino traído de la Antártida para las investigaciones de Libby.
Ninguno de los científicos pudo proponer la manera de extraer las muestras de carbono del animal.
Cuando llegó a casa, la esposa de Libby le dio la solución: asarlo al horno y recoger la grasa para oxidarla y obtener el carbono.
Aunque nadie probó el asado de pingüino, el método de datación con el isótopo radioactivo carbono 14 le dio a Libby el premio Nobel de Química en 1960.
La moda a finales del siglo XIX era investigar las radiaciones electromagnéticas. Al alemán Wilhelm Conrad Röntgen le atraían de manera especial las catódicas. En la oscuridad absoluta de su laboratorio estudiaba sus características y su trayectoria en el vacío.
Por eso, pensó que su mente lo engañaba cuando un día vio que una luz parpadeaba en la pared. Como su habitación estaba totalmente sellada, supuso que el rayo nacía de su experimento: un rayo de luz que él no podía ver había rebotado en el interior del tubo con el que trabajaba y se había reflejado en una tarjeta de material fosforescente.
Esa no fue la sorpresa. Empezó a jugar colocando un naipe en la trayectoria del rayo. No pasó nada. Luego puso la baraja completa y tampoco sucedió mayor cosa. Entonces colocó una lámina de plomo y se dio cuenta que a través de ella podía ver los huesos de la mano de su mujer.
La señora Röntgen -poco menos que horrorizada- soportó las sesiones de rayos X a las que la sometió su marido en las semanas siguientes.
Al químico alemán Christian Schönbein nunca le agradó que la Universidad de Basilea, en Suiza, cerrara durante la hora del almuerzo. A la hora de la comida se iba a continuar sus investigaciones en su residencia particular.
En 1846 rompió un recipiente que contenía una mezcla de ácido sulfúrico y nítrico. La corrosiva combinación cayó en el sobre de su cocina y Schönbein se apresuró a recogerla con un delantal de algodón.
Entonces no lo sabía, pero acababa de mezclar los ácidos sulfúrico y nítrico con la celulosa del algodón y, al hacerlo, unió los tres ingredientes de la nitrocelulosa, un explosivo poderoso.
Schönbein cayó en cuenta del poder de la mezcla cuando, una vez absorbida la sustancia, lavó el delantal con agua y lo puso a secar sobre la cocina. Al poco tiempo escuchó un fuerte estallido, sin nada de humo.
Cuando se acercó a ver lo ocurrido, el delantal había desaparecido completamente.
De esta manera desarrolló un potente explosivo que también se conoce como algodón pólvora, el cual llevaría al descubrimiento de la dimanita.
Alexander Fleming no era exactamente el científico pulcro que dejaba todo limpio y ordenado al terminar el trabajo en su laboratorio. El británico guardaba los cultivos sobre su mesa hasta que la invasión de tubos no le permitía seguir investigando y entonces los estudiaba para ver si se había producido algún fenómeno digno de observación antes de desecharlos.
En 1928 investigaba las bacterias estafilococos y uno de los cultivos se contaminó de forma accidental por un hongo que posteriormente fue identificado como Penicillium rubrum.
Su curiosidad lo impulsó a estudiar el comportamiento del cultivo y descubrió que los estafilococos eran transparentes alrededor de la zona inicial de contaminación, lo que interpretó como efecto de una sustancia antibacteriana segregada por el hongo.
Fleming aisló la sustancia y la probó con una amplia gama de bacterias y observó que muchas resultaban destruidas. Había descubierto la penicilina, el hallazgo médico más relevante del siglo XX y base de la mayoría de los antibióticos actuales.
Henri Becquerel jugaba con los rayos X en su laboratorio parisino solo un año después de que Röntgen los descubriera. En uno de sus experimentos colocó una cruz de cobre sobre una placa fotográfica y cubrió todo con papel negro y un cristal fosforescente compuesto de uranio.
Becquerel quería investigar las cualidades de una radiación secundaria de la luz visible, en lugar de la luz invisible de Röntgen y por ello necesitaba someter su experimento a la radiación solar. Pero esos días, París amaneció cubierto de nubes, ante lo cual el científico guardó su experimento en un cajón.
A los pocos días, se cansó de esperar y decidió revelar la placa fotográfica para ver si había ocurrido algo. Entonces se dio cuenta de que la cruz de cobre había dejado su huella en el papel fotográfico con tanta intensidad como si se hubiese expuesto a la luz solar directa.
Becquerel pensó que las responsables debían de ser las radiaciones del uranio.
Para comprobar su hipótesis, investigó con otros compuestos de este mineral, hasta que dio, en 1896, con uno que multiplicaba sus efectos: la petchblenda. Aunque todo quedó en ese punto, sin saberlo, Becquerel había hallado la radiactividad, la fuente de energía conocida más potente hasta el momento, que fue bautizada de este modo en 1898 por los esposos Pierre y Marie Curie.