Desde la cueva

Magda Espinoza: No ser Dios y cuidarlos

Roberto García H.


En medio del aula, un niño se puso de pie y le espetó el gran insulto: "Usted es una gran..."

Desconcertada, la joven maestra buscó auxilio en la Dirección.

-¿Por qué reaccionó ese niño?, le preguntó la directora.

-No sé, contestó la muchacha, llena de temor.

-¿Qué le ocurre?

-Tampoco sé.

-¿De qué tipo de hogar proviene?

-No lo sé- respondió de nuevo la maestra.

-Pues, averigüe, porque detrás de los hechos siempre hay una explicación.

El incidente sucedió hace 20 años en la escuela Omar Dengo. La maestra era (y es) Magda Espinoza; la directora, doña Gertrudis Valverde, su mamá, quien le había pedido sustituir temporalmente a una de las docentes titulares.

La mente tiene esas cosas. Puede volar al futuro o revertir los años y rescatar en lo insondable una escena antigua, como si esta se hubiese producido en los últimos cinco minutos.

"Si soy maestra&...; ¡es por mi madre!". Sus ojos color miel se humedecen un poco. Entonces la taza es un recurso de distracción y el café con leche, una tregua consigo misma. Para continuar...

"Hice lo que me pidió. Visité la casa del chiquito y comprobé por qué en su corazón había tanto rencor escondido".

Magda Espinoza
"No hay nada capaz de apagar mi fuego de vocación"

Atractiva, amiga de sonreír, Magda suele hablar con soltura, pero también tiene silencios para conversar. Es la madre de Paola y Andrea. Suma 15 años de laborar como educadora en la escuela José Figueres Ferrer, en Sabanilla de Montes de Oca.

Maestra de vocación, el aula es el ámbito de esta mujer sensible, un reducido país de 32 -a veces 40- pequeños habitantes, a quienes procura conducir con la mano justa de una guía capaz de acompasar el avance de los alumnos más avispados con el ritmo lento de otros.

"Si al final de un año, el programa de estudios no se cumple, eso poco importa, porque han aprendido valores".

A partir de mañana, con el inicio del curso lectivo, Magda Espinoza retornará al aula para conducir a su nuevo grupo de niños y niñas por los caminos del aprendizaje.

La pizarra acrílica es uno de los pocos instrumentos modernos de una escuela pública, donde los docentes tienen que sufragar el precio de los marcadores de tinta que han dejado las barras de tiza en el baúl de los recuerdos.

Con los años, esta educadora se ha acostumbrado a detectar en las miradas tristes de algunos niños los indicios de un dolor callado, el monstruo de la agresión física, del abuso sexual. "En la escuela nos asiste una psicóloga; también recurrimos al Patronato Nacional de la Infancia, pero ese problema es grandísimo en nuestro país.

"Como tantos chicos provienen de hogares desintegrados, a los educadores nos toca atender este asunto con celeridad", explica. "Se nos culpa por el deterioro de la educación, mas la sociedad no se percata de que enfrentamos una tarea compartida.

"Desgraciadamente, a veces los padres evaden sus responsabilidades y creen que la escuela es una gran guardería. Por eso me preocupa el destino de cada uno de mis estudiantes al final del curso lectivo. Dejarlos volar es como ver partir al hijo que ya creció..."

No ser Dios y cuidarlos es el título de una canción popular. Suena a responsabilidad, a brasa en las manos; a Magda, misión y promesa.


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