Variedad

Trazos y letras

Ivannia Varela
varela@nacion.com

Deseoso de comunicar su mundo interno, un pintor acompaña sus cuadros con pequeñas historias sobre los personajes que lo inspiran.

Foto: Marvin Caravaca/ La Nación.

Desde muy joven, Víctor López Baylon hizo de los pinceles sus aliados. Así, en los distintos países que visitaba se ganaba el sustento plasmando sus sentimientos y los de otros en óleos, acuarelas o acrílicos.

Sin embargo, hace un tiempo este argentino radicado en Costa Rica hace dos décadas, decidió ir más allá de las imágenes y ahora acompaña con palabras cada una de sus obras, algo poco usual entre los pintores.

Con una cámara fotográfica que lo sigue a todas partes, López Baylon sale regularmente a recorrer las calles del país para capturar escenas que alimenten su espíritu artístico e inspiren su prosa. Y es que está convencido de que, con frecuencia, el lienzo no permite al artista gráfico expresar suficientemente sus sentimientos, reflexiones e interrogantes ante una estampa determinada.

Sus personajes predilectos son la gente más sencilla: la chiquilla del precario, el campesino que trabaja bajo el sol, las mujeres pilando arroz... También lo seducen la inmensidad de un mar en calma y la belleza –en vías de extinción– de una casa de adobe.

Son algunos de los temas recurrentes en la obra plástica y literaria de este artista de 55 años, casado con la costarricense Nuria Bolaños Sánchez.

Parte de su producción se ha exportado a Venezuela y a Estados Unidos. En Costa Rica, su obra está a la venta en las tiendas El Congo, en Multiplaza y en la galería Matiz, en Plaza del Sol.

A quienes visitan la marquetería Arte 2000, en Heredia, o la marquetería Bulevard, en Rohrmoser, también les pueden parecer familiares sus pinturas. Lo que no muchos saben es que también pueden llevarse consigo un breve texto que completa la historia de las mujeres moliendo maíz, los niños de carita sucia o el hombre descalzo a la vera del camino.

Esta es una de las inspiraciones de López Baylon.

Karol

Soy pintor de pobreza, de miserias y de tristezas, que es lo mismo. La mayoría de los pintores que se interesan por el tema humano son pintores de tristezas; creo que esto es así porque mientras la felicidad tiene solo un rostro, la tristeza tiene muchos. Quienes ejercen ese oficio sucio (y que no se vende) de la obra gráfica, procuran encontrar personajes trágicos o fracasados. Los buscan en las cantinas o en lo tétrico de la noche.

Pero mi magro trabajo se nutre del tugurio. Ese mundo, de grises inacabables de entender. ¿Han podido observar la formación de un tugurio? Es el espectáculo más sobrecogedor que pueda contemplarse. ¡Un génesis!, no encuentro otra forma de describirlo. Comienzan por la noche y al brillar el día semejan bandadas de pájaros construyendo sus nidos. Se mueven de prisa, de una forma que es características de los seres desesperados; es el mismo andar de los algodoneros en las haciendas de El Salvador o de los pedreiros en las canteras brasileñas.

A la semanaÖ en que ya la obra está hecha, hay material inagotable para un pintor.

Cuenta Karol, que "a mamá cuando se le mete el diablo se la llevan al hospital, pero hoy está en la casa y papá también porque no tiene trabajo". "A mamá se le mete el diablo por la boca y a papá –el hombre que ahora vive con ella–, por los oídos". "Un día la persiguió con un cuchillo para matarla".

Desde las rendijas atisban los ojos perdidos, brillantes de estupor; rostros angustiados de músculos tensos que parecieran esculpidos a hachazos por las dificultades. Los ranchos forman vericuetos y callejuelas surrealistas.

Karol no conoce otro mundo. Vivía en el precario de la abuela, después pasó al de la tía y ahora está en este. Es muy difícil dejar el tugurio, la lucha por la supervivencia fortalece los lazos y el espíritu languidece.

Popi es su amigo, al nombrarlo la tristeza desaparece por un momento de sus ojos, duerme con ella y la cuida. Si alguien quiere hacerle daño, Popi lo muerde. "Una noche casi muerde a un amigo de papá que se acercó a la cama".

El agua está a unas cuadras de la casa. Un tubo recoge de la parte alta del arroyo y mantiene llenos los tambores que usan todos los vecinos. Hay que tomarla de allí porque, más abajo, el agua está sucia.

Karol lleva agua todos los días para que su mamá cocine y para lavar a su hermanito. Es su trabajo. A Karol le gusta el agua, le gusta cuando llueve, porque puede saltar en los charcos.


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