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Miguel Caballero tiene tanta fe en sus prendas, que a cada nuevo empleado lo viste con una chaqueta azul, le apunta con un revólver calibre 38 y le dispara a menos de un metro. Es la prueba de fuego que realiza todos los días a sus productos blindados, que pesan dos o tres kilos más que una prenda común y que en algún momento le pueden salvar la vida a sus afamados clientes.
Hace unas semanas, por ejemplo, dos guardias de seguridad de Barcelona se libraron de la tumba tras recibir varios cortes de cuchillo en un asalto a un camión que transportaba dinero. Y en Colombia, las piernas de un soldado pudieron resistir la explosión de una mina "quiebra patas", gracias a que llevaban unas botas con la marca Miguel Caballero.
En realidad, después del desplome de las Torres Gemelas el pánico de la inseguridad se propagó como una epidemia en todo el mundo, así que Miguel Caballero empezó a vestir con más regularidad a numerosos ejecutivos, políticos, artistas, policías y militares de los cinco continentes. Incluso hace unas semanas tuvo que rechazar el pedido de fabricar 17.000 chalecos antibalas (unos $8,5 millones) para las fuerzas de la coalición atrincheradas en el peligroso Iraq. "Los tenía que hacer en menos de dos meses. Por ahora, con los 76 trabajadores de mi taller en Bogotá, es imposible", explica.
Su idea de diseñar prendas discretas que absorbieran la energía de un proyectil (un híbrido de protección que mezcla fibras de poliéster y nylon) comenzó hace diez años, cuando Caballero estudiaba administración de empresas en la Universidad de Los Andes, en Bogotá. Una compañera de curso siempre iba con escoltas que dejaban sus pesados chalecos antibalas y se ponían chaquetas apenas ella se bajaba del todoterreno. "Le pedí a mi mamá $10 de esa época y, junto a un socio de carros blindados, empecé a combinar lo blindado con la ropa normal. Fue moda y seguridad", recuerda este hombre de 40 años.
Las primeras pruebas de calidad fueron un fiasco (su socio quedó herido en una de ellas), pero más tarde empezaron a trabajar en las ferias del cuero, hasta que vendieron la primera chaqueta blindada a un empresario por $100.
Al poco tiempo, hicieron una exportación de gabardinas y chaquetas a Suiza por $1.000, sin catálogo y sin su actual página electrónica (http://www.miguelcaballero.com).
Hoy, con varias certificaciones de calidad internacional, su línea de productos es muy variada y abarca chalecos antibalas, trajes a la medida, gabardinas, chaquetas de cuero, smokings, camisas, suéters y hasta ropa interior por precios que van desde $100 hasta $1.500.
Todos los trajes tienen en común que son discretos y responden a la moda del momento para el trabajo de lunes a viernes y para el descanso de los fines de semana.
Quizá por eso, el presidente colombiano Álvaro Uribe recibió de regalo navideño una "guayabera" blindada para su seguridad en clima caliente, y la excanciller Noemí Sanín utiliza una gabardina igualmente a prueba de balas para sus reuniones en el invierno europeo.
Más de 20.000 personas utilizan sus prendas en el planeta, y a muchos de ellos nunca les ha visto la cara, porque algunos clientes adquieren sus prendas para hacer un obsequio a terceros.
El llamado "modisto de la seguridad" vende alrededor de $2 millones al año, la mayor parte en chalecos antibalas que son el fuerte de compañía y el resto en prendas ejecutivas para "gente famosa" como Fidel Castro y el gobernante venezolano Hugo Chávez, a los que ya les ha tomado las medidas de espaldas y de cuellos para sus trajes de etiqueta, por un valor cercano a los $2.000 la unidad.
"Cuando un personaje famoso está comprando una prenda, no le importa el precio, sino la comodidad y la seguridad. Pero si ese chaleco es para los escoltas, importa más el precio y el nivel de seguridad que la comodidad", afirma el empresario.
La situación interna de Colombia una guerra de 40 años, el narcotráfico, secuestros y sicarios por doquier casi obliga a las figuras públicas a blindarse para proteger sus vidas.
Sin embargo, Caballero mira con optimismo hacia otros mercados donde está seguro que sus diseños tendrán éxito. "Todos los países están adquiriendo conciencia de la seguridad, no solo los países donde se libran guerras, sino los lugares donde hay otro tipos de problemas como delincuencia común o secuestros extorsivos", explica.
En España, por ejemplo, los trajes que más le solicitan son aquellos a prueba de cuchillos, y en Venezuela ha detectado un fuerte interés por la ropa blindada que muestre a sus portadores como "gente importante".
En cada país o región, los riesgos son diferentes y también lo son, por ende, los materiales y el tipo de prenda. Según el clima y las armas que utilizan los delincuentes, se confecciona la ropa con el nivel de seguridad requerido.
"Para nosotros aclara Caballero no es lo mismo un empresario en Managua que uno en Medellín, porque en la capital de Antioquia los asaltantes usan subametralladoras UZI y no una pistola de nueve milímetros".
En México ya llevan cuatro meses de funcionamiento y hace poco abrieron oficinas en Managua, Guatemala y San José.
La idea de este diseñador es ampliar su oferta en el istmo centroamericano, donde, por ahora, solo viste al círculo de seguridad de los mandatarios en Nicaragua y El Salvador, así como a un expresidente de Guatemala.
En el caso de Costa Rica, el incremento en delitos como el robo de casas, los homicidios, los asaltos bancarios y los asesinatos por encargo, los hizo decidirse en enero a instalar aquí un punto de venta, atendido por un representante de la firma. La oficina, llamada EPM Electromecánica, se encuentra en Curridabat, en las cercanías del centro comercial Plaza del Sol.
"Hay un potencial enorme en Centroamérica, no solo en la línea de prendas de vestir, sino en otros productos como botas para minas antipersonales. En muchos de estos países hay vuelto las pandillas y las guerras dejaron muchas armas que ahora están en manos de los delincuentes", comenta.
Miguel Caballero mira hacia el futuro con optimismo, sobre todo después de haber asistido a la Feria Mundial de Seguridad de París, en noviembre.
Allí fue el único de los 600 expositores que mostró en sus vitrinas este tipo de moda blindada. En los pasillos de la exhibición, sus colegas lo llamaban a media voz "el Armani de las balas".