Tinta fresca

San Valentín en un iglú

Klaus Steinmetz
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Foto: Augusto Ramírez / La Nación.

Hace unos ocho años acudí en Bogotá a la exposición retrospectiva de uno de mis artistas latinoamericanos favoritos: el venezolano Armando Reverón. Al fondo del salón principal del Museo Nacional de Colombia, entre aquellos sublimes paisajes en blanco, trazados furiosamente sobre el yute más tosco, había dos vitrinas con un hallazgo. Eran las amantes de Reverón, ambas construidas con ese mismo yute de saco arrocero sobre el que destacaban con violencia los ojos de muñeca poseída, los labios de sandía madura y una vulva carnívora, que el maestro solía penetrar en medio de un zafarrancho de gallinas, clamando como si fuera un borracho que no sabe pintar.

Después de Caracas y España, el pintor se encierra 30 años en una choza en la playa de Macuto. Al imaginarlo bajo el sol guajiro, repartiendo su tiempo entre los pinceles y la concupiscencia, tuve que pensar en todos aquellos que antes del momento superior de la ternura deben inflar a su compañera a pulmón o compresor de aire, inventar las respuestas a sus fingidos reproches de hombre indefenso y convencer al tacto de sentir piel de mujer en la textura pegajosa del látex.

Aquella tarde en Bogotá recorrí las aceras del Bosque Izquierdo tratando de intuir los sentimientos de todos los solitarios del mundo, de los ermitaños y los náufragos, de los astronautas cuya nave se salió de órbita y vagan en la espesa infinitud o de los que simplemente se extraviaron en el laberinto irremediable de su psique. Intenté imaginar cómo reaccionaban ante la urgencia de su líbido y vi a Zaratustra charlando con una gorda de trenzas doradas pintada en la pared de una cueva, excusándose por la falta de afecto de sus convicciones filosóficas y prometiéndole sacar la basura a diario si decidía quedarse con él y no regresar al Walhalla. Tuve que llegar a la conclusión de que esa mujer rupestre hubiera dejado a Hitler sin argumentos y que este, al echar mano de Nietzche para justificar sus fines, no habría tenido más remedio que regalarle Alemania a los polacos o los franceses: el amor es impredecible.

Mentalmente hice un inventario de los materiales favoritos en la construcción de compañeras a lo largo de la historia: desde el barro de las Venus prehistóricas hasta las divas de batería con que nos ha premiado el ingenio japonés, pasando por la madera de los mascarones de proa con los senos al viento: feroz dama de los mares a la que desesperadamente se aferra el último pirata antes del hundimiento.

Entendí que mi terror a la soledad no tenía fundamento mientras existiera una tienda de telas o una ferretería cercana. Y fue por eso que decidí empacar un agujón, hilo y la franelita con que mi difunta abuela solía cobijarse las piernas exhaustas antes de aceptar este puesto como corresponsal en el círculo polar ártico, sobre todo al enterarme de que el único almacén estaba a cuatro días en trineo de mi iglú.

Así nació, sin necesidad de invertir una costilla, María José. Jamás creí ser capaz de amar a una mujer con el cutis a cuadros escoceses, pero las largas noches a su lado, las tardes infinitas en espera de la aurora boreal, sentados sobre el hielo comiendo panecillos con paté de foca, me permitieron entender el delirio amatorio de Reverón, sus ataques de celos cuando Juanita volteaba la cabeza de trapo y oteaba el horizonte, como añorando un Pinocho lejano...

La amaba: le explicaba lo innecesario que era el resto del mundo, la intrascendencia del futuro, la futilidad de la esperanza. Todo empezaba y concluía en ese instante en que me tendía sobre ella y me rendía: perpetuo 14 de febrero en que suplicaba que acabara el mundo...

Y en efecto, el verano fue el fin del mundo. Nos habíamos emborrachado con el vodka que nos regaló un mongol extraviado que dijo llamarse Derzu Usala y dormimos lo suficiente para no darnos cuenta de que el hielo se abría justo debajo de nuestro hogar. Al despertarme, yo flotaba en el trozo que se había desprendido y me alejaba.

Desde entonces voy a la deriva como una leyenda. He escrito esta historia con sangre de oso polar y la meto en esta botella tan solo para que sepas, mujer de franela, que no te he olvidado.


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