Crónica

Náufragos de la ley

Mauricio Herrera
mherrera@nacion.com

Tras un trágico viaje, 15 marineros de Vietnam están varados en Puntarenas desde agosto. Unos fueron apresados por Migración; los demás apenas sobreviven refugiados en su barco. Atrapados en medio de un oleaje legal, no tienen idea de cuál será su destino.

Dos barcos son casa y refugio de seis pescadores vietnamitas en El Cocal de Puntarenas desde hace casi seis meses. Las naves son estrechas y viejas pero protegen a los marineros del sol, de la lluvia, de los lagartos del estero y de los policías de Migración.

A pesar de las cucarachas, los barcos son mejores que la prisión disfrazada como "centro de aseguramiento" en la Quinta Comisaría de San José, donde "la Migra" encerró desde noviembre a otros nueve tripulantes.

Además:
  • Absurdo legal
  • ¿Albergue o cárcel?
  • Todos deberían estar pescando para ganar los $20 al mes que les prometieron al salir de Vietnam 14 meses atrás, y los $125 mensuales que la "Company" enviaría a sus familias durante los tres años del contrato.

    Pero el viaje acabó en Puntarenas en agosto pasado y la esperanza de volver a zarpar se esfumó cuando Migración capturó a la mayoría del grupo, por atreverse a salir del barco sin documentos.

    "Vietnam, no plata"

    Era duro trabajar en el mar 20 horas diarias, arrojar miles de anzuelos con la fe de matar valiosos tiburones y atunes, soportar a un capitán grosero y contener el miedo cuando la propela del barco falla en la tormenta.

    Pero es peor atracar en Puntarenas con un amigo muerto en el congelador, con poco pescado y sin dinero para lanzarse a pescar de nuevo.

    Es peor que el capitán los abandone en un país extraño y se lleve sus pasaportes, que el dueño del barco desaparezca, que la policía de Migración los arreste, que nadie comprenda su idioma y que haya que depender de la cacería de palomas y de la caridad para sobrevivir en un barco que se pudre en el muelle.

    Del dinero prometido, la "Company" –como ellos la llaman– solo pagó tres meses. Las familias en Vietnam tampoco han recibido su parte. El resto es una deuda que se suma al desamparo en que los dejaron el dueño de los barcos y los dos capitanes, todos taiwaneses.

    En El Cocal, los vietnamitas se ganaron el cariño de la comunidad. Ahora los vecinos no quieren que se vayan y los pescadores desearían quedarse a trabajar en Costa Rica o seguir pescando en su barco. Adopciones, matrimonios y contratos de trabajo son posibilidades que unos y otros barajan para arraigarse en el país.

    "Costa Rica buena", "Vietnam barata, no plata", intentó explicar Pham Van Hoang, de 22 años, que ya se hace llamar Juan.

    La aventura comenzó en Hanoi hace más de un año, cuando los 16 jóvenes, entre los 19 y los 26 años, se inscribieron en una agencia taiwanesa de reclutamiento de marineros. Ninguno tenía experiencia en pesca y la mayoría eran agricultores.

    La agencia, llamada Trade and Service Company, emplea marineros y los ofrece a empresas pesqueras taiwanesas con contratos de tres años. Así, los pescadores son empleados de la agencia con un sueldo fijo, ya sea que pesquen mucho o poco.

    La "Company" negocia una tarifa con los empresarios pesqueros y los dueños de los barcos se desentienden del pago a los marinos. Solo los capitanes y maquinistas eran empleados del dueño de la nave. Muy distinta es la situación de un marinero tico, que puede llegar a ganar más de ¢200.000 en un buen viaje.

    Tras ser contratados, los 16 jóvenes marineros volaron a Hong Kong y de allí a Taiwán. En noviembre del 2002 zarparon en su primer viaje de pesca a bordo del American Fisheries y American Fisheries II con rumbo a Puntarenas, donde llegaron a los cuatro meses.

    Hicieron otras dos travesías cerca de Costa Rica pero les fue mal. "Los capitanes no pescaban nada y cada vez que salían no sacaban ni para pagar los gastos", dice Carlos Aguilar, agente marítimo de los barcos.

    El último viaje fue desastroso y trágico. En alta mar la propela del American Fisheries II se detuvo. A pesar del fuerte oleaje, alguien debía saltar al agua y sumergirse para reparar el daño.

    Nguyen Ke Thanh, de 25 años, se lanzó al mar. La nave de 86 toneladas de peso se bamboleaba con violencia y nadie esperaba que una ola estrellara a Thanh contra el timón. Pero sufrió un golpe mortal en la nariz y murió ahogado frente a sus amigos.

    "Thanh, amigo bueno", recordó Dau Van Thang, otro de los tripulantes, cuando intentaba explicarnos la desgracia con señas y retazos de español. El capitán ordenó congelar el cuerpo en las bodegas para el pescado. En alta mar, con mal tiempo y sin repuestos, el American Fisheries suspendió la pesca y remolcó hasta el puerto al American Fisheries II.

    El 23 de agosto, las dos embarcaciones llegaron a Puntarenas y la tripulación descargó el cadaver de Thanh, rígido como piedra. En San José incineraron su cadáver y las cenizas fueron enviadas a su familia en Vietnam.

    Naufragio en el muelle

    Los capitanes Liu Hou Zhang y Wei Jin Guan planeaban quedarse en el puerto dos semanas. Pero habían pescado tan poco que el dueño, un taiwanés llamado Jim Chan, no reunió los millones para comprar diesel, alimentos, repuestos y carnadas para un nuevo viaje.

    Los pescadores tenían un permiso especial migratorio, llamado shore pass válido del 27 de agosto al 2 de setiembre. La embarcación es territorio internacional y debería ser el único sitio donde los marinos pueden permanecer. Con el shore pass vigente, podían bajar del barco y pasear por el puerto siempre y cuando estuviera vigente, pero la estadía se prolongó mucho más que un viaje tormentoso. La agencia marítima dice que pidió una prórroga, pero Migración lo niega.

    Mientras Jim Chan buscaba dinero para alistar los barcos, las tripulaciones se aburrían en el muelle y mataban el tiempo nadando en la playa y jugando futbol en la plaza de El Cocal.

    Flor Pérez Martínez tiene un chinamo de venta de refrescos cerca de los barcos. "Son muchachillos muy buena gente y aquí los queremos mucho. Tienen un comportamiento excelente. A nadie molestan. Piden refrescos y los pagan, pero les cobramos menos", dice ella con una sonrisa tierna.

    Cayó ëLa Migraí

    La Policía Especial de Migración inició un operativo en Puntarenas el 1° de noviembre, cuando los marineros jugaban fútbol a 300 metros del barco.

    Tres oficiales pidieron los documentos a cinco vietnamitas, en pantaloneta, descamisados y sudorosos por la mejenga. No sabían quiénes eran aquellos hombres ni qué les decían.

    Huynh Thai Binh, de 24 años, habla un poco de inglés y en la Quinta Comisaría relató lo que pasó aquel día: "No teníamos visa y el pasaporte estaba en el barco, pero no nos dejaron ir para mostrarlo. Nos llevaron directo a una cárcel en Puntarenas y luego a San José".

    Después de atrapar a los primeros cinco, los policías recorrieron los alrededores y detuvieron a otros tres vietnamitas. Tampoco les permitieron avisar a sus compañeros ni recoger ropa.

    Migración los detuvo "para deportarlos a su país de origen debidamente custodiados" lo antes posible, pero tanto celo por el cumplimiento de la ley impidió que el barco volviera a pescar, alargó aún más la estadía de los marinos en el país y creó un problema humanitario.

    Sin esperanzas de regresar al mar, los dos capitanes y los dos maquinistas volaron a Taiwán en diciembre, y se llevaron los pasaportes de los siete tripulantes que quedaban en los barcos.

    Los pescadores quedaron abandonados a su mala suerte, aunque el dueño del barco dejó dinero a Katy Tseng, una empresaria pesquera puntarenense, para alimentar a los vietnamitas. "El dueño es el que llama para saber cómo están los muchachos y no sé su número".

    El paradero de Jim Chan es un misterio. Ni Migración, ni la agencia naviera han podido localizarlo.

    Tampoco lo sabe Mario Bolaños, copropietario del muelle donde los barcos atracaron: "Don Jim se fue en diciembre para Canadá y no lo he localizado. Dijo que venía en enero y no aparece".

    Jim Chan no ha pagado el costo del muelle (unos ¢150.000 mensuales por barco), ni el agua, ni la electricidad que Bolaños le brinda a las naves. "No he hecho números de cuánto me deben. Dios guarde quitarles el agua y la luz a los muchachos".

    En El Cocal, los siete marineros disfrutaron la cena navideña con la familia de Fernando Brenes, una de las personas que más los ha apoyado.

    Uno de ellos, Nguyen Van Chung, de 22 años, quiso hacer algo por sus amigos, que estaban pasando frío en prisión, y el 29 de diciembre tuvo la mala idea de viajar a San José para llevar ropa a sus amigos presos en la Quinta Comisaría.

    Acompañado por una amiga de El Cocal, entró al "centro de aseguramiento" y les entregó la ropa. Pero allí un policía le preguntó por sus documentos.

    Desde entonces, Van Chung quedó preso, "asegurado" junto a sus amigos.

    En la casa de Fernando Brenes los seis marinos restantes despidieron el 2003 con una cena. A las 12:10 a. m. del 1° de enero, Van Chung los llamó desde la Quinta Comisaría, llorando, para desearles un mejor nuevo año.

    El pasado jueves, los ojos de Pham Van Hoang, de 23 años, se humedecieron cuando habló por teléfono por primera vez con un diplomático vietnamita dispuesto a ayudarlos.

    A su lado, Dau Van Thang, de 23, Do Van Doi, de 24, y Ngo Xuan Hung, de 23, esperaban las noticias que podía darles Juan Carlos Nguyen, segundo secretario de la embajada de Vietnam en México, la misión diplomática más cercana.

    De todos, Hoang es quien ha estado más deprimido. Lloró mucho el día del año nuevo oriental, el 22 de febrero.

    En la mañana habíamos intentado hablar con ellos pero Thang no nos permitió subir al barco. "¡No barco! ¡No barco!", gritó enojado, haciendo ademanes con las manos para que nos alejáramos.

    Por la tarde llegamos con un teléfono celular. "¡Amigo! ¡Amigo! Vietnam teléfono", les dijimos. Al otro lado de la línea, el diplomático vietnamita esperaba para conversar con sus compatriotas.

    "¿No policía? ¿No policía? ¿Usted amigo?", preguntaban ellos insistentes.

    En México el diplomático estaba sorprendido. Hasta la semana pasada, la Dirección de Migración de Costa Rica no se había comunicado con su embajada para informarle de los detenidos en la Quinta Comisaría y, hasta esa tarde, ignoraba que había otros seis en el barco.

    Allí los pescadores han sobrevivido con la comida que les compra Kathy Tseng, y con donaciones de ropa y alimentos de los amigos de El Cocal.

    En la cubierta, agoniza una paloma. "Cú-cú-cu-cú. Rica", dicen al tratar de explicar que, para completar la dieta cazan palomas. Fotos de mujeres vietnamitas adornan una cabina de la nave.

    Pescadores locales les prestaron una red y una panga, pero el servicio de guardacostas les prohibió pescar por carecer de permiso.

    El diplomático nos traduce, por teléfono, lo que cuentan los pescadores. A ellos les pide sus datos personales para enviarles nuevos pasaportes y gestionar su regreso a Vietnam. Los muchachos dudan. Dicen que quieren esperar el regreso del dueño, que si regresan a Vietnam pierden el contrato y su dinero, que quieren seguir trabajando en el barco.

    Faltan otros dos vietnamitas que están fuera del barco. Uno de ellos es Tran Van Luat, que ayuda a reparar un barco en Puntarenas y gana ¢25.000 a la semana. Con esa plata compra víveres para los compañeros y tarjetas telefónicas para llamar a las familias en Vietnam.

    Fernando Brenes y otros vecinos saben que la situación no debe prolongarse mucho más, pero quieren que los vietnamitas se queden. Fernando y su esposa desean adoptar a Van Chung, a quien ya consideran como un hijo.

    "Ahhhcharita. ¿Se van a ir?", lamenta Flor Pérez, la vendedora de refrescos. "Pero si aquí los queremos mucho, y uno ya quiere casarse. Thang es muy galán y tiene una novia en El Cocal".


    Absurdo legal

    Jim Chan y la agencia naviera Sermar pidieron a la Dirección Nacional de Migración que deportara a los marinos al barco y, una vez allí, ellos se encargaban de sacarlos a aguas internacionales.

    Migración se opuso y ordenó que el empresario se encargara de financiar la deportación de los ocho detenidos hacia Vietnam "debidamente custodiados".

    El agente naviero Carlos Aguilar estima que esa deportación costará ¢25 millones, contando el costo de los pasajes de los marinos, y los tiquetes ida y vuelta de los custodios de Migración, más viáticos.

    El absurdo legal es mayor. Migración no puede tramitar la deportación sin tomarle una declaración a los detenidos, pero en el país no hay traductores de lengua vietnamita. Por eso, encargó a la agencia naviera la tarea de conseguir el traductor y los culpó del atraso. Pero la agencia insiste en que no encuentra un traductor de ese idioma.

    El abogado de Sermar, Roy Quesada, presentó un Hábeas Corpus ante la Sala Constitucional, pero el recurso fue rechazado, sin que todavía se conozcan las razones. La Defensoría de los Habitantes y la Fundación Pro-ayuda al Inmigrante también han intercedido, en vano, por los pescadores.

    El director de Migración, Marco Badilla, alegó que los vietnamitas fueron capturados sin documentos y su deber es hacer que la ley se cumpla. Migración ha fijado varias fechas para deportarlos, pero la acción no se ha concretado e intentan coordinar con la embajada de Vietnam en México.

    Unos y otros se lanzan la pelota y los marinos siguen esperando, en prisión y en el barco, por alguien que hable su lengua y les devuelva la libertad y el trabajo.


    ¿Albergue o cárcel?

    En el Centro de Aseguramiento de la Dirección Nacional de Migración y Extranjería, en la Quinta Comisaría, más de 40 personas detenidas sin documentos esperan que su caso se resuelva, detrás de una puerta de barrotes metálicos custodiada por un guardia civil.

    No están en celdas. Aquello es un salón grande, como un patio bajo techo, donde los internos duermen en camarotes y se aburren frente a un televisor. Hay rusos, indonesios, panameños, colombianos y muchos nicaragüenses.

    Solo pueden recibir visitas los jueves y domingos de 1 p. m. a 3 p.m., no tienen acceso a asesoría legal gratuita y nadie sabe cuánto tiempo permanecerán detenidos.

    "Por comodidad" la policía prefirió que conversáramos con ellos en un salón de reuniones de los oficiales. Llegaron en fila, limpios y en silencio. Esperaba a ocho, que son los que figuran en la lista de detenidos, pero había nueve. El otro era Van Chung, quien todavía no aparecía registrado.

    "¿Cómo están?", les preguntamos. "Mal, tristes. No sé por qué estamos aquí. Comida no gusta. Problemas con otros presos", responde Huynm Thai Binh.

    Me escribe con buena letra la dirección y el teléfono de Zhumichi Hakanata, una vecina de El Cocal. "Me impactó cuando los agarraron y los metieron así a la cárcel", cuenta Zhumich. "Me preguntan cuándo van a salir y no sé qué decirles".

    Uno de los policías que los vigila comenta que "esos chinos son peleones".

    Fernando Brenes cuenta otra versión. En las visitas que él les hace, se ha encontrado a Thai Binh y a Van Chung con heridas y moretes en la cara. Ellos dicen que otros presos los han golpeado.


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