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Para quienes nacieron después de 1980, es casi seguro que la palabra "papa" trae a sus mentes una única imagen: la de Juan Pablo II. Sin embargo, antes de que el obispo polaco Karol Wojtyla fuera nombrado como Santo Padre, casi tres centenares de hombres han ocupado, con gloria y pena, la silla de San Pedro.
Este año, la vida de los máximos líderes de Iglesia Católica volvió a saltar a la palestra debido a los problemas de salud que sufre el actual Obispo de Roma y la posible elección de su sucesor.
Además, porque este 16 de octubre, Juan Pablo II cumplirá 25 años de pontificado y se ubicará en el segundo puesto de los papas que han estado por más tiempo a la cabeza de la Iglesia. Solo lo supera Pío IX, con 32 años en el cargo, y lo iguala León XIII, con 25.
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Pero, aunque durante 20 siglos de cristianismo, se ha tenido como dogma de fe la creencia de que los Papas se mantiene en contacto con Dios, tampoco han dejado de ser humanos y miembros de una sociedad en constante cambio.
El poder, la fe, el dinero y las intrigas marcaron la vida de muchos vicarios de Cristo. Sus historias reflejan los acontecimientos de otras épocas, muy distintas a la realidad que le tocó vivir al actual pontífice.
La palabra "Papa" proviene de las iniciales Petri Apostoli Potestatem Accipiens, que significa en latín "el que recibe la potestad del apóstol Pedro".
Aquel pescador de Galilea, a quien Jesús llamaba Cefás ("La Piedra"), fue quien recibió del mismo Cristo las "llaves del Reino de los Cielos", frase simbólica mediante la que se le otorgó la responsabilidad de conducir la Iglesia.
Aunque no existen pruebas escritas, muchos historiadores afirman sin titubear que el apóstol Simón Pedro fue el primer obispo de Roma.
Dionisio de Corinto en el año 170, Ireneo de Lyon en el 180, y el presbítero Gayo en el 200, afirmaron que Pedro vivió en Roma, pero... ¿cómo papa?
En criterio de ellos, quizá lo hizo como vicario de Cristo y cabeza de los apóstoles y de la Iglesia naciente, aunque lejos de la figura actual de un sumo pontífice.
Simón no se comportaba en Roma como un obispo; habría sido más bien un predicador itinerante que llegó a la capital del imperio y se acercó a la población judía, a partir del año 43, según unos, y del 49, en opinión de otros.
Aquel primer papado terminaría entre los años 64 y 67, cuando el emperador Nerón atribuyó a los cristianos el inciendio de Roma y decidió sacrificarlos. Pedro moriría crucificado con la cabeza hacia abajo y fue enterrado en la colina vaticana.
Después del apóstol, la historia de los primeros líderes es imprecisa. Solo son seguros los nombres de quienes ocuparon su puesto a partir del año 180, recopilados por San Ireneo de Lyon.
De San Lino, seguidor inmediato de Simón, solo se conoce un decreto: "Las mujeres cristianas están obligadas a llevar siempre la cabeza cubierta en las asambleas"; y de San Cleto, el tercero en la lista, se sabe que fue martirizado.
San Clemente, el cuarto obispo, habría sido deportado por el emperador Domiciano, encadenado a un ancla y arrojado al mar Negro.
A los siguientes papas, San Alejandro I y San Telesforo, solo se les atribuye la supuesta introducción del agua bendita, el "Gloria" y la costumbre de la Misa del Gallo el día de Navidad.
En los primeros siglos de nuestra era, la persecusión de los cristianos fue casi una política del imperio de Roma, lo que convirtió en mártires a muchos obispos, hombres casados y con hijos.
De esas épocas provienen también las primeras anécdotas, como las que se refieren a la forma particular en la que fueron designados algunos de los sucesores de Pedro. Una de ellas data del año 235, cuando los romanos nombraron a San Fabián.
Según la creencia popular, este hombre era un simple laico que se hallaba en el sitio de la reunión para elegir al obispo, cuando una paloma se posó sobre su cabeza. El pueblo vio en eso una señal y lo designó jefe de la Iglesia.
Una época de tranquilidad para los papas llegó a partir del año 275, en los pontificados de San Eutiquiano y San Cayo. Sin embargo, en el 297, cuando San Marcelino ocupaba el trono, el emperador Diocleciano decidió reanudar el castigo a los seguidores de Cristo.
Al parecer, tantos años de paz hicieron que Marcelino no estuviera preparado para semejante prueba, pues mientras los cristianos morían asesinados, el papa Marcelino falleció tranquilamente en su cama, en enero del 304.
Después de tantos años de sufrimiento, le tocaría al obispo San Melquíades vivir la conmoción histórica que supuso la conversión del emperador Constantino al cristianismo. En el año 313, el edicto de Milán garantizó la libertad para los cristianos y convirtió al perseguidor de la Iglesia en su nuevo protector.
Constantino regaló al Papa el palacio imperial de Letrán, en Roma, para que fuera la residencia pontificia, lo que fue así durante diez siglos. Ese y otros obsequios hicieron que el papado de Melquíades no destacara.
Lo mismo pasó con Silvestre I, al que compensaron su carencia de méritos con leyendas que lo inmortalizaron como el papa que convirtió al emperador, lo bautizó y lo curó de la lepra.
En la historia de los jerarcas del Vaticano también figuran 35 antipapas, prelados que ocuparon la silla de San Pedro pero a los que se declaró como no-canónicos por motivos que iban desde diferencias doctrinales o políticas hasta usurpación del trono y exilio.
Las disputas internas en la Iglesia también generaron variadas confusiones, como sucedió tras la muerte del papa Zósimo, el 26 de diciembre de 418. Al día siguiente, el grupo de los diáconos eligió en su puesto a Eulalio, y 24 horas después, los presbíteros escogieron a uno de los suyos: Bonifacio.
Ambos fueron consagrados, pero para saber cuál era el verdadero papa, se apeló al emperador Honorio. Al final, la impaciencia de Eulalio, que se adentró en Roma cuando no debía, provocó que lo expulsaran del palacio de Letrán.
Otros pontífices se pusieron ellos mismos la soga el cuello, como Esteban VI (896-897), quien apenas fue nombrado papa quiso vengar una afrenta de su predecesor, Formoso.
Nueve meses después de la muerte de este, Esteban VI mandó exhumar su cadáver, lo revistió con los ornamentos pontificios e inició un juicio en su contra. El difunto fue acusado de dejarse elegir obispo de Roma cuando ya estaba a la cabeza de otra diócesis, y su elección fue declarada inválida. Después, Esteban exhumó de nuevo el cadáver y lo arrojó al río Tíber. Una muchedumbre encarceló al Papa y lo ejecutó.
León V fue elegido papa en julio del año 903. Dos meses más trade, fue encarcelado, sin sospechar que quien lo había enviado a prisión, su sucesor Cristóbal, lo acompañaría muy pronto, y que ambos serían degollados por orden del nuevo pontífice: Sergio III.
Este papa inauguró un período del papado que sería conocido como "pornocracia" y durante el cual fueron mujeres quienes "gobernaron" en Roma y los pontífices eran juguetes de sus pasiones. Teodora la Mayor y sus hijas, Teodora la Joven y Marozia controlaban todo.
Así, Sergio III obedeció los caprichos de Marozia, al punto de ser su amante y hacerla madre de un futuro papa.
En pocos años, la hija menor de Teodora mandó a asesinar a los papas Juan X, León VI y Esteban Vll, hasta que en marzo del 931 nombró papa a su hijo, Juan XI, que también sería encarcelado. Cuatro papas más fueron nombrados después de Juan XI, hasta que los romanos cumplieron su promesa de hacer pontífice a Octaviano, el hijo de Alberico II de Espoleto y nieto de Marozia. El 16 de diciembre del 955, el joven de 17 años cambió su nombre a Juan XII y accedió a la cabecera de la Iglesia.
"La residencia de Letrán se convirtió en escenario de excesos y de orgías... Según la leyenda, tras varias diferencias con el emperador de Alemania, Otón el Grande, Juan fue asesinado por un hombre que lo sorprendió en la cama de su mujer", detalla el portal católico en Internet, Encuentra.com.
Para el año 1049, fue ordenado León IX (1049-1054). Pero los romanos lo vieron muy poco. Recién elegido, el Papa se echó a recorrer Europa y hubo que esperar nueve siglos para que otro Obispo de Roma, Juan Pablo II, viajara más que él: el actual Santo Padre ha recorrido más de un millón de kilómetros.
Varios años después, el 24 de enero del año 1118, se dio otra de las elecciones polémicas. En un reunión secreta de cardenales, se buscaba un sucesor al difunto Pascual II. La elección dio como ganador al cardenal Juan de Gaeta, un monje muy entrado en años.
Apenas conoció el resultado, el anciano intentó que eligieran a otro, pero en ese momento irrumpieron los seguidores del emperador de Alemania y le propinaron una golpiza al nuevo Papa. Juan aceptó su elección y se nombró Gelasio II. Pero cuando se preparaba su coronación, debió escapar de Roma.
Quizá una de las muestras más claras de corrupción en la Iglesia se dio en 1492, cuando ascendió Alejandro VI, quien solo pensaba en satisfacer sus deseos y en enriquecer a su hijo, César Borgia.
"César tenía a Roma y el Estado pontificio bajo su poder. El imperio temblaba ante su nombre... Todas las noches aparecía gente asesinada. Pronto se empezó a decir que el Papa preparaba el camino al anticristo y que cuidaba la instauración del reino satánico", explicó el autor Leopold von Ranke, en su libro Historia de los Papas.
"Fueron ellos los que instauraron las indulgencias. Alejandro VI declaró oficialmente que las indulgencias libraban del fuego del infierno, y por eso empezaron a venderlas a cambio de un lugar en Cielo", agregó von Ranke en su obra.
Otros, como Julio II, decidieron desarrollar su papado llevando tropas a la batalla.
"Vestido con una armadura de plata, Julio II parecía un príncipe seglar y no un líder espiritual", afirmó la historiadora Carmela Velázquez Bonilla.
Por su parte, León X (1513-1521) se dedicó a disfrutar del papado en procesiones y cacerías, sin mostrar interés por los asuntos serios de la Iglesia. "Puesto que Dios nos ha dado el papado, dejad que lo disfrutemos", solía decir.
La Ciudad del Vaticano tiene su origen en 1879, cuando el gobierno italiano confiscó los estados pontificios y dejó a Roma como la capital del nuevo reino de Italia. Entonces, el papa Pío IX se negó a reconocer la monarquía y, desde entonces, no volvió a salir de Roma.
"En 1929, este lío llegó a su fin, cuando el papa Pío XI y el primer ministro de Italia, Benito Mussolini, firmaron el acuerdo de Letrán, el cual dio como resultado la creación de la Ciudad del Vaticano y convirtió al Papa en soberano del nuevo estado", añadió Velázquez.
Ya cerca de nuestros días, Juan XXIII, conocido como "el Papa Bueno", fue considerado un patriarca revolucionario, sobre todo por la sorpresa que dio al convocar el Concilio Vaticano II, en 1963. Gracias a este sínodo se dieron cambios importantes en la Iglesia y sus rituales.
Recientemente, algunas anécdotas y curiosidades de los pontífices, fueron recolectadas por el periodista italiano Nino Lo Bello, en el libro Vaticanerías.
Por ejemplo, entre los nombres propios que escogen los papas sobresalen Juan y Clemente, usados en 23 y 14 ocasiones, respectivamente.
Algunos duraron décadas en el cargo, pero cuando se trata de lo contrario (es decir, de la brevedad), el récord lo tienen Urbano VII, que duró 12 días, y Esteban, un papa que fue elegido y murió antes de ser coronado.
Según la tradición, todos ellos ostentaron, entre otros, los títulos de Obispo de Roma, Vicario de Cristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Patriarca de Occidente, Sumo Pontífice de la Iglesia Universal, Primado de Italia, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano y Siervo de los siervos de Dios.
El libro también habla sobre la pasión de Pablo VI por la lectura (llevaba hasta 75 libros en cada viaje) y de Juan Pablo II por el futbol; así como la obsesión de Pío XII por las moscas.
Estas historias no hacen más que reflejar la condición humana de quienes, se supone, han estado más cerca de Dios. No obstante, todo sugiere que esa cercanía con Cristo que ofrece la silla de San Pedro no exime a los pontífices de problemas, ni lo hará en el futuro.
No ha habido un papa tan bien parecido como Juan VIII "El Angelical". Era un diácono de ojos chispeantes y rostro de piel lampiña. Había nacido en el año 822, en Maguncia, de padres anglosajones.
Vivió por un tiempo en Atenas, donde aprendió filosófia, y de ahí lo enviaron a Roma. Cuando falleció el papa León IV, fue elegido como su sucesor en el 855.
Desempeñó su cargo con extrema dedicación durante dos años. Sus laboriosas jornadas, lejos de afectar su salud, más bien parecían sentarle de maravilla. En vez de adelgazar, se veía que el Pontífice ganaba algunas libras.
En abril del 858, durante una procesión, en una estrecha calle entre el Coliseo y San Clemente, el Papa se desplomó de pronto de su caballo y debajo de sus vestiduras surgió la gran sorpresa: ¡un recién nacido!
Así contó este pasaje el historiador del siglo XIII, Martín de Troppau en su libro Crónica de Papas y Emperadores, y agregó que la llamada "Papisa Juana" murió y fue enterrada en el lugar del alumbramiento.
Hasta el siglo XVI, la presencia de la papisa era aceptada por todos; sin embargo, a partir de esa fecha, algunos historiadores católicos empezaron a negar su existencia.
Argumentaban que, entre los siglos X y XIII, ninguna fuente histórica hace mención de ella, que su nombre no se encuentra en el Liber Pontificalis; ni su rostro, entre los retratos y bustos de la basílica de San Pablo Extramuros, en Roma.
¿Quiénes son los cardenales con más posibilidad de ocupar la silla de San Pedro?
Un refrán que se ha paseado por centurias en los pasillos vaticanos refleja la dificultad para pronosticar de manera certera el resultado de una de las elecciones que más expectación produce en el mundo: "Quien entra Papa a un cónclave, sale cardenal".
Sin embargo, Juan Pablo II dio ciertas pistas al "nombrar" 31 nuevos cardenales (en realidad, según la terminología vaticana, el Papa los "creó").
Indudablemente, Su Santidad inclinó la balanza hacia Europa, y de manera especial hacia Italia, quien además se sabe muy interesada para que el siguiente Papa vuelva a pertenecer a la tierra del Dante.
Aunque los italianos sean mayoría, la votación será difícil. Juan Pablo II abrió la Iglesia a nuevos sectores geográficos y políticos que ahora tienen poder y distintos puntos de vista acerca de quién gobernará la Iglesia después del Papa viajero.
¿Será negro, del Opus Dei, un latinoamericano, de tradición jesuita o, de nuevo, un italiano? Nada estará seguro hasta que el humo blanco preceda un habemus papam que se augura centro de la atención mundial gracias al notable avance en los medios de comunicación desde 1978.
Sin embargo, en pasillos de la Santa Sede, los comentarios resaltan a ciertos cardenales como posibles depositarios de un número aceptable de votos, lo que los convierte en "papables".
75 años, arzobispo de Milán hasta hace pocos meses.
Exrector del Instituto Pontificio Bíblico de Jerusalén, donde desarrolló gran empatía con diversos grupos de judíos. Este hombre, de educación jesuita, tiene gran experiencia pastoral y diplomática. Ha escrito más de un centenar de libros y ha impulsado el diálogo con otras religiones y con los no creyentes. Habla 11 idiomas y cree que el celibato debe ser opcional, acepta la ordenación de mujeres y una mayor apertura moral católica frente a los asuntos sexuales. Además, ha dicho que el papado debe democratizarse mediante otro Concilio Vaticiano. No es de extrañar, por tanto, que sea el favorito de los sectores liberales de la Iglesia. Sus posiciones y avanzada edad lo podrían desfavorecer.
69 años, actual arzobispo de Milán.
Este italiano es comparado con Juan XXIII por su afabilidad y el aprecio de la gente hacia su figura. Enseñó teología en el Instituto de María Inmaculada y el seminario Pontificio Lombardo de Roma. Siempre ha sido amigo de las políticas del actual Papa y se desempeñó como secretario de la Conferencia Episcopal de Italia. Aunque se le ha tildado cercano al Opus Dei, tiene el apoyo de ciertos sectores progresistas de la Iglesia. Se comenta, sin embargo, que posee poca experiencia internacional.
71 años, obispo de Nigeria.
Es Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, o sea, el guardián de la liturgia católica. Se apoya principalmente en el gran crecimiento del catolicismo en África durante las dos últimas décadas y en su respaldo a la ortodoxia y el conservadurismo de Juan Pablo II. Es muy respetado en círculos vaticanos.
69 años, Prefecto de la Congregación de los Obispos.
Goza de la confianza total del Papa. Fue presidente de la Comisión Pontificia para América Latina. Se ha desempeñado como Subsecretario de Estado del Vaticano, por lo cual su figura podría atraer el voto de los cardenales curiales, diplomáticos y afines.
60 años, arzobispo de Tegucigalpa.
Este hondureño fue presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano de 1995 a 1999. Maneja siete idiomas y es de tendencia moderada. Los italianos hablan de él como la mejor opción de Latinoamérica, pero tiene en contra su edad pues se le considera muy joven para asumir después de un papado tan extendido como el de Juan Pablo II.
74 años, Prefecto de la Congregación para el Clero.
Este colombiano es experto en informática, políglota y gran comunicador. Conoce con profundidad los manejos internos de la Curia romana. Ha sido enviado especial del Papa a distintos puntos del planeta. Su forma de ser recuerda a muchos la figura de Juan Pablo I.
Según el Derecho Canónico, cualquier católico bautizado y ordenado sacerdote puede llegar a ser Papa, aunque lo común es que los candidatos sean cardenales.
Ante la muerte del Sumo Pontífice, los encargados de elegir a su sucesor son los cardenales miembros del Colegio Cardenalicio, con edades inferiores a los 80 años.
La elección se realiza en una reunión solemne, conocida como Cónclave, que tiene lugar en la Ciudad del Vaticano, entre 15 y 20 días después de generada la vacante de la sede apostólica.
Durante el Cónclave, los cardenales no tienen contacto con el mundo exterior, y disponen de 22 días para nombrar al nuevo papa.
Con este fin, se hace una votación en la mañana y otra en la tarde de cada uno de los días que dura el encuentro. Los cardenales escriben el nombre de su candidato en una papeleta y echan el voto en una urna, y resulta elegida la persona que alcance dos tercios de los votos.
Entonces, el cardenal decano le pregunta al elegido si acepta el cargo. Si la respuesta es afirmativa, dirá el nombre por el que será llamado y se procede a levantar el acta.
Tras cada escrutinio, se queman las papeletas y el humo sale por la chimenea de la Capilla Sixtina. Mientras no haya acuerdo, las papeletas se queman con paja húmeda, acción que genera humo negro; cuando hay un elegido, se emplea paja seca, lo que producirá humo blanco.
San Lino (67-76)
S. Cleto (76-88)
S. Clemente (88-97)
S. Evaristo (97-105)
S. Alejandro I (105-115)
S. Sixto I (115-125)
S. Telesforo (125-136)
S. Higinio (136-140)
S. Pío I (140-155)
S. Aniceto (155-166)
S. Sotero (166-175)
S. Eleuterio (175-189)
S. Víctor I (189-199)
S. Ceferino (199-217)
S. Calixto I (217-222)
S. Urbano I (222-230)
S. Ponciano (230-235)
S. Antero (235-236)
S. Fabián (236-250)
S. Cornelio (251-253)
S. Lucio I (253-254)
S. Esteban I (254-257)
S. Sixto II (257-258)
S. Dionisio (259-268)
S. Félix I (269-274)
S. Eutiquiano (275-283)
S. Cayo (283-296)
S. Marcelino (296-304)
S. Marcelo I (308-309)
S. Eusebio (309-310)
S. Melquiades (311-314)
S. Silvestre I (314-335)
S. Marcos (336-336)
S. Julio I (337-352)
Liberio (352-366)
S. Damaso I (366-384)
S. Siricio (384-399)
S. Anastasio I (399-401)
S. Inocencio I (401-417)
S. Zosimo (417-418)
S. Bonifacio I (418-422)
S. Celestino I (422-432)
S. Sixto III (432-440)
S. León Magno (440-461)
S. Hilario (461-468)
S. Simplicio (468-483)
S. Félix III (483-492)
S. Gelasio I (492-496)
Anastasio II (496-498)
S. Simaco (498-514)
S. Hormisdas (514-523)
S. Juan I (523-526)
S. Félix IV (526-530)
Bonifacio II (530-532)
S. Juan II (533-535)
S. Agapito I (535-536)
S. Silverio (536-537)
Vigilio (537-555)
Pelagio I (556-561)
Juan III (561-574)
Benedicto I (575-579)
Pelagio II (579-590)
S. Grerio I (590-604)
S. Sabiniano (604-606)
Bonifacio III (607-607)
S. Bonifacio IV (608-615)
S. Adeodato I (615-618)
Bonifacio V (619-625)
Honorio I (625-638)
Severino (640-640)
Juan IV (640-642)
Teodoro I (642-649)
S. Martin I (649-655)
San Eugenio I (654-657)
S. Vitaliano (657-672)
Adeodato II (672-676)
Dono (676-678)
S. Agaton (678-681)
S. León II (682-683)
S. Benedicto II (684-685)
Juan V (685-686)
Conon (686-687)
S. Sergio I (687-701)
S. Juan VI (701-705)
Juan VII (705-707)
Sisinio (708-708)
Constantino (708-715)
S. Gregorio II (715-731)
S. Gregorio III (731-741)
S. Zacarías (741-752)
S. Esteban II (III) (752-757)
S. Paulo I (757-767)
Esteban III (IV) (768-772)
Adriano (772-795)
S. León III (795-816)
Esteban IV (V) (816-817)
S. Pascual I (817-824)
Eugenio II (824-827)
Valentín (827)
Gregorio IV (827-844)
Sergio II (844-847)
S. León IV (847-855)
Benedicto III (855-858)
S. Nicolás I (858-867)
Adriano II (867-872)
Juan VIII (872-882)
Marino I (882-884)
S. Adriano III (884-885)
Esteban V (VI) (885-891)
Formoso (891-896)
Bonifacio VI (896-896)
Esteban VI (896-897)
Romano (897-897)
Teodoro II (897-897)
Juan IX (898-900)
Benedicto IV (900-903)
León V (903-903)
Sergio III (904-911)
Anastasio III (911-913)
Landon (913-914)
Juan X (914-928)
León VI (928-928)
Esteban VII (VIII) (928-931)
Juan XI (931-935)
León VII (936-939)
Esteban VIII (IX) (939-942)
Marino II (942-946)
Agapito II (946-955)
Juan XII (955-964)
León VIII (963-965)
Benedicto V (964-966)
Juan XIII (965-972)
Benedicto VI (973-974)
Benedicto VII (974-983)
Juan XIV (983-984)
Juan XV (985-996)
Gregorio V (996-999)
Silvestre II (999-1003)
Juan XVII (1003-1003)
Juan XVIII (1004-1009)
Sergio IV (1009-1012)
Benedicto VIII (1012-1024)
Juan XIX (1024-1032)
Benedicto IX (1032-1044)
Silvestre III (1045-1045)
Benedicto IX (1045-1045)
Gregorio VI (1045-1046)
Clemente II (1046-1047)
Benedicto IX (1047-1048)
Dámaso II (1048-1048)
S. León IX (1049-1054)
Víctor II (1055-1057)
Esteban IX (X) (1057-1058)
Nicolás II (1059-1061)
Alejandro II (1061-1073)
Gregorio VII (1073-1085)
Beato Víctor III (1086-1087)
B. Urbano II (1088-1099)
Pascual II (1099-1118)
Gelasio II (1118-1119)
Calixto II (1119-1124)
Honorio II (1124-1130)
Inocencio II (1130-1143)
Celestino II (1143-1144)
Lucio II (1144-1145)
B. Eugenio III (1145-1153)
Anastasio IV (1153-1154)
Adriano IV (1154-1159)
Alejandro III (1159-1181)
Lucio III (1181-1185)
Urbano III (1185-1187)
Gregorio VIII (1187-1187)
Clemente III (1187-1191)
Celestino III (1191-1198)
Inocencio III (1198-1216)
Honorio III (1216-1227)
Gregorio IX (1227-1241)
Celestino IV (1241-1241)
Inocencio IV (1243-1254)
Alejandro IV (1254-1261)
Urbano IV (1261-1264)
Clemente IV (1265-1268)
B. Gregorio X (1271-1276)
B. Inocencio V (1276-1276)
Adriano V (1276-1276)
Juan XXI (1276-1277)
Nicolás III (1277-1280)
Martín IV (1281-1285)
Honorio IV (1285-1287)
Nicolás VI (1288-1292)
S. Celestino V (1294-1294)
Bonifacio VIII (1294-1303)
B. Benedicto XI (1303-1304)
Clemente V (1305-1314)
Juan XXII (1316-1334)
Benedicto XII (1334-1342)
Clemente VI (1342-1352)
Inocencio VI (1352-1362)
B. Urbano V (1362-1370)
Gregorio XI (1370-1378)
Urbano VI (1378-1389)
Bonifacio IX (1389-1404)
Inocencio VII (1404-1406)
Gregorio XII (1406-1415)
Martín V (1417-1431)
Eugenio IV (1431-1447)
Nicolás V (1447-1455)
Calixto III (1455-1458)
Pio II (1458-1464)
Paulo II (1464-1471)
Sixto IV (1471-1484)
Inocencio VIII (1484-1492)
Alejandro VI (1492-1503)
Pío III (1503-1503)
Julio II (1503-1513)
León X (1513-1521)
Adriano VI (1522-1523)
Clemente VII (1523-1534)
Paulo III (1534-1549)
Julio III (1550-1555)
Marcelo II (1555)
Paulo IV (1555-1559)
Pío IV (1560-1565)
S. Pío V (1566-1572)
Gregorio XIII (1572-1585)
Sixto V (1585-1590)
Urbano VII (1590-1590)
Gregorio XIV (1590-1591)
Inocencio IX (1591)
Clemente VIII (1592-1605)
León XI (1605-1605)
Paulo V (1605-1621)
Gregorio XV (1621-1623)
Urbano VIII (1623-1644)
Inocencio X (1644-1655)
Alejandro VII (1655-1667)
Clemente IX (1667-1669)
Clemente X (1670-1676)
B. Inocencio XI (1676-1689)
Alejandro VIII (1689-1691)
Inocencio XII (1691-1700)
Clemente XI (1700-1721)
Inocencio XIII (1721-1724)
Benedicto XIII (1724-1730)
Clemente XII (1730-1740)
Benedicto XIV (1740-1758)
Clemente XIII (1758-1769)
Clemente XIV (1769-1774)
Pío VI (1775-1799)
Pío VII (1800-1823)
León XII (1823-1829)
Pío VIII (1829-1830)
Gregorio XVI (1834-1846)
Pío IX (1846-1878)
León XIII (1878-1903)
S. Pío X (1903-1914)
Benedicto XV
Pío XI (1922)
Pío XII (1939-1958)
Juan XXIII (1958-1963)
Pablo VI (1963-1978)
Juan Pablo I (1978)