
Como en los tiempos de Wilkie Collins (1824-1889) según Borges, maestro indiscutible del arte de la intriga y el suspense o de Conan Doyle (1859-1930) que popularizó el género mundialmente con sus series de Sherlock Holmes, Marjorie Ross también domina la trama de misterio. Pero lo suyo es literary non fiction, ese género en las filas del nuevo periodismo donde han militado Truman Capote (A sangre fría) y Tom Wolfe (La izquierda exquisita).
Su próximo libro, una intrigante historia político-detectivesca del siglo XX en nuestro país, revela la verdadera identidad de Teodoro de Castro (Lituania, 1913-Moscú 1988): el espía ruso Josef Griguliévich, diplomático de Costa Rica en Roma, el Vaticano y Yugoslavia, entre 1950 y 1953.
Teodoro de Castro es uno de los muchos nombres que el personaje usó para aparecer y desaparecer en diferentes épocas y escenarios. Ligado al robo de secretos atómicos norteamericanos, al asesinato de León Trotski y el complot para dar muerte al mariscal Tito, su vida es reconstruida por la escritora a partir de la Guerra Civil Española, donde surge la red de espías y excombatientes soviéticos con la misión de propagar el socialismo mundial, pasando por acciones claves contra el fascismo y un nuevo rol al inicio de la Guerra Fría, hasta su retiro como miembro de la Academia de Ciencias y reputado latinoamericanista.
Marjorie es un poliedro difícil de clasificar: abogada ("ejercí más de 10 años"), periodista desde los 17 ("empecé en El Diario Costa Rica"), poetisa desde los tiempos del Círculo de Poetas, actriz aficionada ("hice pequeños papeles en los primeros montajes de los hermanos Catania"), columnista en El Financiero, especialista en historia de la alimentación (Al calor del fogón, La magia de la cocina limonense, Las frutas del paraíso, Entre el comal y la olla) y autora infatigable (La otra vanguardia, la vida de Jaime Cerdas).
Los laberintos de la KGB por donde transitó el espía inmerso en una amplia red (Rudolf Abel, Vittorio Vidali, el comandante Carlos, Tina Modotti, Siqueiros, etcétera), es el escenario que ocupa la atención de la historiadora.
"En los servicios de inteligencia todo es una quimera. Deslindar la verdad de la mentira y derribar el mundo de las lealtades es una tarea ardua". Espiar espías no es tarea fácil, hay que reajustar la lupa sin tregua y aplicar las técnicas rutinarias de un investigador: consultar archivos, leer libros relacionados con los hechos, el rastreo digital, entrevistas, Internet.
En medio de la telaraña, Marjorie persigue la genuina identidad del protagonista a través de sus andanzas de medio siglo con cautela de abogada y precisión de periodista ("Soy paciente, perseverante y a veces terca").
Detrás del ovillo, esclarecidas pistas falsas, silencios y secretos, se revela un personaje asombroso: "En el más alto nivel, Griguliévich fue un cruzado del comunismo en España y América Latina. Un judío lituano, jamás apresado y sobreviviente a purgas y asesinatos, cautivador, culto, espléndido, etnógrafo y autor de prestigiosas biografías de líderes históricos latinoamericanos, especialista en café, capaz de ejecutar las acciones más siniestras".
Un hombre de mil caras, una extensa y sofisticada red de amigos, el retrato social y político de una época, trucos y crueldades, 17 audiencias con el papa Pío XII, una esposa mexicana que se hacía la uruguaya... Ross escarba el teatro secreto de Griguliévich.
"Los espías tienen una psicología particular. Viven leyendas múltiples y se adaptan a ellas sin caer en la esquizofrenia".