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El reflejo humano de Río 2016

Actualizado el 21 de agosto de 2016 a las 12:00 am

Más allá de las polémicas y el impacto social y político en la ciudad que los acoge, los Juegos Olímpicos son el pináculo deportivo y humano a nivel universal. Hacemos un repaso por las historias más emotivas y electrizantes que nos dejaron las dos semanas grandes de Río de Janeiro.

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El reflejo humano de Río 2016

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Michael Phelps felicita a Joseph Schooling, quien creció admirando al legendario nadador. | FOTO: AP

Vanderlei de Lima subió sin prisa las gradas hacia el pebetero. En su brazo derecho, extendido hacia el cielo, portaba la antorcha encendida con el fuego olímpico: la llama que simboliza el deseo de la humanidad de desafiarse a sí misma, la necesidad de ser más rápidos, más flexibles, más fuertes, mejores.

De Lima se tomó su tiempo, mientras el Estadio Maracaná –el escenario más emblemático de su país, de la ciudad de Río de Janeiro– estallaba en torno suyo, los ojos del planeta clavados en él. Lo disfrutaba. De Lima lo merecía, y por ello quería disfrutar cada segundo de la experiencia. Esta vez, nadie interrumpiría su paso.

No como doce años antes. Específicamente el 29 de agosto del 2004, día en que se celebró la maratón de los Juegos Olímpicos de Atenas. De Lima lideraba la competencia con soltura: en su apogeo fue un fondista fuera de serie, imparable. Hasta que algo lo paró. O, mejor dicho, alguien.

A los 35 kilómetros –la competencia es de 42, la más larga de las competencias olímpicas–, un espectador irrumpió en la carretera. Su nombre es Cornelius Horan, un sacerdote irlandés quien predica que el fin del mundo está cerca. Ya Horan había saltado a la carretera de una competencia de Fórmula 1 y al Derby Epsom, de carreras de caballos. Pese a su historial, nadie le prestó atención. No hasta que fue demasiado tarde.

Horan se lanzó contra de Lima y lo tacleó. De Lima perdió 20 segundos antes de poder continuar su marchar, pero incluso aunque permaneció de momento en el primer lugar, su concentración se había perdido. Pronto, De Lima cayó al tercer lugar mientras las lágrimas humedecían su rostro.

Pero cuando ingresó al Estadio Olímpico de Atenas, de Lima saltaba y reía de felicidad. “Mi medalla es de bronce, pero para mí significa oro”, diría después.

Más allá de las complicaciones sociales, políticas y económicas que puede padecer una ciudad antes y después de las justas –esta revista reportó sobre la crisis de Río hace un par de ediciones–, durante las dos semanas de competencia en los Juegos Olímpicos nada es más importante que los valores olímpicos de lucha y deseo de superación que priman por encima de la victoria por sí sola.

Así, tenía sentido que Vanderlei de Lima fuera el elegido para subir las gradas hasta el pebetero y depositar, allí, la llama que encendió los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016.

Vanderlei de Lima fue el encargado de encender el fuego en el pebetero olímpico del estadio Maracaná. | FOTO: AP

Leyenda hasta el final

El 30 de setiembre del 2014, un oficial de tránsito de la ciudad de Baltimore, en Estados Unidos, detuvo a un hombre intoxicado. Fue el peor momento de la vida de Michael Phelps, quien luego contaría que tuvo pensamientos suicidas luego del arresto. Sin embargo, haber sido colocado tras las rejas aquella madrugada fue lo mejor que pudo pasarle.

Casi dos años más tarde, Phelps se clasificó para los Juegos Olímpicos de Río –los quintos de su carrera, más que ningún otro nadador hombre en la historia de Estados Unidos– y dijo que, esta vez, no estaba obsesionado con ganar tantos oros como le fueran posibles. Dijo, en cambio, que su viaje esta vez era “interno”, que su posición sería la de mentor.

Pero tan pronto su cuerpo tocó el agua de Río, el planeta entero supo que nada había cambiado. Phelps destrozó las competencias y cimentó su legado. Las seis medallas que consiguió en Río –cinco de oro, una de plata– dejaron su gran total en 28: 23 de oro, tres de plata y dos de bronce. Además, consiguió su presea individual número 13, con lo que rompió el récord de 12 de Leónidas de Rodas que se mantuvo vigente durante meros 2.168 años.

El alumno vence al maestro

El nombre de Phelps no combina con la frase “medalla de plata”, cierto. Pero es posible que el ya legendario nadador estadounidense nunca se haya sentido más satisfecho de perder una final de una prueba. Lo derrotó Joseph Schooling, un joven nadador de Singapur quien, en el 2008, le pidió una fotografía a su ídolo, Michael Phelps.

Michael Phelps felicita a Joseph Schooling, quien creció admirando al legendario nadador. | FOTO: AP

Ocho años –y muchísimo esfuerzo después–, Schooling, de 21 años, ingresó a la piscina de Río al mismo tiempo que el mejor nadador de toda la historia. 50.39 segundos después, no solo tenía un récord olímpico en los 100 metros de mariposa –una de las especialidades de Phelps– sino una medalla de oro, la única que se le negó a Michael.

La antorcha cambió de manos.

La nueva reina

Schooling no fue el único que recibió de Phelps la tea que liderará el futuro de la natación. Alguien más lo hizo, con muchos más méritos y mucho mayor dominio, incluso.

Katie Ledecky también conoció a Michael Phelps cuando era una niña, en el 2009. La fotografía resurgió en Internet durante la última semana: Ledecky, rubia y sonriente, lidera una fila de niños que esperan a que Phelps les regale una firma.

Katie Ledecky dominó la piscina a sus anchas. Michael Phelps, su ídolo de la niñez, le pidió un autógrafo. | FOTO: AP

Cinco medallas de oro olímpico –cuatro en Río– y una de plata después, y Ledecky es la nadadora más dominante del planeta. Sus récords olímpicos –estableció dos en Brasil– son apabullantes: Internet se llenó de fotografías en las que se mostraba a Ledecky habiendo concluido su carrera, mientras que sus rivales ni siquiera estaban cerca.

Tal fue su despliegue que, finalizada la semana de las pruebas de natación, los papeles se invirtieron: Michael Phelps hizo fila y esperó para que Katie Ledecky, la nueva reina absoluta de la alberca, le firmara a él un autógrafo.

El futuro es brillante.

Sanar las heridas

El 12 de agosto, la piscina de Río volvió a ser escenario de un triunfo para el recuerdo. Simone Manuel, de Estados Unidos, y Penny Oleksiak, de Canadá, llegaron a la meta de la prueba de 100 metros libre al mismo tiempo. Ambas recibieron la presea de oro, pero el gane de Manuel tuvo un significado especial.

Fue la primera vez que una atleta negra de Estados Unidos ganó una medalla de oro.

A lo largo de la compleja historia de racismo en el país norteamericano, las piscinas han sido un tema sensible. Durante muchas décadas, incluso durante la segunda mitad del siglo XX, a las personas de piel negra se les prohibía ingresar a las piscinas públicas. Como consecuencia, la natación –un deporte que los estadounidenses dominan a sus anchas– ha sido primordialmente blanca.

Hasta que Simone Manuel tocó la pared y cambió la historia. “Esta medalla no es solo para mí”, dijo la atleta. “Es para todos los afroamericanos que estuvieron antes que yo y que han servido de inspiración”.

La medalla de oro de Simone Manuel fue un triunfo para la paridad racial en Estados Unidos. | FOTO: AP

Español al agua

Una de las primeras historias que conmovieron al público de Río ocurrió en los heats clasificatorios de la prueba de 400 metros libres masculinos. Un grito en la grada le jugó una mala pasada al español Miguel Durán, quien creyó que aquella era la señal de inicio.

Durán fue descalificado y sintió que el mundo se le venía al suelo. Mientras las lágrimas inundaban su rostro, se marchó al vestidor en medio del aplauso del público. Los jueces, entonces, mostraron su lado más humano.

Miguel Durán llora tras su descalificación; los jueces le permitieron participar y el público le aplaudió para alentarlo. | FOTO: AP

Mandaron a llamar a Durán, a quien se le permitió participar del heat pese a estar automáticamente relegado al último lugar. Fue uno de los deportistas más aplaudidos de todos los Juegos.

El equipo más ganador sin medallas

El Equipo Olímpico de Refugiados no necesitó subir al podio. Su victoria ya la habían logrado mucho antes de que comenzaran los Juegos Olímpicos; su medalla era la vida que habían podido mantener pese a haber sido expulsados de sus hogares como consecuencia de conflictos militares.

Pero Yusra Mardini no pretendía limitarse a desfilar por el Estadio Maracaná, portando una bandera con los aros olímpicos, durante la inauguración de las olimpiadas. Mardini, quien nadó durante horas en el Mediterráneo arrastrando un bote con una veintena de personas a bordo a quienes les salvó la vida, logró ganar un heat de natación en Río.

Yusra Mardini lideró el primer Equipo Olímpico de Refugiados. Ganó un heat y la admiración del planeta. | FOTO: AP

No clasificó, por tiempo, a las finales. Ni falta que hizo. Ya ella y sus compañeros habían ganado mucho más.

Podio al amor

Brasil concluyó en el noveno lugar del torneo olímpico de Rugby femenino, pero el equipo tuvo algo mucho más importante que celebrar fuera de la cancha. Concluida la final, que enfrentó a Australia –que se dejó el oro– y Nueva Zelanda, la jugadora carioca Marjorie Enya le pidió matrimonio a su compañera Isadora Cerullo. Cerullo aceptó, mientras las demás jugadoras del equipo celebraban detrás.

Marjorie Enya y Isadora Cerullo, del equipo de rugby brasileño, se comprometieron tras un partido. | FOTO: AP

Give peace a chance

Dos jóvenes gimnastas dieron una lección a los políticos del planeta. Lee Eun-ju, de Corea del Sur, y Hong Un-jong, de Corea del Norte, se tomaron el selfie más importante de Río 2016. El momento, capturado por fotógrafos de prensa y visto por millones de personas de todo el planeta, demostró que la unidad es posible, incluso entre países que se encuentran en guerra y con relaciones diplomáticas cada vez más tensas.

Una atleta surcorena, otra norcoreana; juntas, formaron una de las mejores imágenes de los Juegos Olímpicos. | FOTO: AP

Porque puedo

Kristin Armstrong, ciclista de ruta estadounidense, cumplió 43 años el 10 de agosto. 24 horas antes, ganó su tercera medalla de oro y se convirtió en uno de los atletas con mayor edad en triunfar en una competencia olímpica. La prueba fue desgastante. Armstrong arribó a la meta, luego de pedalear durante 44 minutos y 26 segundos con 42 décimas. De su nariz manaba sangre y, vencida por el esfuerzo, se desplomó. Le ayudó a levantarse su hijo de cinco años, con quien celebró su triunfo. Cuando los reporteros le preguntaron a Armstrong por qué seguía compitiendo a su edad, la respuesta no dejó campo a dudas: “Porque puedo”.

Kristin Armstrong se desplomó cuando llegó a la meta de su competencia. Su hijo de cinco años le ayudó. | FOTO: AP

Boricua en lo más alto

El himno de Puerto Rico nunca había sonado en una premiación olímpica. Aunque la isla caribeña ya había ganado dos medallas en pruebas previas, nunca un atleta suyo había conseguido el premio máximo. Hasta que Mónica Puig pisó la cancha de tenis de Río, y venció en la final del torneo a la alemana Angelique Kerber. Puig no fue la primera mujer boricua en ganar un oro olímpico, pero sí la primera en hacerlo defendiendo la bandera de su país. Gigi Fernández ganó en el 92 y 96, bajo el estandarte de Estados Unidos.

Puerto Rico nunca había ganado una medalla de oro olímpica. Mónica Puig cambió eso. | FOTO: AP

Lealtad mata medalla

Adelinde Cornelissen, atleta holandesa, se retiró a última hora de la competencia de equitación. La razón: su caballo, Parzival, contrajo una fiebre el día antes de la competencia. Cornelissen prefirió no competir antes que complicar la salud de su compañero y amigo equino.

Adelinde Cornelissen se retiró de la competencia de equitación para proteger la salud de su caballo enfermo. | FOTO: AP

Terminar, pese a todo

Nikki Hamblin, de Nueva Zelanda, y Abbey D’Agostino, de Estados Unidos, llevaban 3.000 metros recorridos de la semifinal de 5.000 metros femeninos, en las pruebas de atletismo, cuando ocurrió un accidente. D’Agostino pisó, por error, el talón de Hamblin. Ambas mujeres cayeron al suelo y fueron superadas por el grupo de las demás atletas.

Ambas se ayudaron a levantarse y continuaron su marcha. Pero, pronto, D’Agostino volvió a caer. Su rodilla se había lesionado. Hamblin quiso ayudarle de nuevo, pero la estadounidense urgió a su competidora a que continuara. Al final, ambas lograron concluir con los dos tiempos más bajos de la competencia. Cuando D’Agostino finalmente concluyó la carrera, ambas mujeres –que no se conocían antes de competir– se abrazaron.

Abbey D’Agostino y Nikki Hamblin vivieron uno de los momentos más emotivos de Río. | FOTO: AFP

Su esfuerzo y espíritu deportivo fue premiado: ambas clasificaron a la final, pues lideraban la carrera cuando sucedió el accidente. Sin embargo, la lesión en la rodilla de D’Agostino no le permitió competir por el podio.

La caída que valió oro

Shaunae Miller vio cómo su medalla dorada se le escapa de entre las manos. Había dominado los 400 metros femeninos, pero la corredora estadounidense Allyson Felix la había alcanzado y parecía destinada a superarla en los últimos metros de la carrera.

Entonces, Miller tomó una decisión que se recordará durante toda la historia del atletismo olímpico: se lanzó de cabeza hacia la meta, que su pecho cruzó seis centésimas de segundo antes que Felix. El arriesgado movimiento le significó el triunfo.

Shaunae Miller cae al suelo, luego de conseguir su medalla de oro al lanzarse hacia la meta. La movida fue legal. | FOTO: AP

Internet explotó. Miles de personas se manifestaban en contra de Miller, a quien tildaban de tramposa. Sin embargo, las reglas del deporte le dieron la razón: fue una jugada completamente legal. El oro descansa plácido alrededor del cuello de la corredora.

Simone, la mejor

Simone Biles tiene 19 años, pero ya su nombre es motivo de discusión en los anales históricos de la gimnasia. Las voces más conservadoras dentro del deporte –y fuera de este, sobre todo– le reclaman falta de delicadeza, que su físico es demasiado fuerte para un deporte delicado. Pero esas voces cada vez son menos.

Porque después de cuatro oros y un bronce en Río, Simone Biles ha cosechado suficientes méritos para ser considerada la mejor gimnasta de todos los tiempos (algo que ya se discutía incluso antes de su llegada a los Juegos).

La gimnasta Simone Biles arrasó en sus competencias y, de paso, enamoró al actor Zac Efron. | FOTO: AP

La actuación de Biles fue tan trascendental que logró conseguir su sueño de adolescente: conocer al actor Zac Efron, con quien coqueteó a través de Twitter durante las olimpiadas.

Medio pulmón basta

Santiago Lange ha tenido una vida complicada. El cáncer afectó durante seis meses su salud, apenas el año pasado. Para salvar su vida, se le debió extirpar medio pulmón, pero era lo único que necesitaba para estar presente en su sexta olimpiada. El argentino, de 54 años, compitió en la prueba de navegación junto a su compañera Cecilia Carranza, con quien cosechó el oro, el primero luego de dos bronces en justas previas.

Santiago Lange celebra con Cecilia Carranza su medalla de oro, un año después de que Lange venciera el cáncer. | AFP

El mundo es de Bolt

Usain Bolt se ríe. Es lo suyo; eso y, bueno, desafiar todas las leyes de la locomoción, desbaratar récords, volar. A Carl Lewis, el legendario velocista estadounidense que dominó la pista entre el 84 y el 96, le decía el Hijo del viento. Usain Bolt es más que eso: él es el viento.

Desde hace ocho años, los Juegos Olímpicos tienen una dualidad. Por una parte, son el epicentro universal del deporte, la sana competencia, la rivalidad y la amistad juntas, terreno fértil para las más maravillosas muestras de lo que el ser humano puede hacer cuando se lo propone; por otra parte, es un show de un solo hombre. Y ese hombre es Usain Bolt.

Solo una vez había competido Bolt cuando este artículo se escribió: ganó el oro en los 100 metros planos mientras sonreía para las cámaras. Detuvo una entrevista mientras celebraba para mostrar sus respetos al himno que sonaba en el Estadio Olímpico en esos momentos, el de Estados Unidos.

También detuvo su celebración para felicitar a Wayde van Niekerk, quien destruyó el récord de 400 metros. Después, Bolt se clasificó a la final de los 200 metros mientras hacía bromas con Andre de Grasse, de Canadá.

Usain Bolt bromea con Andre De Grasse al cruzar la meta de las semifinales de 200 metros. | FOTO: AFP

El hombre más veloz en la historia de la humanidad es así. Antes de las competencias tira besos a las cámaras y se pasea con la frente en alto, muy en alto. Tan pronto llegó a Río, organizó una única conferencia de prensa en la que hubo bailarinas de samba y un periodista le dedicó un rap improvisado.

Hace ocho años, en Pekín, impuso su propio récord olímpico dando saltitos para llegar a la meta; repitió la gesta en Londres. Cuando este artículo se publique, sabremos si habrá ganado dos oros más. Es lo más probable.

El mundo es el escenario de Usain Bolt, el viento; los otros siete mil millones de seres humanos en la Tierra somos sus afortunados espectadores.

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Danny Brenes

danny.brenes@nacion.com

Periodista de entretenimiento

Se unió a Grupo Nación en el 2012. Escribe para la Revista Dominical desde principios del 2015. Trabajó en la revista Su Casa y en 89decibeles.com.

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