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¿Además tienen que jugar bien?

Actualizado el 10 de abril de 2014 a las 12:00 am

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Buenos Aires

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Un Botafogo ordinario, impotente, cayó el miércoles como local en un colorido –y nutrido– Maracaná por 1-0 frente al laborioso Unión Española, una homiguita que, juntando hojita sobre hojita, ya tiene los nueve puntitos que lo clasifican a octavos de final de la Copa Libertadores.

Ya suman 10 las derrotas de los clubes brasileños en la presente edición, una cifra muy alta considerando que apenas se ha disputado el 66,55% de los partidos. Como decíamos hace unos días, actualmente son más ganables.

Ya el año pasado los equipos de Brasil habían sucumbido en 16 ocasiones, lo cual es mucho dado su poderío histórico. No era común que perdieran. Lo mismo sucede con los argentinos y uruguayos. Los tres dominaban casi a placer el cielo de Sudamérica. Y aún conquistan la mayoría de los títulos (suman 47 de las 54 coronas), aunque ahora les toca perder contra cualquiera, en casa o afuera.

Esto coincide con las críticas pertinaces a lo mal que están el fútbol argentino y brasileño (ni hablar del uruguayo), a nivel local. Sobre todo, a lo feo que se juega del lado del Atlántico. Claro, hay razones muy atendibles.

Brasil y Argentina siguen siendo los principales proveedores de futbolistas del mundo, ambos tienen siempre, entre 900 y 1.200 futbolistas actuando en el resto del mundo; Uruguay, con una población de 3,2 millones de habitantes, va detrás, pero, proporcionalmente, es muy alto su número de emigrados. Argentina comenzó a exportar en 1910 (puede que un año o dos antes) cuando los hermanos mendocinos Francisco, Benito, Eugenio y Julio Mosso llegaron al Torino; durante 90 años fue el número uno en ese rubro. Ahora comparte la vanguardia con Brasil. Es entendible que un país que tiene 1.000 o 1.200 futbolistas en el exterior decaiga en su calidad.

Cualquier fútbol del mundo al que se le vayan sus 1.000 mejores jugadores (y en el caso de Argentina, 50 o 60 técnicos) no podría seguir funcionando, cerrarían. Brasil y Argentina siguen.

Todos los demás países americanos –salvo Colombia– tienen una mínima cuota de exportados a Europa (Ecuador suma cuatro: Antonio Valencia, Christian Noboa, Renato Ibarra y Cristian Ramírez) y a otros mercados. Es absolutamente lógico que aprovechen la sangría.

Un dato interesante y revelador: solo en los octavos de final de la actual Champions League , había 23 futbolistas brasileños, seis de Paris Saint Germain (Alex, Thiago Silva, Lucas Moura, Thiago Motta, Maxwell y Marquinhos), cuatro en Chelsea (Ramires, Oscar, Willian y David Luiz), cuatro en Atlético de Madrid (Diego Ribas, Diego Costa, Miranda y Filipe Luis), tres en Barcelona (Neymar, Adriano y Dani Alves) y Real Madrid (Marcelo, Pepe y Casemiro), dos en Bayern Munich (Rafinha y Dante) y uno en Manchester United (Rafael). El único que no cuenta con ellos es Borussia Dortmund.

Si devolviéramos apenas esos 23 sobre el campeonato brasileño, ¿no mejoraría el torneo? Se fustiga mucho a las ligas sudamericanas y se alaba en la misma proporción el juego en España.

Ahora bien: ¿qué pasaría si tomáramos los mil mejores futbolistas españoles y los disemináramos en otras ligas? ¿Seguiría siendo tan bonito el campeonato español y serían tan poderosos sus equipos? ¿Qué pasaría si además les quitáramos todos los extranjeros?

Echemos una ojeada a lo que sucede en la siempre ponderada liga inglesa. De los 507 futbolistas que actúan en la Premier League , 347 (64,8%) son extranjeros. Eso en la Premier; en la First Division (Segunda) hay otra parva: 203. O sea, 550 actores extranjeros sostienen el espectáculo del fútbol inglés.

En la Bundesliga, de 506 profesionales, 233 (46%) son foráneos. En Italia suman 300 sobre 544 (55,1%). Así pasa en Francia, España, Portugal, Grecia, Bélgica, Suiza, Rusia, Japón, China... También van a los países árabes, a mercados impensados como Vietnam, Malasia, Ucrania, Georgia, Azerbaiyán, Uzbekistán.

Esto demuestra que la afirmación de que es una maravilla el fútbol inglés, que es poderoso el fútbol alemán o español, es bastante vidriosa. Son espectaculares sus ligas, porque están repletas de figuras foráneas. Si se quedaran solo con los nacionales, y aún si tuvieran que exportar a estos por razones económicas, se verían mucho más discretas –y famélicas– que las de Argentina o Brasil.

La diferencia la hacen las economías de un continente y, lo más importante, la forma de pensar el fútbol: acá se arma un equipo, se compite y punto; allá se elabora un producto sofisticado y se lo vende al mundo en una lata preciosa como las de esas galletas danesas. Los ingresos son cien veces superiores y por eso pueden contratar a los mejores, que les otorgan poderío y fama, y con eso explotan más el negocio. El Barcelona 1 - Atlético de Madrid 1 fue el de las entradas más onerosas: costaban $128 la más barata y $338 la más cara. Se vendieron 79.941 boletos y hubo una taquilla estimada en $15 millones. No fue tanta gente: el Campo Nou puede albergar a 98.787 espectadores.

Pese a todo, vimos cómo River venció a Boca en La Bombonera 2 a 1 en un choque de vibración excepcional, a velocidad de asombro y con algunos gestos técnicos antológicos. Ah, y con los dos atacándose sin parar del minuto uno al 95. Un partido excelente, en 2014, en 1940 o en cualquier época; aunque no se juega bien hoy en la Argentina. Pese a todo, los brasileños han ganado las últimas cuatro Libertadores. Es un mérito excepcional.

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