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Cuál es el Ronaldo verdadero...?

Actualizado el 12 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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Jorge Barraza. Periodista argentino, director de la Revista de la Confederación Sudamericana de Fútbol.
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Jorge Barraza. Periodista argentino, director de la Revista de la Confederación Sudamericana de Fútbol.
Buenos Aires

Yo entrené al verdadero Ronaldo, al brasileño”, ironizó José Mourinho chicaneando a su compatriota Cristiano. Luego dijo que no lo dijo. Es lo de menos, nos dio el disparador para un análisis apasionante: ¿cuál es el verdadero Ronaldo...? ¿Cristiano...? ¿El Gordo (dicho afectuosamente)...? ¿o Ronaldinho, que también era Ronaldo al momento de aparecer y luego le agregaron el “inho” para diferenciarlo del Fenómeno...?

En nombre de una supuesta seriedad alguien dijo que no se debe comparar y millones adhirieron. Comparar es maravilloso. Permite justamente echar luz sobre un asunto, desentrañarlo.

“O Fenómeno” es el apodo perfecto para Ronaldo Nazario de Lima. Fue exactamente eso. Superdotado técnicamente, quizás hasta más que Dinho, sólo que tuvo que luchar contra una carrocería que parecía no ser para él. Se lo veía incómodo en ella. Era un Rolls-Royce dentro de un furgón. Tanto talento merecía un físico mejor, menos permeable a las lesiones. Dios le dio habilidad notable y unas rodillas miserables.

Tres años inactivo. Sumados sus períodos de inactividad, estuvo tres años sin jugar. Fácil tendría 100 goles más.

No obstante, en su esplendor, antes de la primera rotura del tendón rotuliano (tuvo tres), lucía una potencia fantástica, propia de su ascendencia afro: encaraba y pasaba entre tres. Terrible en el uno contra uno. Es el más natural de los tres, lo suyo era todo espontáneo. Un genio en el arte de controlar el balón. Dominaba y acomodaba la bola para su mejor perfil en el mismo acto. Y con ambas piernas. Su devolución de pared corta fue algo supremo, exquisito. Pasaba en medio de un regimiento tocando a 80 centímetros. Tiki–taka brutal.

Goleador importante (423 gritos), definidor notable, con todas las variantes posibles. Eludir al arquero y empujarla al gol con el arco vacío le resultaba más fácil que tomarse un helado de crema. ¡Su bicicleta a la carrera generó tantas entorsis en el fútbol! Pasaba las piernas sobre la pelota y salía para el lado menos predecible.

Quizás más que sus lesiones lo dañaron sus codiciosos representantes, que lo llevaron de un club al otro. Esto le impidió ser auténtico ídolo en un club. Quedó como un jugador de la selección brasileña. También le faltó alma de número uno. Fue mucho más amigo de la luna que del sol. Y lo pagó.

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De algo se puede estar seguro: de ninguno de los otros dos Ronaldos puede decirse que fueron superiores a él.

Ronaldo de Assis Moreira representa la magia en estado puro. No es el billarista que juega a tres bandas para hacer 500 carambolas y ser campeón. No. Él pica la bola blanca para que toque la roja, se suba a la banda, venga toda a lo largo hacia atrás, entre de nuevo al paño y pegue en la amarilla. Sí además eso sirve para ser campeón, mejor.

Dueño de un carisma excepcional y un atrevimiento único para hacer piruetas, sea en el patio de la casa o en una final, en el Bernabéu o en el Maracaná. Con un tremendo convencimiento de que el espectáculo es él. De un sentido chaplinesco. Pero también un jugador colosal, con un físico perfecto, ganador, de fantástica pegada tipo “folha seca” en los tiros libres. El Barcelona, que vivía a la sombra de los éxitos del Madrid, le debe a él su resurrección. Llegó en 2003 y le cambió la vida al club, lo volvió ganador.

El más vistoso de los tres, también el menos goleador (259 oficiales en clubes y Selección Mayor), aunque esto es lógico debido al puesto. Él es volante ofensivo y los otros dos atacantes netos. Poseedor de una alegría innata para jugar, divertirse, divertir y ganar. Una virtud excelsa: la de recibir perfilado hacia el arco rival, no de espaldas, que gracias a su extraordinario dominio le ahorra un tiempo y el escollo de darse vuelta.

Su contra es parecida a la del Fenómeno: mucha noche. La noche le come los cuádriceps al futbolista, y eso es letal.

Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro es el afiche del atleta, un físico excepcional metido en un profesional esmerado, casi obsesivo. Eso le da velocidad. Y jamás una lesión. Ello puede que le permita llegar impecable hasta los 35 años. Para esa edad, el Gordo estaba marchito. Y Dinho capaz que retirado. El portugués ya tiene 364 goles. Es dable esperar que orille los 600. Es posible que nunca sea campeón del mundo, pero hay que ver que juega para Portugal.

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Una habilidad, la de Cristiano, más prefabricada que la de los dos brasileños, menos graciosa. Lo de él es más simple: corrida, balazo y gol. No por ello menos espectacular. Sí necesita más campo para hacer doler su carrera y su disparo. Con pelota quieta es mortífero, muy superior a los otros Ronaldos. Además, inventó una forma de pegarle, muy extraña, en la cual el balón pasa por encima de la barrera, baja con todo y viborea.

También es el mejor cabeceador del trío. Llega a saltar hasta 78 centímetros del suelo. No sólo eso, en el aire elige el lugar y la pone ahí. Fuerte, por lo general cerca de los palos. Su cabezazo ante el Barsa cuando ganaron la Copa del Rey 2011 fue como una volea con el pie. Lo cotizan en 100 millones de euros y no se le mueve un pelo, asume el protagonismo con absoluta naturalidad.

Cristiano Ronaldo nació para conducir una Ferrari, tener una novia despampanante y jugar en el Real Madrid. Ni un poquitito menos. Divo total.

Los tres Ronaldos fueron Balón de Oro y han ganado montañas de títulos. No hay un Ronaldo verdadero, los tres lo son.

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